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Cine

El beso de la mujer araña (Kiss of the Spider Woman)

El cine todavía no le encuentra la vuelta a El beso de la mujer araña. La película de Babenco de 1985 no entendía el mundo sentimental de la novela y simpatizaba a todas luces por Valentín, el militante detenido. El personaje estaba hecho de los materiales que conocía el director: la denuncia, el realismo, la brutalidad. Molina, verdadero héroe del libro, quedaba reducido apenas a una caricatura del mariposón y perdía el espesor que le había inyectado Puig. Lo mismo pasaba en las escenas que relata Molina: el placer de la narración, de volver a contar lo ya visto mientras se lo transforma y adorna siguiendo los caprichos del gusto, todo eso desaparecía. Décadas después, y musical de Broadway de por medio, el libro sigue sin tener su lugar en el cine.

Bill Condon es un artesano olvidable, siempre al borde del anonimato. Como si no hubiera aprendido la lección de Chicago (escribió el guion), el hombre se le anima una vez con el musical, con el detalle de que en los 23 años que separan Chicago de El beso.. Condon parece haberse embrutecido, como si el musical cinematográfico fuera un género que le queda cada vez más lejos. Habría que ver cómo se decide el destino de una película así. Es fácil imaginar una mesa grande o, lo más probable, una reunión de Zoom, con representantes de estudios y productores en la que se discute el rumbo de la nueva adaptación. Cuando se analiza el público y las razones por las que un proyecto así debiera ser rentable, uno de los ejecutivos pide la palabra y expone al resto a algunas máximas maceradas en conversaciones de pasillo, cursos privados y consultas a ChatGPT: la gente que todavía va al cine no tiene idea de qué fue el musical clásico, guys, nuestra movie tiene que imitar la obra de Broadway, forget el musical clásico. Las caras en las otras ventanitas piensan un poco y asienten: están seguros de que el espectador promedio tiene su atención desperdigada en demasiados lugares a la vez y que es ridículo tratar de cautivarlo con un musical con aires de los 50. Eso solo podrá ser un guiño, apenas un sistema de referencias estéticas, pero no más. La reunión termina y el proyecto avanza. Dos o tres semanas después lo consiguen a Condon y le explican cómo viene el asunto, para qué lo necesitan. Condon dice don’t worry, ya tengo experiencia en el rubro, esto ya lo viví cuando escribí la Oscar winner Chicago, leave it to me.

El beso… es una película muerta, sin pulso ya desde el principio, un poco como esas películas y series originales de las plataformas que lucen de plástico o como si llevaran una máscara mortuoria. La historia no se narra, se ensambla siguiendo una secuencia mecánica de tics: Molina espeta una de sus frases hechas y exagera sus poses maricas, después Valentín expone su concepción severa de la sociedad producto de su formación marxista, y así. En la reunión de ejecutivos se habló, seguramente, del artificio como cifra y como escudo contra las eventuales críticas. Pero cualquiera se da cuenta que la manera en la que Puig confeccionaba sus libros, con extractos y detalles extraídos de la vida cotidiana y de la cultura de masas, buscando siempre el efecto de una superficialidad que desconcertaba al lector y lo obligaba a adaptarse o, caso contrario, lo empujaba a la claudicación; cualquiera se da cuenta de que nada de eso se hay en El beso…, película incapaz de entender el artificio y la superficialidad o de cultivarlos con la gracia y el goce del libro.

Una sola cosa Condon hace bien, o por lo menos mejor que Babenco (pero tampoco era muy difícil). Las escenas narradas por Molina se filman siguiendo una especie de grado cero de clasicismo, con algún disfrute elemental por lo escenográfico y el movimiento. Por supuesto, Condon no conoce y seguramente no le gustan los musicales clásicos. Pero en el pobre, pobre palmarés con que se nos ofrece, su película al menos recupera del libro las señas al cine del pasado, algo que para Babenco hubiera sido impensado: allí esas escenas ficticias no evocaban el musical sino el thriller, y se veían espantosamente, como si el director las hubiera saboteado (Babenco prefería el espacio de la prisión y la crueldad de los carceleros; en suma: adoptaba el punto de vista de Valentín). En los números musicales de la nueva versión, Jennifer López y Diego Luna tratan, aunque sin éxito, de recomponer la iconografía de gestos que alguna vez alimentó la vida palpitante del género. Resulta claro que ni los protagonistas ni la película buscan una reconstrucción fiel. Parece que supieran que se encuentran frente a un arte perdido del que no saben cómo apropiarse, ni siquiera mediante alguna operación manierista (imposible imitar lo que se ignora). El resultado es un poco taimado: El beso… nos recuerda la plenitud de una experiencia que, confiesa, jamás podría llegar a restituir.

(Estados Unidos, México, 2025)

Guion, dirección: Bill Condon. Elenco: Diego Luna, Tonatiuh, Jennifer Lopez, Bruno Bichir, Josefina Scaglione, Fabio Aste. Producción: Barry Josephson, Tom Kirdahy, Santiago López Rodriguez, Hernán Musaluppi, Diego Robino, Lilia Scenna, Greg Yolen. Duración: 129 minutos.

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