Me gustaría sentarme y beber mi cerveza en paz, pero cuando veo las perspectivas del mundo, sé que hay problemas por delante.
Irmgard Keun – Después de medianoche (Nacht Mitternacht, 1937)
1. El mercado y las pulgas
Empezamos estas ¿crónicas? hablando de los agradecimientos de la directora de la Berlinale a los “buyers” (compradores de películas) y esa actitud parece que será la que guie el destino del festival, al menos mientras siga en manos de la inglesa Tricia Tuttle: el de un evento que forma parte de un mercado y no el de un festival con personalidad propia. Para ser justos, también debería preguntarme: ¿qué festival hoy en día, al menos entre los grandes, tiene una personalidad definida? Pero ese no es el problema, el problema es que hoy la Berlinale (el festival, las películas) parece eso, algo que ocurre porque hay un mercado que lo justifica. (De nuevo: lo mismo pasa con Rotterdam). Hace muchos años una persona que sabe mucho de festivales, y cine (y siempre jugó para el lado correcto), me dijo que los buenos años del festival de Mar del Plata se debieron, entre otras razones, a que no tenía un mercado. Al ocurrir esto, quienes asisten al festival solo lo hacen para ver películas, juntarse entre ellos y hablar de películas. Una especie de paraíso. Hoy en día quienes van a los festivales parecen disfrutar comportándose como ejecutivos siempre apurados, yendo de una reunión a otra y, cuando el tiempo se los permite, ir al cine a ver algo. No importa qué. Total, eventualmente recibirán un link de la película en cuestión. No es un dato menor que la empresa Vimeo fue uno de los auspiciantes de la Berlinale. (Breve digresión: he visto a los mejores de mi generación transformados en CEO de los festivales para los que trabajan. Y al verlos me pregunto qué fue lo que alguna vez nos unió tanto. Como dijo alguna vez JLG sobre sus amigos nuevaoleros: antes nos veíamos en primer plano, hoy, apenas, en un plano general. A lo que yo agregaría: nos separó el espanto, el espanto de quedarnos sin trabajo.) Una prueba irrefutable de todo esto es que una vez finalizado el mercado, unos días antes que termine el festival, el festival queda vacío, casi sin gente. Los organizadores tampoco colaboran mucho con esto, ya que seguramente motivados por temas económicos, se ven obligados a desarmar todo antes de tiempo (cartelería, stands, espacios de encuentros), dando un aire de fin de fiesta anticipado. Pero, claro, siempre queda un día más, el de la clausura y la entrega de premios. Los benditos premios…
2. Los ganadores
Me gustaría contarles que vi todas las películas en competencia, incluso aquellas de directores que odio, pero la verdad es que de los ¡veintidós! títulos en la sección apenas vi cuatro de ellos. También debo decir que todos eran buenos, con diferentes variantes del significado de la palabra en cuestión. Debo reconocer que no hace muchos años atrás el desprecio hacia algunos realizadores me movilizaba más que ver las películas de los directores amados. El enojo como energía me daba las fuerzas suficientes para levantarme de mi cama y atravesar una ciudad gris y fría para ver la última película de, no sé, digamos un Mohammad Rasoulof (pobre, entre tantos directores mediocres venir a elegirlo a él, con todos los problemas que tiene, además de la falta de talento cinematográfico). Pero eso cambió. Tenía mi entrada para ver At the Sea (2026) de Kornél Mundruczó, protagonizada por Amy Adams (qué mundo ridículo, por Dios), pero a último momento decidí cancelarla y desayunar de manera correcta, dormir un par de horitas más o tratar de juntarme, infructuosamente con algunos conocidos. Los años no llegan solos. Y lo mismo me pasó con casi todos los títulos en la carrera por el Oso dorado. Algunas las recuperé en otras funciones, pero a la mayoría no las vi y viendo el resultado de todo, es más que probable que ya no las vea. Hay películas que solo tienen sentido durante un festival. Entre los títulos vistos, y que hay que destacar, se encuentran Dao (2026) de Alain Gomis, quien venía de hacer el notable documental sobre Thelonius Monk: Rewind & Play (2022). Dao es una obra mayor y no solo por sus tres horas de duración. Tiene aires de las Mektoub, My Love del infausto Abdellatif Kechiche, en esa insistencia de capturar la realidad a través de la ficción y el agotamiento de las escenas (y de el espectador, seamos honestos) y también, aunque hace mucho que no la veo, de Un matrimonio (A Wedding, 1978) de Robert Altman. Pero estas comparaciones son eso, comparaciones, y apenas un tibio ejemplo de lo que en verdad es Dao. Espero que algún festival (o distribuidor local, aunque esto es más difícil, repito: dura casi tres horas) la pueda exhibir en nuestro sufrido país. A pesar del entusiasmo que puede despertar desde su título en la gente de buen gusto, Everybody Digs Bill Evans (2026) de Grant Gee, autor de notables videoclips para Radiohead y Blur, entre otros, es una película que sólo invoca el nombre del notable pianista a través de, justamente, su título. El resto es el director extrañando el oficio que le dio fama y, seguramente, dinero: hacer videoclips. Su único mérito es despertarnos ganas de escuchar al bueno de Bill.
Josephine (2026) de Beth de Araújo, pertenece a esas películas gringas que muestran realismo con actores que ganan millones de dólares y son bellísimos. En este caso: Channing Tatum. (Y hablando del actor, aprovecho para aclarar ese rumor que indica que soy fan de las Magic Mike, es sólo eso: un rumor. Que las haya visto un par de veces a cada una no me transforma en un fan, ¿no?). La película comienza con una violación y una niña, la del nombre del título, siendo testigo. A partir de ahí, todo se vuelve peor. Por algún motivo inexplicable, los distribuidores coreanos se vuelven locos por la película y le terminan subiendo el precio de venta. ¡Ay, mi (otra) patria! A la salida de la función hablé con alguien y los dos nos preguntamos si se trataba de un director o de una directora. llegamos a la conclusión de que ninguna mujer podría filmar una escena como la del principio. Pero estábamos equivocados, su nombre es Beth de Araújo e IMDB nos cuenta que tiene un BA en sociología de la Universidad de California, Berkeley. Por acá les conté, al principio de todo, sobre la película Good Luck, Have Fun, Don’t Die (2025), en donde una persona del futuro viajaba al pasado para poner fin al creador de una inteligencia artificial que transformaría la vida de los humanos en un infierno. Quizás haya que aprovechar el viaje y hacer lo mismo con el inventor de la carrera de sociología.
La película viene de ser estrenada en Sundance, ese remedo de festival que tienen los gringos. Y con el de que por alguna razón inentendible, la Berlinale tiene una relación malsana. Casi un síndrome de Estocolmo. Aclaremos, era así desde antes de la nueva gestión.
Ya hablamos por aquí brevemente de Meine Frau weint (My Wife Cries, 2026), la nueva película de Angela Schanelec, quien humilló al resto de la competencia, su película es muy buena, y fue humillada, ni siquiera FIPRESCI la reconoció. Solo para agregar algo, les cuento que tiene una de las mejores escenas vistas en estos días, en la cual suena Lover, Lover, Lover de Leonard Cohen y en ese preciso momento la película se resignifica para terminar de rompernos el corazón. El protagonista masculino tiene aires a lo Nanni Moretti y ella es la pequeña gran Agathe Bonitzer, en versión parlanchina y con el pelo cortísimo. Otra digresión: en London (2026), ya hablamos mucho sobre ella, suena Pale Blue Eyes. Un consejo para los cineastas, en vez de gastar fortunas en actores, paguen los derechos de canciones lindas. No saben lo bien que nos hacen.
Y para despedirnos de la competencia oficial, puedo decir que Moscas (2026) del mexicano Fernando Eimbcke está bien, aunque Olmo (2025), presentada aquí el año pasado pero en otra sección (Panorama, creo), es mucho mejor. Y también ya hablamos lo suficiente de The Loneliest Man in Town (2026), su protagonista, Al Cook (aka: Alois Koch), vivirá en mi corazón por mucho tiempo. Que Austria haya tenido las mejores películas de esta Berlinale, y que además se trate de obras que emocionan, es un dato extrañísimo. Europa es así.
(El título de esta parte del texto hace referencia al documental del mismo nombre dirigido por Néstor Frenkel y que es, al final de todo, lo que opino de los premios, de quienes lo entregan y de quienes lo reciben).
3. Europa es un campito
En el libro con el que comenzamos esta serie de textos, Luc Moullet escribe: “Me tomo la libertad de romper con la tradición que obliga a que uno presente con gran erudición la ciudad donde se realiza el festival al que ha sido invitado”. Siempre quise rendir homenaje a esa tradición de la que habla Moullet y la utilizo como una excusa para comprarme libros sobre cada ciudad que visito con motivos de los benditos festivales. Después, claro, apenas los leo y casi nunca encuentro algo que me pueda servir para estas crónicas (o como ustedes quieran llamar a estos digresivos textos). De todas maneras, comprar libros en ciudades europeas, en particular en librerías de segunda mano, sigue siendo un placer. Es que a los europeos les ocurre eso que se dice de los franceses: viven en un paraíso, pero creen estar en el infierno. Por eso tienen tanto tiempo para preocuparse de conflictos ajenos, no digo que esto esté mal, y ser un poco condescendientes con el resto del mundo. De ahí que todos (o al menos el 90%) de los seleccionadores de películas latinas para los eventos de estas zonas sean europeos que hablan español o latinos que viven en Europa. Hace poco leí que el festival de cine de Málaga (¡Málaga!) iba a inaugurar una nueva sección dedicada a películas argentinas. El porqué de esto, más allá de algún negocio, es inexplicable. Pero allá ellos y quienes acepten participar. Los cineastas de la Patria Grande necesitan dinero y los europeos lo tienen. No hay más que discutir.
En una mesa redonda sobre festivales de cine, realizada durante un festival europeo, en la que no participo (ya pasaron esos años, Marcelito) la moderadora, quien habla más que los participantes, termina diciendo que vivimos tiempos terribles. No puedo dejar de pensar que el centro de la ciudad donde estamos fue destruido por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Me pregunto qué habría dicho la moderadora de charlas de aquellos años verdaderamente terribles.
A pesar de lo dicho anteriormente sobre los libros, me tengo que contradecir, esta vez sí me acompañó una pequeña novela (nouvelle) titulada Después de medianoche y publicada en el año 1937. Su autora se llama Irmgard Keun y tuvo una de esas vidas que la gente, y muchos menos los artistas, ya no tienen. Nació en 1905 y murió en 1982. Fue amiga de Alfred Döblin, alguno de los Mann (perdón, se me mezclan), y vivió con Joseph Roth, todo esto mientras asistía al ascenso del nazismo. Estuvo exiliada en Holanda, en donde escribió este libro, conoció la pobreza, vivió en la calle, fue alcohólica, y el éxito, como siempre, le llegó un poco -demasiado- tarde. Es decir: fue una artista de verdad. La novela en cuestión está protagonizada por una joven de diecinueve años, en momentos en los que unos dementes en el poder comienzan a transformarse en asesinos. Sin embargo, en sus aventuras, Sanna, tal el nombre de nuestra heroína, nunca abandona la vitalidad y la energía que tenemos en esas épocas. Sale con jovenes, bebe, discute y hasta se anima a insultar al mismísimo Führer. Todo esto mientras la noche inevitable se cernía sobre su vida y la de toda Europa. El final del libro es uno de los más bellos y tristes de la historia de la literatura y yo lo aprovecho para despedirme de ustedes, mis queridos y pacientes lectores.
“El asiento es terriblemente duro e incómodo, pero estás conmigo. Ahora tenemos que dormir. Vamos a necesitar fuerzas cuando nos despertemos. Aún brillan las estrellas detrás de las nubes. Dios mío, permítenos que haya un poco de sol mañana.”
Hasta las próximas aventuras.








