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BERLINALE - Festivales

#BERLINALE2026 | El oso (casi) final

God bless you!

Norma Aleandro al anunciar el Oscar a La historia oficial

1. Decime qué se siente

En pocos días más, si nada extraño ocurre, Brasil se alzará con su segundo premio Óscar y, además, de manera consecutiva. Algo que debe ser una especie de récord de algún tipo. (Preguntar a la IA de moda si esto es cierto). Aunque también sería muy gracioso que a último momento el premio le sea arrebatado por Sirât (2025) y así también, de paso, nos aseguramos dos, quizás tres, meses más de memes del gallego Oliver Laxe; a quien hay que reconocerle que, a diferencia de sus desafortunados protagonistas, supo atravesar los campos minados de la temporada de premios, poniendo el pecho a todo lo que se enfrentó y transformando a las redes sociales en una parte más de esa camión desbocado (perdón) en el que se transformó su película y dándonos grandes momentos de diversión. Si todo fue voluntario o no, ya es imposible saberlo y creo que poco importa. La publicidad, buena o mala, ya saben. A partir de ahora, Laxe vivirá toda su vida de cineasta prestigioso. Más allá de lo que haga con su filmografía. Pero volvamos a los brasileños, quienes el año pasado con Aún estoy aquí (2024), una película que remite a nuestra La historia oficial (1985) en su mezcla de drama familiar atravesado por la historia de una dictadura se llevaron el premio sin mayores problemas con esta película menor, de tema importante. Es el sabor que, contra de todo pronóstico, volvió a estar de moda: el cine de temas importantes y necesarios. Este año parece ser el turno de El agente secreto (2025), un proyecto enorme en el que su director viene trabajando hace años y que, viendo los resultados, justifican la espera. Kleber Mendonça Filho es un director ambicioso, pero gracias a su talento eso lo podemos dejar de lado. A la industria del cine brasileño le va bien. O eso parece si contamos la cantidad de títulos presentes en esta edición de la Berlinale. Pero como ocurre con toda industria, algunos productos son nobles y otros, bueno, un poco menos.

Creo que a esta altura ya estamos en condiciones de afirmar que André Novais Oliveira es uno de los grandes del cine. Y no solo de latinoamérica, donde no la tiene muy difícil, sino dentro del cine internacional. Oliveira es un cineasta tranquilo, como sus historias, y jamás se le ocurriría hacer explotar a alguno de sus personajes para diversión del espectador, aunque sí hacerlo flotar, pero me estoy adelantando. Se eu fosse vivo… vivia (2026), If I Were Alive en inglés, es la apuesta más ambiciosa (otra vez esa palabrita) dentro de su filmografía y nos cuenta la vida de una pareja que comienza en la década del 70, y a quienes volvemos a ver muchos años después, cuando la salud de ambos ya empieza a darles aviso de que las cosas se empiezan a terminar. El hombre de la pareja es el padre del director y demuestra una vez más que la actuación en cine es mucho mejor si se evita a los actores profesionales. Esta parte de la historia, la vida conyugal de dos ancianos con sus achaques y pequeñas peleas, podría ser toda la película, pero como verdadero cineasta, Oliveira pega, al menos, dos volantazos más en la trama, demostrando que su talento va más allá de ser un simple narrador de historias. El final de la película nos terminará rompiendo el corazón (cuidado: spoiler), y nos mostrará que el dolor de perder a un ser querido, no se supera ni siquiera aunque terminemos nuestros días contándoles chistes a un extraterrestre. (Ésta, seguramente, es la frase más extraña de estas crónicas y a la vez es, simplemente, sólo la descripción de una de las escenas de la película de este gigantón noble del cine latinoamericano que es André Novais Oliveira).

Fiz um foguete imaginando que você vinha (I Built a Rocket Imagining Your Arrival, 2026) no solo comparte nacionalidad y título largo con Se eu fosse vivo… vivia, sino que también juega con elementos fantásticos en su trama. Pero mientras que la de Oliveira triunfa y se eleva incluso en sus lugares comunes, la película de Janaína Marques parece un compendio de refritos sobre lo que los festivales europeos parecen esperar de cierto cine latinoamericano. Incluso en su mezcla de exotismo, aventuras (road movie) y tema fantástico, se parece a la película brasileña que participó de la competencia en la edición del año pasado de la Berlinale: O último azul (2024) de Gabriel Mascaro. Son películas que mezclan un poco de todo, sin dejar de lado, por qué no, un poco de agenda actual, mezcla de enseñanzas de vida, crítica social, y escenas disparatadas. La otra película no corresponde incluirla aquí, pero alguien debe hacerse cargo. Karim Aïnouz comparte con Kleber Mendonça Filho la nacionalidad y la ambición, pero mientras que Kleber está a punto de salir campeón del mundo, Aïnouz ya está jugando para un equipo árabe. (Perdón por la comparación futbolera, prometo que no volverá a ocurrir). Rosebush Pruning (2026) es una película “internacional” pensada para Cannes, o al menos Venecia, pero que termina en la Berlinale vaya uno a saber porqué, ya que su destino debería haber sido la destrucción y la devolución del dinero a los damnificados. Que el nombre de Marco Bellochio sea invocado por esta “obra” es una afrenta a la historia del cine y al director italiano. ¿Cómo puede ser que el director de películas como Madame Satã (2002) o Viajo porque preciso, volto porque te amo (2009) termine dirigiendo algo como esto? La única respuesta es que el camino de Cannes es una enfermedad irreversible. Con todo esto queda demostrado que Brasil está pasando un gran momento cinematográfico, al menos de cara a eso que se conoce como “la industria”: premios internacionales, actores en Hollywood, dinero para la producción gracias al nuevo gobierno y una dictadura pasada para echar mano, seguir escribiendo guiones y haciendo películas tan importantes como necesarias. Que les vaya bien.

2. Dime de dónde vienes

La alegría no es solo brasilera, solía cantar un ex-artista argentino, y es por eso que ahora hablaremos de otro país cuya cinematografía está pasando, parece, un gran momento. El cine vienés (¿vieron el título de esta parte del texto?, de nada) presentó dos grandes películas en la Berlinale y, además, viene de ganar un premio en el festival de Locarno con White Snail (2025), la primera ficción de la dupla Elsa Kremser y Levin Peter, responsables de grandes documentales como Space Dogs (2019) y Dreaming Dogs (2024). Sobre London (2026) de Sebastian Brameshuber ya hablamos brevemente en una entrega anterior. Es, o será, uno de los grandes títulos de la temporada festivalera. Como el verdadero cine, la película mezcla la realidad con la ficción para crear un pequeño drama protagonizado con una actuación notable de Bobby Sommer, quien además es el responsable del transporte de invitados en la Viennale, interpretando a un personaje llamado Bobby, quien recorre las grises rutas vienesas en un viaje que parece no tener fin. A partir de los diálogos con los pasajeros descubrimos momentos de su vida que lo llevaron a ser quien es: un hombre solitario con un pasado que nunca se develará del todo y una actitud ante la vida en la que la elección de la libertad, quizás, no haya sido la mejor de las decisiones. Un Sísifo moderno condenado a recorrer unas rutas tan grises como interminables. Bobby Sommer es una mezcla de Andrei Ujica y Pedro Costa, un verdadero personaje cinematográfico que demuestra, un tema al que le venimos dedicando varios comentarios en estos textos, que la actuación en el cine consiste en saber estar, y no en acentos tan falsos como ridículos y/o morisquetas faciales. Como también lo demuestra Ted Fendt en un breve, y muy gracioso, personaje, dejando en claro que la actuación es solamente uno más de sus inagotables talentos. Como dato extra, me cuentan que London fue rechazada por los festivales de Locarno y Rotterdam. Ay, mis ex-colegas…

El otro largometraje vienés presentado en la Berlinale también comparte ciertas ideas formales con London. El protagonista de The Loneliest Man in Town (2026) se llama Al Cook y está interpretado por Alois Koch quien, al igual que su personaje, supo tener su momento de gloria como cantante de rock en décadas pasadas. De aquellos años solo quedan los recuerdos y hoy Al se enfrenta a un inminente desalojo, ya que el edificio donde vive, y en el cual es el único inquilino que queda, está a punto de ser demolido. El dueño del departamento, junto al mafioso más inutil y divertido del cine de los últimos años, lo intimará a que abandone el edificio cuanto antes. Nuestra protagonista, entonces, tomará una decisión final: vender todas sus propiedades, mayormente discos y memorabilia de Elvis Presley, juntar ese dinero y visitar por primera vez la tierra de sus sueños: USA. Claro que también el amor hará su aparición, de manera discreta y sensible, como todo lo que ocurre en esta película. En el mundo de The Loneliest Man in Town los seres humanos son personas nobles e incluso los villanos, el mafioso mencionado, cuya mayor maldad hacia el héroe de la película es meterse en su casa, comer y beber todo lo que encuentra en la heladera y finalmente quedarse dormido, sin camisa, en el sillón. Ni siquiera a Takeshi Kitano se le habría ocurrido un hitman más absurdo que el de esta película. La dupla conformada por Tizza Covi y Rainer Frimmel agregan un título más a una de las más notables filmografías de los últimos años.

Y por último, la película más grande del festival que, paradójicamente, es un cortometraje. Imaginemos a un David Lean con verdadero talento cinematográfico (escribo esto y escucho los ruidos de José Martinez Suarez revolviéndose en su tumba) pero que en vez de dedicarse a esas épicas -y un tanto racistas películas- se dedicara a crear el más imponente cortometraje experimental de la historia. Algo así es Forever…Forever (2026) de Johann Lurf, un experimento exitoso que le llevó a su director más de seis años de preparación, más casi dos de rodaje, para lograr un time-lapse (esos registros de pocos segundos sobre una imagen fija, durante un largo tiempo) como nunca se vio en la historia del cine. En él vemos un paisaje de bosques, agua y cielo y el paso del tiempo, de las estaciones, los truenos y una música que acompañan las imágenes mientras estas, al llegar hacia el final, se aceleran para un final apoteósico. Lurf creó una cámara especial y registró todo esto en 65mm, para después terminar con una versión que durante el festival fue proyectada en la coqueta sala Delphi Filmpalast en una copia en 70mm. La función en esa sala, en otras fue proyectada versión digital, fue un momento histórico para el festival. De más está decir que el corto de Lurf ya forma parte de la historia (grande) del cine experimental. Me cuentan que los dueños de la sala mencionada pidieron que, para que el corto sea proyectado en las mejores condiciones, la lámpara del proyector de 70mm sea cambiada por una nueva, por lo tanto los espectadores de Marty Supreme (2025), película que se estrena justo después del festival, verán la película de Josh Safdie en las mejores condiciones posibles, y todo gracias a un cineasta ignoto para el gran público, pero más talentoso que el Safdie en cuestión. De nada, Timothée Chalamet, el cine de vanguardia es así: generoso.

Postdata: la idea de este texto era resumir y dar por terminada las crónicas sobre la Berlinale, pero como habrán visto y leído, pacientes lectores, la cosa se hizo medio extensa. Mientras termino de escribir esto (en un tren), el festival se prepara para entregar sus premios. Es decir que esta nota será publicada luego de que el palmarés haya sido entregado. Prometo, entonces, una próxima y ya última parte de estos escritos para resumir todo lo visto y un breve análisis de los premios que llevará por título: El oso resumido. Y ahí sí, disculpas por la tardanza, nos despediremos del festival hasta el próximo año. Esperemos.

 

Ph © Richard Hübner

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