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Cine

Volver a los 17

UN RETORNO ACCIDENTADO

Película que renguea desde sus primeros minutos, es sin embargo engañoso hablar solamente de los aspectos que flaquean en ella. Quizás haya que dividir en dos secciones todo lo que se escribe a continuación: por un lado, la crítica per se de lo que falla, de lo que falta, de lo que sobra. Por el otro, un elogio o reconocimiento a un cierto espíritu que tiene la producción, una pequeña producción, con un equipo joven y que se nota ha sido realizada con mucho trabajo detrás. Desentrañemos un poco la maraña de Volver a los 17.

Sobre los problemas del film, la raíz está muy posiblemente en un fallido proceso de adaptación de lo que es una pieza teatral a una obra cinematográfica. Hay una cuestión de ritmo, recurso y lenguaje que no está para nada aceitada a la hora de pensar qué funciona en el teatro y con su retórica y qué funciona en términos de cine.

Así, nos encontramos con pobres usos, reiterados, monótonos y muy incrustados en el cliché de la banda sonora (tirame un tema de melancolía, tirame un tema de épica, tirame un tema de fiesta); de la misma manera, el montaje del film es un no-concepto. Todo está pegado como una sucesión de imágenes que se dan una tras la otra, pegadas única y puramente por aquello que se da en pantalla y en el nivel de la historia, de la peripecia, sin consideración por la potencia del cine y su narrativa para dar cuenta de un más allá, de un nivel segundo sobre la estructura amplia del montaje (y su reflejo en el montaje interno, micro del plano a plano y escena a escena) sobre el cual articular los temas que la película quiere trabajar.

Esta superficialidad en el uso del lenguaje cinematográfico se encuentra presente también en los diálogos y en la dirección escénica de las acciones: casi todo está dicho, con apuro, antes de tiempo, y hasta repetido excesivamente, cuando bien se podrían articular remates, situaciones y consecuencias para producir una comedia verdaderamente cinematográfica, que juegue con lo que se ve y se hace. Contrariamente, lo que en reiteradas oportunidades sucede es que al personaje de Pipe Ortiz, interpretado por Badilla, uno lo encuentra genuinamente aburrido, estúpido, chato, llegando ya al desinterés antes que a la empatía por la comicidad. La desidia con la que Delfina (la actriz revelación que se presenta cual ángel al chileno para darle una oportunidad de viajar al pasado y conquistar a su amor del secundario) describe a Ortiz al aparecer por primera vez ante él es proporcional al desinterés con que la película construye a su protagonista.

Tenemos diálogos aburridos, quemados, reiterativos de aquello que ya es visto (el mismo efecto que producen las infinitas citas autoindulgentes a otras películas o piezas varias, sea en el arte o en lo hablado); tenemos cliché en la banda sonora y una muy literal y chata utilización del montaje; hay pequeños defectos técnicos que se vuelven demasiado notorios en algunas instancias, sobre todo en cuanto a sonido respecta. El guión, desde ya, tiene una premisa clara, conocida, hecha y rehecha muchas veces, pero estructurada aquí con una anarquía absoluta: la némesis del interés romántico, interpretado por Michelle Masson, aparece al final simplemente para poner una especie de “rubia tarada” con su banda de amigos inclusivos tarados, en una movida que no termina de entenderse si es un chiste crítico de la corrección política, una literalidad de mal gusto o un pie únicamente presente para ver a Masson y hacer la mención a Chicas pesadas (Mean Girls, Waters, 2004).

Ahora bien, sabiendo que el film se construye sobre estas mencionadas limitaciones, que parecen tener que ver en muchos casos con una interpretación de lo cinematográfico como el estilo visual y sonoro de la publicidad de perfume (el product placement es tan grosero que no se entiende si se busca llevarlo al extremo de manera crítica o simplemente la ausencia crítica total permite ese trazo tan grueso. Es en todo caso un buen ejemplo de lo argumentado hasta aquí), toca hablar de lo que hace que se pueda ver la película. Y es también un elemento que surge muy probablemente de los orígenes teatrales del proyecto. Esto es el reparto y la actuación. Si bien los personajes están, en su mayoría, pobremente construidos, y no hay mucho que buscar o esperar desde el guión, cada escena de la película se defiende, paso a paso, por el carisma y el trabajo de los actores a la hora de poner cara, simpatía y tono a estos personajes atolondrados, adolescentes, ya caricaturizados de por sí.

Badilla como Ortiz tiene sus momentos de ingenio, sobre todo en el momento Mrs. Doubtfire en que se transforma en Paty para pasar desapercibido e ingresar ante el novio celoso a la casa de Amalia Brown. El rápido ida y vuelta del humor absurdo y los gags al estilo Groucho Marx está bien ejecutado en cuanto a tono y delivery de líneas, y también en cuanto a gestualidad y presencia física de los actores. Hay escenas y escenas y, en definitiva, hay que atravesar cada una de ellas con mayor o menor movilidad según quiénes actúan y según lo que la peripecia escrita permite (el final, por ejemplo, es tremendamente flojo, de una pobreza deprimente). Pero es por cada uno de los miembros del elenco que lo que en cualquier otro caso hubiera hecho de una mala película un bodrio, hace acá de una mala película un material que por lo menos entretiene y brinda una cuota de risas, la suficiente como para pasar el trago amargo de los malos momentos. 

En esta nota, y como ya había adelantado al principio, la producción del film corre a cuenta de los mismos encargados del guion, la producción ejecutiva, los involucrados en procesos varios como casting y algunos de los actores mismos. Esto da cuenta de una película hecha a base de esfuerzo y amor por el cine, lo cual no es suficiente, pero es siempre necesario y, en este caso particular, si bien tiene sus cargas negativas sobre el film en cuanto a excesos y desmesuras referenciales, brinda también la sensación y la energía de estar viendo una película hecha con cariño por y para el público, un público con quien un mínimo contacto se tiene viniendo el equipo de trabajar en teatro (teniendo sus incursiones previas en el mundo del cine también). 

(Argentina, 2026)

Dirección: Gonzalo Badilla. Guion: Sebastián Badilla. Elenco: Sebastián Badilla, Manuela Viale, Caro Domenech. Duración: 110 minutos.

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