Nos iremos sin irnos, ninguno va a quedarse ni va a irse¹
Después de Algo caía en el silencio (1989) y A la medianoche y media (1999), Ugás y Rondón comparten por tercera vez los mismos roles creativos. Para esta ocasión, adaptaron la reconocida novela La hija de la española de Karina Sainz Borgo.
Entre elementos de fuerza simbólica, las realizadoras ahondan en las múltiples carencias del entorno socio-político de la capital venezolana en 2017. Natalia Reyes encarna a Adelaida/Aurora. Ya desde la primera escena se siente su extravío.
Allí un travelling atraviesa una marcha de banderas tricolores y consignas hasta alcanzar su rostro. Poco a poco, nos enteramos de los riesgos de su entorno y un viaje al final la protege de la pérdida total de sí misma.
En el interín, flashbacks de su niñez se mezclan con su rutina actual y su relación amorosa con Francisco (Édgar Ramírez, también productor). Adelaida era el nombre de su mamá (Samantha Castillo), e iba a ser el de su hija. Cuando la protagonista le roba la documentación de identidad a Aurora, su vecina asesinada (Blanca Vanessa Núñez), más allá de los dilemas morales; importa cuánto afianzan los recuerdos el único terreno confiable.
Utilicemos y reduzcamos los matices del espejo por premuras de espacio y tiempo. Como símbolo refleja, contradice, enfrenta, invierte, distrae, amplifica…Sea cierto o no el episodio prehispánico entre culturas hispanoamericanas con este objeto, referir tal ‘intercambio’ es oportuno para problematizar: el rol de España en esta co-producción, en la migración venezolana desde hace más de treinta años, y en qué consiste la identidad para la vida migratoria desde dentro y desde fuera.
Los recuerdos acá cristalizan sentidos de forma integral y en medio de tanta carestía. La desaparición del morrocoy de Adelaida cuando niña o perder de vista a su mamá en la playa asoman un peligro más formativo que paralizante.
En la obra de 1999, los retrovisores alrededor de los personajes reflejaban situaciones pasadas donde ellos no aparecían. Ahora, el rostro de Adelaida se duplica ante los espejos. Y si en su infancia había anhelado que su futura hija fuese una segunda tocaya, al final la misma adulta sacrifica su nombre para sobrevivir.
Este nivel nominal es oportuno para que la protagonista sea escritora y que la poesía, en especial la de Montejo, predomine. Su vieja le recitaba versos para enfrentar el miedo¹. La sensibilidad de tal oficio hace convincente la crisis identitaria, y la articulación difusa de su pasado tampoco le obliga a fijar una postura partidista. De todas las maneras posibles el equipo técnico, en especial la música de Camilo Froideval, utiliza cada recurso audiovisual para matizar las precariedades de este cuarto de siglo en Venezuela.
El posible problema frente a tales ambigüedades es la falta de un contrapeso a la Adelaida/Aurora emigrante. Todos los que se quedan, pertenecen al régimen, mueren o se ignora su final en la historia. Sea esto achacable a la trama de la novela o no —cómo prever una situación histórica en desarrollo—, siempre ha habido desequilibrios en las obras de las realizadoras. Y las infancias de sus personajes los contabilizan en medio de adulteces más dispersas que aquellas.
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(Venezuela, México, 2025)
Guion, dirección: Mariana Rondón, Marité Ugas. Elenco: Boris Schoemann, Moisés Angola Samantha Castillo. Producción: Stephanie Correa, Jill Littman, Stacy Perskie, Edgar Ramirez, Francisco Ramos. Duración: 97 minutos.


