Hay películas que filman contra un género, que demuelen cimientos para instalarse en las ruinas. El Gran Arco parece rehuir los mandatos de las películas de sobre arquitectura, de las que toma apenas estructuras elementales, reconocibles para cualquiera. Un arquitecto lucha para llevar a cabo un proyecto personal cuya ambición lo enfrenta con el gobierno que lo contrata. Un paisaje viejo que El manantial (1949) o El brutalista (2024) copiaron de las biografías de artistas y sus cuentos acerca de la intransigencia y la visión personal. Algo de esa geografía emocional a Stéphane Demoustier le interesa, pero de una manera lateral, subsidiaria: como un material para levantar otras cosas.
En 1982, un danés gana el concurso para construir un edificio público en el centro financiero de París. El gobierno y la prensa descubren de golpe quién es el oscuro Johan Otto von Spreckelsen, el arquitecto católico, defensor de la geometría y casi sin experiencia (solo había realizado cuatro obras, todas iglesias). Su proyecto consiste en erigir un cubo de ciento once metros de altura que podrá verse a través del Arco de Triunfo. La película sigue la red de conflictos que se abren entre von Spreckelsen y su nuevo socio francés y el representante del gobierno. Pero Demoustier muestra sus cartas rápido, en la primera escena. El gobierno, con Mitterrand presente, promulga al ganador en una ceremonia solemne: la cámara observa el ir y venir nervioso de los funcionarios, la pompa sobreactuada, la sorpresa ante el ganador misterioso. A diferencia de las crueldades del El brutalista (que le granjearon el favor inmediato de la crítica), en El Gran Arco hasta la sátira es amable: Mitterrand no es blanco de dardos fáciles, sino el objeto de un retrato cándido, el de líder sabio ligeramente desconectado de la realidad que le toca dirigir y, por eso mismo, resulta un aliado espiritual de von Spreckelsen.
Demoustier se toma su tiempo para todo, nadie lo corre: cada acción dura lo necesario o más, las escenas comienzan antes o terminan después, como si los planos y los diálogos se arrastraran. La película adquiere la visión del mundo de su protagonista, siempre vuelto hacia sí mismo, imprimiéndole al proyecto y a su contacto con los otros el mismo ritmo cansino. La película de Demoustier parece salida de otra época, ¿pero de cuál?: no tiene la economía del cine clásico, la morosidad del moderno o los apuros del contemporáneo. Una vez más, Mitterrand, caricaturizado casi con cariño, es la cifra del relato: en el personal que lo rodea todo es movimiento, agitación y torpeza, pero el hombre nunca pierde la compostura. El Gran Arco tampoco: el director parece creer que hacer cine es poder sostener el espacio y el ritmo de un plano, blindarlos contra las certezas presuntas sobre la velocidad y la atención del espectador, ponerlos a resguardo de la grandilocuencia de las películas sobre arquitectos. No se trata de destruir esa fórmula sino de aprender a filmar a su alrededor, caminando un poco a tientas, como el momento en que los protagonistas, en fila y guiados por Mitterrand, se toman un rato para pisar unas placas y evaluar su textura.
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(Francia, Dinamarca, 2025)
Dirección: Stéphane Demoustier. Guion: Laurence Cossé, Stéphane Demoustier. Elenco: Claes Bang, Xavier Dolan, Michel Fau. Producción: Muriel Meynard. Duración: 104 minutos.








