Es difícil realizar una crítica de Hamnet. Lo primero que hay que tener en cuenta es que se basa en una novela que ya de por sí es un material complejo a la hora de realizar una adaptación. El libro no es una biografía de Shakespeare, sino una obra que explora el duelo y se pregunta cómo la creación artística puede ayudar a transitarlo. Más que por la trama (que la autora toma como un punto de partida más que de llegada), la novela se mide por su escritura y por el modo en que utiliza una narración no lineal para construir su mundo, entrelazando distintos episodios de la vida de Shakespeare y Agnes, la protagonista, de tal manera que uno nunca busca el verosímil biográfico, sino que entiende que se está construyendo un universo con una lógica propia.
La película ya tenía esa difícil tarea: adaptar un material que, desde el vamos, se presenta con sus inconvenientes. De todos los caminos posibles a la hora de encarar una adaptación (fiel o libre), creo que la directora Chloé Zhao tomó el menos operativo de ellos. Ya sabemos que es una directora de oficio bastante endeble, a pesar de haber ganado el Oscar con Nomadland en 2020. Hasta ahora, no parece haber definido con claridad qué temas le interesa abordar y siempre termina realizando un collage de todos los tópicos en boga del cine contemporáneo. Tampoco es particularmente virtuosa a la hora de pensar la puesta en escena; más bien lo contrario: su puesta es plana y horizontal, y la cámara no cumple otra función que la de un observador entrometido que insiste en subrayar lo evidente.
Como era de esperar, en Hamnet reduce la complejidad narrativa de la novela a una secuencia lineal de acontecimientos, tratándola casi como una biopic sobre la relación entre Shakespeare y su esposa, realizando una especie de Johnny & June – Pasión y locura (James Mangold) orientada a los premios. Presenta los mismos tres acontecimientos clave de la trama (el encuentro entre ambos, el nacimiento de los hijos y la muerte de Hamnet, y la separación de ellos que lleva a la creación de Hamlet), pero mientras que en la novela estos se entrelazan constantemente – mostrando también hechos periféricos, como la llegada de la peste a Inglaterra -, en la película se presentan de forma fragmentaria y sin conexión, perdiendo la riqueza narrativa y emocional del libro, que es precisamente lo que lo hacía digno de ser leído.
Ojo. No es que la película sea mala por linealizar la novela; podría haber sido una opción interesante si estuviera bien llevada a cabo. La película es mala porque no entiende que lo valioso de la novela pasa por otro lado que no es el de los acontecimientos. Piensa que la historia se sostiene únicamente por su trama y sus escenas, las cuales adapta tal cual aparecen en el libro, sin poder pensar en nuevas situaciones que cumplan un rol verdaderamente cinematográfico. Cree que está respetando la novela, pero termina adaptando lo menos relevante como si tuviera lógica narrativa para una película, eligiendo lo más débil de una novela que tenía muchísimo para ofrecer. Es obvio que, al hacer una adaptación, lo bueno debe conservarse y lo malo puede modificarse; y si se cambia lo bueno, debe ser reemplazado por algo mejor. La película no entiende qué es lo bueno, y eso la lleva a carecer de desarrollo dramático: Shakespeare aparece borracho y gritando, pero apenas lo vemos escribir; Agnes, la protagonista, se presenta al inicio como una especie de bruja del bosque, pero esto luego no tiene ningún desarrollo para el clímax de la película (digamos que Agnes podría no haber tenido esa conexión con la naturaleza y todo sería exactamente igual), y los obstáculos que se le presentan a la pareja, fundamentales en la novela, se resuelven de manera superficial y apresurada, como si la directora no pudiera esperar un minuto para mostrarlos juntos dándose besos. Si un director debe demostrar poder de decisión, acá no se decide en lo más importante que debería tener un film: qué mostrar y para qué.
Debe ser por eso que, en el imaginario supuestamente romántico de la directora, tampoco se muestra de manera sostenida el momento más clave de la novela: cuando ambos se separan y cada uno transita el duelo de forma distinta, y Agnes le guarda rencor porque él se va a Londres a trabajar en el teatro. En la película, esto se reduce a una elipsis (que, dicho sea de paso, no se entiende como tal) y a una frase que le dice casi al pasar a su madrastra: “No sé nada de William, no lo veo hace tres meses”. Lo último que sabíamos de Shakespeare era que se había ido a trabajar como guantero a un teatro de la ciudad y, si bien lo vemos recitar su monólogo de “To Be or Not to Be” en soledad, frente al río y borracho, nunca se nos muestra que ya sea una figura popular en aquel Londres victoriano.
La película, en ese vaivén de indecisión, no logra ni siquiera construir arcos narrativos claros, clímax ni tensiones reales; es una sucesión de escenas sueltas en las que Zhao cree resolver la falta total de desarrollo con primeros planos de Jessie Buckley llorando y otros de Paul Mescal bebiendo alcohol. Eso la hace parecer más un boceto (work in progress) extendido de dos horas y media, en el que se vuelve evidente la falta de una intención autoral definida y la escasa capacidad de la directora para construir sentido. Además, confunde silencio y miradas lánguidas con contenido emocional: los silencios de la película no transmiten nada, no tienen intención autoral ni densidad.
Algo que me parece importante remarcar, aunque sea de manera general, es que el film utiliza a Shakespeare como una excusa, pero al hacerlo deja al descubierto su costado más problemático, ignorando elementos esenciales que hacen que su obra sea lo que es. Si Zhao no quería abordar a Shakespeare, podría haber utilizado otro personaje. El personaje no tiene ningún tipo de desarrollo y solo funciona porque “conocemos” al Shakespeare real. ¿En algún momento lo vemos escribir realmente? ¿O simplemente, de repente, toma la pluma y cita unos versos al azar? Es un Shakespeare que se acerca más a la figura del artista maldito del romanticismo que a una versión acorde a su época, cuando en realidad se trataba de un profesional del teatro plenamente integrado al sistema de patronazgo y al circuito cultural de su tiempo, en un contexto en el que la idea del artista sufriente aún no existía como tal.
Por ejemplo, el catolicismo de Shakespeare, fundamental en su vida y en aquello que lo lleva a escribir H, queda completamente borrado de la película. El film elimina la dimensión intelectual de la escritura de la tragedia, reduciéndola a un gesto artístico puramente emocional, basado en el dolor, sin mostrar el proceso creativo ni la corriente de pensamiento que motivó la obra. “Hamlet” es una obra profundamente atravesada por la religión, que propone la consecuencia eterna de ciertas acciones, como el asesinato. La película elimina por completo este contexto. Y la obra aparece mostrada hacia el final, pero sin hilarse de un modo que permita comprender su trama, por lo que para quien no la conozca en profundidad resultaría imposible entender cuál es la conexión que el personaje de Jessie Buckley podría establecer con la muerte de su hijo.
Es cierto que el fallecimiento de Hamnet genera cierta conmoción, pero más por el hecho en sí que por la manera en que Zhao decide representarlo. Hasta la peor de las telenovelas puede provocar pena si muestra algo extremo, como la muerte de un niño o un parto fallido. Raramente, el único personaje que tiene una construcción más o menos sólida es el suyo: se lo entiende como un chico que, inspirado en las historias que crea su padre (las cuales nunca terminamos de conocer en la película), tiene valentía y quiere proteger a toda costa a su hermana, que sufre de la peste, la cual nunca es introducida propiamente en el film. Su decisión de salvar a su hermana es entendible por una escena en la que Shakespeare le pide que ahora “es el hombre de la casa”. El problema es que el personaje nunca se construye en relación con lo que luego va a representar Hamlet; no se nos muestra cómo queda posicionado dentro del imaginario del propio William Shakespeare. Este es un error del que, una vez más, la directora no quiere hacerse cargo. Hoy en día (y eso se evidencia en los comentarios positivos que recibió el film) se valora más que haya un par de planos de Jessie Buckley y Paul Mescal haciendo el amor, y que ella llore frente a cámara, antes que la construcción de un arco de personaje que funcione dentro de la narrativa. ¿Cuál es el recorrido que realiza el personaje de Jessie Buckley? ¿Y el de Mescal? ¿Cómo se piensa eso desde la puesta en escena?
Es un film que nos deja pensando en todo lo que se podría haber hecho de otro modo. El hecho de que el guion haya sido coescrito junto a la propia Maggie O’Farrell (autora de la novela) juega en contra, ya que la falta de distancia necesaria para repensar el material desde otro lugar y así extraer todo el potencial de la adaptación resulta muy evidente. Ojalá que lo mejor que pueda traer esta película sea que nuevos espectadores se acerquen a Shakespeare y a sus historias.
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(Reino Unido, 2025)
Dirección: Chloé Zaho. Guion: Chloé Zaho, Maggie O’Farrell. Elenco: Jessie Buckley, Paul Mescal, Emily Watson, Joe Alwyn. Producción: Pippa Harris, Liza Marshall, Sam Mendes, Steven Spielberg, Chloé Zhao. Duración: 125 minutos.


