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BERLINALE - Festivales

#BERLINALE2026 | El oso doble

Siempre hay dos bandos

Dime si estás en el que estoy yo.

Nacho Vegas – Dos bandos

1. Hay una guerra 

El estreno de Narciso (2026), de Marcelo Martinessi, me corta la racha de una serie de películas tan buenas como personales. A saber: London (2026) de Sebastian Brameshuber, Meine Frau weint (My wife cries, 2026) de Angela Schanelec y Auslandsreise (Foreign Travel, 2026) de Ted Fendt. Mientras que Narciso es una película que apela, en todo sentido, al pasado (que no al pasado del cine), las otras tres demuestran que el cine todavía puede ser una herramienta para crear obras únicas, absolutamente personales (me repito) y brindarnos cierta esperanza en el futuro de este vapuleado arte.

Todos sabemos de qué estoy hablando cuando me refiero a dos bandos, como dice la canción de Nacho Vegas del epígrafe. Por un lado, uno que busca maneras diferentes de producción y realización y por el otro un cine industrial, en este caso de una país sin industria, hecho en colaboración con un montón de otros países, con guiones casi siempre basados en obras (literarias) preexistentes; una dramaturgia y ambientaciones costumbristas de época (pelucas, maquillajes, etc.); la presencia de actores, siempre “actuando”, y alguna figura conocida, que en este caso es nuestro Nahuel Perez Biscayart (el Tilda Swinton de los cineastas latinoamericanos y algún que otro europeo) quien con su presencia parece, al menos, asegurar que la película en cuestión, al menos, será vista y tenida en cuenta por Cannes, Venecia o, como lo fue en este caso, la Berlinale. Y para terminar de ponerle el broche a todo esto, una historia que transcurre en la época de la dictadura en Paraguay. Un tema que, a la luz de los hechos, parece gustarle mucho a los responsables de entregar premios en el gran país del norte y que tanto gustan incluso a quienes critican al imperio americano. Ejemplos de esto sobran: Ainda Estou Aqui (Aún estoy aquí, 2024), El secreto de sus ojos (2009) y Argentina, 1985 (2022) y mucho antes La historia oficial (1985). Podríamos incluir O agente secreto (2025), pero lo de Kleber Mendonça Filho va por otro lado.

Como podrán ver en esa breve lista, todos esos títulos varían mucho en sus calidades, pero todos tienen, al menos, dos cosas en común con Narciso: son productos de lo que se conoce como la industria del cine, obras grandes y caras, en donde nunca se cuela el mundo real. Todo es, o parece ser, un gran decorado. Si en esas películas alguien abre una ventana, el viento que sopla seguramente será producido por un ventilador sostenido por un técnico. Es un tema difícil y complicado y yo tampoco sé muy bien a qué me refiero cuando digo “el mundo real”; pero estoy hablando de ese recorte sobre el mundo que Bazin decía que debía ser el cine y que es algo cada vez más lejano para los cineastas.

Tampoco estoy muy seguro si los directores actuales quieren que su arte, u oficio, sea eso. Lo que sí sé es que las calles que caminan los personajes de Fendt son calles reales, que las rutas que atraviesa el conductor en London, un personaje increíble que demuestra que la actuación en cine ya no tiene nada que ver con los actores, existen. Y también sé que los agobiados y parlanchines personajes de Schanelec no están ahí como metáforas, sino como pura forma cinematográfica.

Y así y todo, con esas distancias, con esas frialdades, son obras que incluso pueden llegar a emocionar. O al menos a quien esto escribe. En ellas hay una realidad y un poco, al menos un poco, de mundo y, quizás lo más importante, en esas películas el aire que sopla es un aire de verdad.

La ideología de los directores de las películas, o sus intérpretes y técnicos, no es -casi nunca- la ideología de la película que realizan o protagonizan. Una obra puede denunciar todas las dictaduras e injusticias del mundo y aún así ser una película reaccionaria. Lo único que define la ideología de una obra es su forma artística y su forma de producción. Aunque suene increíble, todavía hay que seguir aclarando esto. Introducir en una trama el personaje de un norteamericano ridículo y mostrarlo como el villano, no nos dice nada sobre la política, ni el mundo, solo nos indica que lo que estamos viendo es un cine muy malo.

2. Se olvidaban de lo popular

(Lo que sigue a continuación no tiene nada que ver con la Berlinale, no los voy a engañar. Pero surgió de un tirón mientras escribía la entrada anterior y, de alguna manera, se relaciona. Si gustan, pueden continuar o retirarse y esperar la próxima entrega).

En su gira por las redes sociales luego del estreno de Homo Argentum (2025), el actor argentino Guillermo Francella (al hacer esta aclaración me siento esos escritores nacionales que publican en editoriales españolas; pero yo también tengo mi público internacional, sépanlo) se cansó de hacer referencias a esas otras películas, artísticas, prestigiosas y que ganaban premios internacionales pero que luego nadie, ni siquiera la familia del director veía; y mucho menos se identificaba con ellas, ni tampoco representaban a nadie. Incluso no se privaba, vaya uno a saber por qué, de criticar al arte contemporáneo con la siguiente frase, que cito textualmente ya que jamás se me ocurriría escribir algo así: “El arte contemporáneo…, que a veces ves un botín sacachispas con una media sucia adentro y pagan dos palos verdes. Eso es arte para los que de pronto saben de arte. Yo no lo veo”. Después su arenga continuaba volviendo al cine y a la necesidad de que sea popular y que el público se vea reflejado en los personajes en la pantalla: “lo fundamental es que tenga identificación, no?, o sea, que sea popular, que lo popular no tiene porqué estar peleado con la calidad. Que te veas reflejado, o no, o capaz que es a tu viejo al que ves o algún tío”. Bueno, ya lo habrán visto o escuchado y ya entienden a qué me refiero. El problema es que esos lugares comunes que sostienen los defensores del cine popular, quienes por otra parte nunca cuentan qué monto de dinero se utiliza para la publicidad de sus películas, es que deberían ser más concretos y precisos (incluso, ¿por qué no?, dar nombres y títulos de esas aburridas películas a las que hacen referencia) y no esos clichés sobre el cine “oscuro”, como dice uno de los actuales directores del Festival de Mar del Plata.

Lo que yo le pido a esos detractores de ese “otro” cine es que hablen con pruebas concretas y se tomen, al menos, el trabajo de ver eso que ellos tanto critican. Por ejemplo, me imagino al mismo Francella yendo a uno de esos programa que salen por redes sociales, siempre conducidos por nepo-babies, luego de revisar la filmografía de James Benning y decir (leer lo que sigue con la voz de Guillermo Francella): “Es una cosa de locos, hay uno que se llama James Benning. No sabes. El tipo hace una película que se llama «10 cielos» y adivina cómo es la película: ¡Son diez planos de diez cielos diferentes! ¡Y que además cada plano dura diez minutos¡ Y otra se llama «13 lagos». ¿Sabes cómo es? Y los tipos se vuelven locos con eso. ¡Me están cachando!”. O luego de dedicar unas semanas, quizás un mes entero, a ver las obras completas de Danielle Huillet y Jean-Marie Straub, Guillermo podría argumentar: “Hay otros que son una pareja, pero los cinéfilos les dicen «los Straub». Tienen muchas, pero la mayoría son de gente que recita unos textos larguísimos, a veces parecen actores, otras gente de la calle o de algún pueblo, pero todos hacen lo mismo, recitan textos sin emoción, ni entonación alguna, a veces gritan un poco, o están en un bosque o vestidos de época, pero igual, nunca un gesto, nunca una emoción. ¿Quién se puede identificar con eso? Y después los críticos dicen no sé qué del marxismo y la puesta en escena. ¡A comerla!”. Acá me detengo porque podría repasar toda la historia del cine moderno a través de la visión de Francella cinéfilo y armar un pequeño libro con el resultado. (Confieso que escribí la de Chantal Akerman, pero la borré por una cuestión de espacio y por temor a las críticas feministas y de los editores de la Sight & Sound). Quienes nacimos a mediados de la década del 70 sabemos que eso de “lo popular con calidad” en algún momento fue cierto. Hoy es cada vez más difícil. El porqué del ataque constante de los populistas del cine hacía ese otro cine es un tanto inexplicable. Es como si a las personas que hacen ese cine popular, exitoso y que produce mucho dinero para todos los involucrados, también necesitarán que se les diga que lo suyo no es solo eso: productos que repiten hasta el infinito (y el cansancio) una serie de clichés y convenciones que crearon el mal cine y la TV, sino que también hay que reconocerlos como grandes artistas. “La regla siempre quiere matar a la excepción”, decía el querido Jean-Luc Godard. Habría que agregar que lo contrario (casi) nunca ocurre.

En la próxima entrega, ya la última, prometo dedicar un recuento de solo las películas buenas y nobles que hemos visto en esta Berlinale, esas que, según Guille y un montón de otra gente, no emocionan, ni identifican, y mucho menos generan dinero.

Me debo a ustedes, mis sofisticados lectores.

Hasta la próxima.

Marcelo Alderete

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