Luego de una notable trayectoria como fotógrafo, José María Cicala comenzó a dirigir largometrajes. En pocos años estrenó Sola, La sombra del gato, Lennons y ahora, Encantador. Como de costumbre, el director reúne un elenco nutrido para darle vida a otro mundo donde mezcla géneros, tonos y guiños. Pero a diferencia de sus films anteriores, ya no teme adentrarse en zonas más tenebrosas y sangrientas. Esto es lo que José nos contó al respecto.
Me estabas contando que en estos días la película fue construida como una gran metáfora. ¿Cómo fue eso?
Bueno, cuando surgió la película estaba viendo un documental sobre los dictadores de la humanidad: Hitler, Mussolini… Y después de verlo empecé a hacer un análisis de lo terrible que son todos estos personajes. Todos tienen algo de encantadores, pero porque la palabra «encantador» tiene una doble acepción, un doble sentido. Todo empezó por ahí.
Después pensamos quién podía ser el protagonista, y tenía que ser alguien con esa imagen. Pensamos en Rodrigo Noya porque él, desde Agrandaditos, que para mí me encantó a otro nivel, tiene eso. Lo llevamos a este lado oscuro y terrible, pero siempre desde la metáfora, desde el querer que el espectador busque y encuentre.
El otro día hablaba con Aznar y Lebón de la época de “Los Dinosaurios”, de Charly García, cuando surgió la canción en plena dictadura. Yo no reniego del cine naturalista; lo entiendo, lo respeto y lo valoro. Pero cuando hago cine busco esa misma manera desde la metáfora, el subtexto, una búsqueda más profunda desde el mundo onírico. Si ves la película, ya desde el minuto uno hay un globo terráqueo donde Argentina es perforada por un cuchillo y empieza a sangrar. Yo ya arranco desde ahí a contar lo que siento. Para mí, la metáfora es lo que vivimos los argentinos, lo que sufrimos con los que nos manejan en los gobiernos y las generaciones que se aniquilan y se destruyen. La cantidad de gente que no se puede desarrollar, que no puede tener educación, salud ni un plato de comida. A veces los gobernantes no se dan cuenta del daño tremendo que hacen, ni lo registran. Es lo que le pasa a Tomás: mata a la mujer y después quiere arreglar la muñeca, pero ya está muerta. Ya no tiene arreglo.
Es mi forma de dar a entender lo que pienso dentro de una historia chiquita en un pueblo. Siento eso: el doble sentido, la búsqueda de acompañar en el medio con un poco de humor también, porque para mí es necesario. Yo siempre digo que las películas son el género de la vida: podés dejar de reírte y empezar a llorar de un momento a otro, que es lo que nos pasa a todos. Cuando quiero ver una película, quiero escaparme un poco de esa realidad. Hoy vi la de Iñárritu esta mañana y también es una metáfora total del desquicio de Trump. En Estados Unidos me decían: “Estás hablando de Trump”. No, no estoy hablando de nadie en especial; tampoco le dedicaría tres años de mi vida a hacer una película para hablar de Trump o de Milei. Es parte de mi uso de razón desde que nací: tengo 61 años y nací entre tres golpes militares, pasé la crisis de Alfonsín, la de De la Rúa, el COVID y todo lo que estamos viviendo hoy. Es parte de seguir remando y luchándola, pero muchos no tienen la posibilidad ni los medios. Termina siendo casi un genocidio lo que pasa en las sociedades, y hablo de la nuestra. Me apena tanto nuestro país, tan rico y tremendamente lleno de calidad y cualidades. Salió esa película, se dispara por un lado y después uno la produce y la genera como siente el momento. Esa es la esencia.
Siguiendo un poco con esto, a la hora de construir estas metáforas y estos mundos, es interesante cómo en esta película -al igual que en otras tuyas- vas mezclando géneros y tonos. Acá te adentrás por momentos en un terror más retorcido. Algunas influencias saltan a la vista, pero ¿qué películas y referencias tuviste en cuenta para estos momentos?
Siempre me gusta homenajear las cosas que amo de Argentina: homenajeo a Esperando la carroza y La noche de los lápices, las pongo ahí en el tapete porque las amo. Después, obvio, hay una escena que es una copia pública (de El resplandor), me encanta todo este universo, lo disfruto, lo valoro y lo respeto. Me encanta homenajear, aprovechar y mostrar todo eso, porque se trata de salir a jugar, divertirme y hacer lo que me gusta. Tengo esa licencia que me permite el cine independiente, donde no estoy ligado ni atado a nadie que me ponga la plata y me obligue a decir “Hasta acá sí” o “Esto es mucho”.
Algo que también es deslumbrante en todas tus películas es el trabajo de la dirección de arte, sobre todo a la hora de construir el microcosmos del protagonista.
La estructura del videoclub la armé recordando cuando tenía un videoclub con Gabriel. Después tenía esos trajes de Boy Scout y pensaba en el Manual de los cortapalos, de los sobrinos del Pato Donald. Metí toda esa influencia yankee que tenemos a todo nivel, desde el dominio político hasta la cultura mental, porque, ¿cuántas cosas hemos consumido de Estados Unidos en nuestra niñez? Tampoco podemos renegar de eso. Tenía los uniformes de Boy Scout y dije: “Esto lo voy a aprovechar para la peli”.
El universo de este chico lleno de muñecos es parte de mi colección. A veces no me doy cuenta, la gente lo ve y dice: “¡Uh, todo esto!”, y es toda mi cotidianidad y mis cosas. Lo aprovecho y lo uso como recurso natural. Como dice Spielberg: “Cuando no tenés plata, aprovechá los recursos naturales”. Bueno, eso es lo que hago siempre.
Además, haber estado en ese pueblo tan chiquito, con tan pocos habitantes, el pueblo donde nació mi mamá, y poder volver, con toda la gente a favor queriendo ayudar… Fue hermoso. Nos dieron una mano enorme y lo disfrutamos mucho.
Me detengo un poco en los muñecos. ¿Todos los tenías o algunos los tuviste que construir especialmente para la película?
Los que arregla Rodrigo se hicieron especialmente para la película, y las tres muñecas grandes, también, porque eso ya iba hacia un universo demasiado siniestro (risas). Todo lo demás es parte de nuestra colección con Gri, es parte de nuestra casa.
Y hablando de Griselda y del elenco, contame cómo trabajaste con ellos.
Siempre me gusta tener a mis jugadores, a los que sé que no me van a fallar si un día se complica o se hace tarde. Son los que se ponen tu camiseta y juegan en tu equipo. Tengo varios de esos que me complementan y ahí fluimos.
El elenco también se va construyendo sobre la marcha. A veces estás guionando y se te cruza alguien con quien te encantaría trabajar, y cuando lo lográs es lo mejor que te puede pasar. Ver a Arturo (Puig) haciendo de trillizos fue uno de esos placeres. Lo de Rodrigo surgió así: le mandamos el guión a las 9 de la noche, y a las 10:30 ya estaba arriba del proyecto. Se fue encadenando todo.
La película se estrena acá en Argentina. Si bien estás con la promoción, ¿qué se puede contar de lo que viene? ¿Qué planes tenés para esta película y para otros proyectos?
Tengo la suerte de poder contar con muchos recursos. Ya tengo terminada otra película. Se llama Rica Pizza. El elenco es una bestialidad y tiene siete historias entrelazadas en la década de los 70, que transcurren dentro del baño de hombres de una pizzería de la Avenida Corrientes. Y el baño es exactamente igual al baño rojo de El resplandor. Ya está totalmente filmada. Estoy recontento. Ahora arrancamos con la postproducción. La voy a estrenar en octubre del año que viene. Va a hacer un recorrido similar a ésta: un año de producción, festivales y después, el estreno. Es un delirio hermoso, otra locura.
Hoy tengo una película estrenándose, una en posproducción, una en preproducción y otra en guión. Eso es lo más lindo que te puede pasar si dirigís y te apasiona: tener todo cubierto y tener continuidad, algo que no es común. Te juro que si sos apasionado y es lo que te gusta, lo conseguís.









