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Cine

El tema del verano

Las tumbas son para los muertos

las flores para sentirse bien

la vida es para gozarla

la vida es para vivirla mejor.

MUERTO A CAMINAR

Entre los materiales de prensa de El tema del verano hay una revelación: la primera inspiración de su director Pablo Stoll Ward fue Virus, película de 1980 dirigida por el italiano Bruno Mattei (bajo el pseudónimo Vincent Dawn). También conocida como Apocalipsis caníbal o El infierno de los muertos vivientes –muestra de la encantadora anarquía nomencladora de este tipo de producciones en aquellos años- Virus enmarcaba la eclosión de los muertos vivientes en el fracaso de un experimento de laboratorio con objetivos perversos: crear un gas eugenésico para resolver la sobrepoblación en el planeta Tierra.

Cuarenta años han pasado, la sobrepoblación ya no es el principal problema planetario (más bien lo contrario) y Pablo Stoll Ward va por su quinta película como realizador. En esta -la primera de género fantástico de su carrera- decidió retomar aquel primer contacto con el cine de zombies, que mezclaba humor con horror y postulaba un devenir aterrador: la muerte que se trastoca en vida, una media vida errante poseída por el hambre, el hambre de un hermano por comerse a su otro hermano.

En ese punto, las similitudes entre Virus y El tema del verano terminan. Podría agregarse que, si una es indudablemente italiana (doblajes, descaros varios y música de Goblin incluidos), El tema del verano es indudablemente rioplatense: hay bombillas de mate que se convierten en armas mortales, jóvenes con ansias de pegarla armando canciones de trap en el Pro Tools, y hasta Daniel Hendler ensayando su mejor acento charrúa. Estéticamente está más cerca del pulp de Tarantino que de la humildad de recursos de Mattei; es decir, de un realizador posmoderno que usa los ropajes del exploitation en una producción mucho más cuidada (y más cara) que aquellas que inundaban los videoclubes de los años 80’.

Esto no le resta a El tema del verano mérito alguno: lejos de la mera evocación nostálgica, lo que sorprende es la decisiva contemporaneidad de su propuesta: el ya mencionado trap, los cryptobros, las “viudas negras” que cazan bobos millonarios en redes sociales, todos se dan cita con un telón de fondo que remite explícitamente a la pandemia. Controles fronterizos, dosis interminables de vacunas, falsificación de certificados, el desdén por el conocimiento científico y también la presión de los organismos de control bajo el lema de “cuidarnos entre todos”. En este horizonte apocalíptico, groseramente capitalista, donde el engaño y la manipulación son moneda corriente y la estupidez impera sobre toda lógica, sucede lo inevitable: una cepa del virus termina de convertir a los humanos en sub-humanos.

Si la mayor parte de El tema del verano sigue la estructura convencional de una película de zombies (primeros indicios de la epidemia que los personajes ignoran, irrupción de los infectados, batalla campal y derrota, temporal o completa, de la humanidad), es en el último tramo de la película que Pablo Stoll Ward termina de redondear las ideas que pretende aportar a un subgénero tan transitado como este.

Convertidos en proveedores de alimento para sus amigos zombies (porque no quieren matarlos, pero tampoco ser comidos), Ana (Azul Fernández) y Felipe (Leandro Souza) se enamoran. Un amor fruto del instinto de supervivencia y la soledad, conveniente y a la vez exento de proyección alguna. La muerte, como siempre, lo cambia todo: finalmente, Ana y Felipe se convierten en zombies y quedan liberados de sus tareas de cuidado.

A partir de entonces, Ana y Felipe vagarán encadenados (en un feliz homenaje a Dōruzu de Takeshi Kitano, en la cual el amor es también una eterna caminata), en armoniosa convivencia con sus congéneres zombies, en una búsqueda interminable de carne fresca. La secuencia que da inicio a la película (un feroz ataque de los muertos vivos visto a través de los ojos de una niña) se retoma en el final con otra óptica: la de la caza comunitaria, con los zombies como neandertales apocalípticos, una nueva tribu de descerebrados dedicados a cubrir necesidades básicas.

Quizás, postula juguetonamente Stoll Ward, la única salvación del pensamiento comunitario está en dinamitar y empezar de nuevo. No nos da esperanza pero, durante una hora y media, nos divierte. Con eso alcanza.

(Chile, Argentina, Uruguay, 2024)

Dirección: Pablo Stoll. Guion: Adrián Biniez, Pablo Stoll. Elenco: Gonzalo de Galiana, Romina Di Bartolomeo, Pablo Duarte, Azul Fernández, Daniel Hendler, Sebatián Iturría, Malena Villa. Producción: Pedro Barcia, Santiago Carabante, Florencia Larrea, Agustina Llambi-Campbell, Juan José López, Pablo Stoll. Duración: 91 minutos.

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