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Mel Brooks: ¡El hombre de 99 años! (Mel Brooks. The 99 Year Old Man!)

Ninguna de las verdaderas voces de la comedia puede ser imitada con éxito.

Nadie antes había expresado la evolución del género de manera tan libérrima y vertiginosa.

Ningún otro comediógrafo de la era sonora ha podido intervenir el cine y el teatro desde su interior sintonizando un sentido de la expresión tan personal y desmitificador.

El arte no se rige por leyes y la comedia se distingue por la desobediencia, la confusión y el desorden, ergo, la comedia es arte.

Una de las asociaciones más directas de la inteligencia es el sentido del humor, ergo, Brooks es Einstein.

Brooks es una droga irremplazable hacia la cual somos atraídos irresistiblemente; nuestro paco inocuo, porque la risa sana.

Brooks es la estrella más cercana a la Vía Láctea.

Y podríamos seguir.

Pero acá vamos:

El 28 de junio Melvin Kaminsky cumplirá un siglo de edad y cuanto más tiempo habite este planeta, mayor será el campo de influencia de Mel Brooks, su alter ego, su otro yo, su mismo yo, nuestro yo; el yo cuyo ego indisimulado lo mantuvo trabajando en la industria del espectáculo desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial – a la que se enrola cuando su país se suma al conflicto – hasta hace escasos minutos. Porque, para quien no lo sabe, mientras escribimos estas líneas, el Dr. Kaminsky y Mr. Brooks deben estar garabateando en su oficina las coordenadas creativas de algún nuevo proyecto. O ultimando los detalles de la postproducción de la secuela de S.O.S. Hay un loco suelto en el espacio (traducción infame del título original, Spaceballs, de marxiano doble sentido, intraducible), de 1987, su iconoclasta revisión paródica de Star Wars y de la efímera eclosión de la soap opera desatada por la obra magna de George Lucas.

Más peculiaridades. La última vez que Brooks dirigió una película fue en 1995. De esta tarea puntual, la de dirigir, se jubiló. Pero nunca se retiró de la escritura o de la producción. Spaceballs 2 y una serie que retoma su obra más celebrada, Very Young Frankenstein, están ahora en fase de culminación. De esto –de su imposibilidad de analizar siquiera la posibilidad de retirarse– deja constancia el trabajo que estamos analizando ahora, estructurado con material de archivo poco visto, nunca visto con tan buena calidad, a no ser que también tengas 99 años.

Hito absurdo: la última vez que Mel Brooks ganó un Oscar de la Academia de Hollywood fue hace 56 años, precisamente en la entrega de dichos premios correspondiente a 1969. Fue por su primera película, Los productores (1967), una comedia escrita como los dioses de la escritura protagonizada por su amigo Gene Wilder y una figura del teatro y el cine como Zero Mostel; al momento de salir al ruedo fue un fracaso de taquilla y un precoz escarmiento crítico.

Hay que decirlo acá con la siguiente digresión: los críticos, que constituimos un gremio ontológicamente solemne (aunque no es mi caso, siendo hijo de un humorista), no hemos entendido jamás de los jamases la historia de la comedia y sus múltiples y tentaculares implicancias en el desarrollo de la sociedad o del cine mismo ni, fundamentalmente, sus implicancias gravitante en la historia del cine ni, mucho ¡pero mucho! menos, la calidad artística ni el valor social que supone un género destinado a entretener a las masas con las municiones del caos y el aroma multicolor de una fiesta sin resaca, objetivo noble y necesario para la supervivencia de la especie en nuestro áspero planeta celeste, dicho sin ánimo hiperbólico aunque es hipérbole. Los críticos sinceramente siempre hemos dado un poco de lástima al referirnos a Brooks, salvo en las últimas décadas, quizás, cuando su efigie se entronizó como la de una figura de culto durante el ascenso de la última edad dorada de la comedia en el cine de Hollywood, el período comprendido entre 1994, año de estreno de Tonto y retonto, y 2010, año de estreno de la última obra maestra de Gary Sánchez Productions (2008-2019), The Other Guys, de la dupla Adam McKay/Will Ferrell, un periodo de gloria e hilaridad e innovación ilustrado principalmente por Jim Carrey, Ben Stiller, Mike Myers, Jack Black, los hermanos Farrelly, Judd Apatow, Will Ferrell y Adam Sandler y su troupe, entre otros. Nunca hemos sabido valorar la relevancia del fabuloso universo de la comedia moderna en su justa medida de impacto en la cultura, de fenómeno rico en complejidad, inconformismo, sublevación, violencia y libertad, sino, más bien, la hemos condenado vacilantemente a una arbitraria zona de superficialidad presunta –una canallada, por cierto– donde cada crítica resultaba una aproximación sumarial y piadosa, como si una película con el objetivo de hacer reír fuera menos comprometida que una película con el objetivo de hacer reflexionar. Una categorización informal tan idiota y ridícula como la pomposa manera de expresarse de alguna figura de autoridad dentro de una película de Brooks (como las que solía interpretar el gran Harvey Korman).

Fin de la digresión. Todos los elementos de la comedia alcanzan con la impronta y el énfasis de Mel Brooks su máxima exposición y su cocción más precisa, así como sus ideas acerca del mundo, que pueden compararse a las del Moisés de La loca historia del mundo: Parte 1, que, no olvidemos, fue narrada por Orson Welles (que había narrado La Biblia de John Huston: nada es casual en el orbe brooksiano). La gran cualidad de Mel Brooks, si es que podemos destilar una sola cualidad de su obra, es su capacidad de revelar el lenguaje secreto que une la alegría de vivir con la locura, piedra basal de todos los comediantes que hicieron la loca historia de la comedia en todas sus partes, de Max Sennett a Martin Short.

Es una facultad que la crítica ha sabido dejar pasar escrupulosamente y que el documental que nos ocupa, codirigido por Judd Apatow, explaya cristalinamente mediante una entrevista extensa que el propio Apatow le realiza a Brooks desde un autoasumido rol de aprendiz, conjurando su propio y delicado exilio del cine. El trabajo de dirección y montaje de Mel Brooks: The 99 Year Old Man! constituye y construye, a lo largo de más de tres horas y media en la que no sobra una fracción de segundo, una antología de la evidencia audiovisual y final del talento único e inequívoco de la mentalidad de uno de los maestros de la comedia del siglo veinte, mejor dicho, del último gran maestro de aquella comedia estadounidense del siglo veinte gestada sobre la base de los cómicos mudos, en su mayoría judíos, como él.

La ennoblecida demencia de Brooks se hace carne en este documental que HBO estrena en dos partes y en sus películas, que son hoy credenciales totémicas de una filmografía que va más mucho allá de cualquier valoración, incrustada en la revalorización de la indecencia, el eternamente ninguneado humor burdo, el desborde, el sexo omnipresente y la nula intención de reverencia.

¿Quién podrá iluminar los rincones más oscuros de nuestra realidad autoritaria? ¿Quién cegará la visión apocalíptica de nuestra contemporaneidad, azotada por la rememoración de valores abominables que creíamos superados? Respuesta: llamen a este hombre centenario, válvula de seguridad contra la crueldad y el gesto adusto; un Chaplin vagabundo que duerme sobre la estatua fría de un prócer arrogante que está por ser inaugurada.

(Estados Unidos, 2025)

Dirección: Judd Apatow, Michael Bonfiglio. Con: Mel Brooks, Judd Apatow, Max Brooks, Ben Stiller, David Zucker, Jerry Zucker, Adam Sandler. Producción: Judd Apatow, Michael Bonfiglio, Nancy Abraham, Lisa Heller. Kevin Salter. Duración: 217 minutos.

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