Los Twist grabaron la obra maestra, su disco más redondo, “La dicha en movimiento”, producidos por Charly García, a lo largo de escasas veintinueve horas y media de un octubre normal, pero derretido por estas nuevas melodías de (ante)ayer. El tiempo que insume la grabación de un disco es como el tiempo que lleva el rodaje de una película: no importa cuánto dure sino cuándo supura la masa madre de talento, cuándo sube a la superficie, al primer hervor, el colágeno, el contenido etéreo de la inspiración, otra capacidad mítica del ser humano que no encuentra explicación precisa a pesar de haber sido y seguir siendo la musa fértil de historias y relatos ancestrales milenarios precristianos.
“La dicha en movimiento” es un título que rápidamente trascendió su carácter de tal para referirse metafóricamente a la esencia de la banda liderada por Pipo Cipolatti y Daniel Melingo: ellos, Los Twist, son la dicha misma en movimiento; erigidos por nadie, pero por todo oído funcional, en el grupo más divertido de la historia del rock surgido de Argentina (así como los B-52’s son la banda más divertida del mundo, de acuerdo –de nuevo– a nadie, pero innegablemente).
Maxi Gutiérrez, productor y director, empieza la película con una secuencia familiar clásica de la época y de la ficción sobre aquella época que, espiritualmente, remite a una probable versión extended o un remake del video “La guitarra”, de Los Auténticos Decadentes: un padre conservador quiere que su hijo siga una carrera tradicional al tiempo que le sugiere que haga la colimba para hacerse hombre, entre otras falacias típicas vinculadas a la disciplina varonil autoritaria. Por supuesto que el hijo, si bien no quiere hacer música ni quiere tocar la guitarra todo el día o que la gente se enamore de su voz, respira ese reclamo de manera tangencial al sentir afinidad por un grupo de loquitos que quiere tocar la guitarra todo el día y que la gente se enamore de sus voces. No viene a la película, pero sí al caso: la gran banda de Jorge Serrano y Cía. probablemente no existiría, o existiría con otra forma o estilo, si Los Twist no hubieran pisado el continente de la ironía humorística en la música festiva mucho antes, con los estertores de la Dictadura mordiéndole los talones (también se adelantaron una década a las menciones a Perón de Alfredo Casero y Cha Cha Cha y sus paródicas rutas justicialistas). Éste es un mérito que nunca he visto impreso en ninguna publicación de rock y negarlo sería como negar la influencia de The Police en el primer disco de Soda Stéreo. Los Twist deberían gozar de este reconocimiento honorífico formalmente, ser los profesores eméritos del linaje del rock bailable y simplemente divertido hecho con creatividad compositiva y virtuosismo musical (en otro lugar de la estantería se podrían ubicar los grupos nauseabundamente pachangueros que vomitan estribillos de pura glucosa). Los genes del estilo musical de Los Twist están en los orígenes primarios del rock, cuando Chuck Berry cantaba supuestas nimiedades, como el color de su auto y el pelo de su chica. El rock bailable es ancestralmente el rock más auténtico, una danza circular alrededor de un fuego primitivo. La tribu antigua revivida.
En esta película se contrastan los raros peinados nuevos que mencionaba Charly con los gustos que se estaban yendo a las enciclopedias, como algún chico vistiendo una remera de Rick Wakeman, pope sinfónico pre-pop ochentero. Pipo, el Grande, hace acto de presencia legitimadora como un productor de ATC – Argentina Televisora Color, el nombre del canal estatal durante aquellos años. Sólo la voz en off de Charly García (Federico Pereyra), a quien no se ve físicamente, a no ser que el encuadre te muestre sus manos o sus brazos (se agradece la estatura legendaria que esta omisión parcial le otorga), es un anacronismo: lleva la nasalidad de sus años más cocainómanos, circa “Say No More”; por la época de la grabación de la opera prima de Los Twist no hacía mucho que Charly había registrado “Clics modernos” con su mejor voz y la ingeniería de las manos mágicas de Joe Blaney; nadie niega que por esa época Charly incrementara su energía y, por ende, su verborragia, a través de sus pulmones y sus narinas, pero su voz todavía no era el registro de ese hábito. Si de mimetismo fisonómico hablamos, la Fabiana Cantilo de la actriz Sofía Morandi es el mejor resultado.
Cierto reduccionismo es inevitable, sí, cuando se quiere representar toda una época en escasos 78 minutos de duración. O cierta generalización, cuando se quiere ir del hito particular a la trascendencia generacional. Así, Julián Cerati, el actor que interpreta a Pipo, bastante bien, por cierto, no deja de hablar rápido y el perfil de Melingo, a cargo de Guido Penelli, es el del integrante ligeramente amargo de la banda. La historia no es contada por uno de ellos, sino por un testigo externo, una intromisión desde lo argumental que tiene raíces en la tradición de la ficción alrededor del rock, desde Casi famosos de Cameron Crowe en adelante y hacia atrás también. La mosca en la pared que abandona su sitial de comodidad para ir involucrándose más y más, en este caso, en el registro audiovisual (suponemos que en U-Matic) de aquel momento histórico del arte de la apertura democrática. El reduccionismo está inteligentemente aplicado en esta película, no alcanza a ser una simplificación que reemplaza lo general por lo particular. La dicha en movimiento es un museo de cera viviente, pero rechaza el estatismo académico del panteón para tirarse de cabeza entre el público con la remera rota y sin saber bien por qué, sólo guiada por el instinto y la condición de fan, que es insoslayable en películas de este tipo, no afectadas por el virus de la momificación realista. Resistiendo la tentación de enumerar sumariamente, estérilmente sus defectos y sus virtudes, La dicha en movimiento (2025) es casi tan divertida como La dicha en movimiento (1983) y este mérito hay que salir a defenderlo con bandanas en la frente y pasacalles, como un (g)rito generacional recuperado.
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(Argentina, 2025)
Dirección: Maxi Gutiérrez. Guion: Maxi Gutiérrez, Gonzalo Salaya. Elenco: Mario Kevsho, Ornella D’Elía, Guido Penelli, Sofía Morandi, Julián Cerati, Romina Richi, Ronnie Arias, Campi, Lalo Mir, Pipo Cipolatti. Producción: Maxi Gutiérrez, Mariano Suéz, Gonzalo Cilley, Alejandro Di Paola, Gustavo García. Duración: 78 minutos.








