Y llegó el décimo mandamiento de Paolo Sorrentino: “Continuarás tu estilo, aunque bajes un cambio”. La décima película de uno de los grandes cineastas de la Italia contemporánea es menos exuberante que sus anteriores festines de sensualidad creativa post-felliniana (un colega, probablemente adicto a las sinopsis de Tik Tok, lo califico de “pirotecnia videoclipera”: qué imbécil), aunque supura idénticos ánimos de serpentina bon vivant, esta vez – algo extraño en su poética visual–, matizada con la incorporación a la fórmula de cierto anhelo de moderación, cierto desapego de la grandilocuencia. (Oh, la grandilocuencia: la aplaudimos de pie en estas páginas, porque rechazamos la medianía y el color gris, generalmente, horriblemente apreciados como sobriedad o elegancia. Quien reclama al cine italiano sobriedad y elegancia debería escribir la crónica de un desfile de modas de la marca Etiqueta Negra en vez de una crítica de cine porque es evidente que desconoce el gen italiano por completo, un gen que ha legado al mundo la ópera, Pasolini y los goles de Maradona (y los grafitis de El Diego en las paredes de Nápoles). El carácter de un estilo con sordina no se alinea con la autopercepción itálica de un abordaje casi bombástico de la vida. No perdamos el tiempo quejándonos del manierismo, que lo barroco es la sal de la vida cuando el minimalismo se atrofia hacia un caldito insípido.)
Esta previa digresión no es otra cosa que una excusa para lo más aburrido de este lavoro: el preanuncio del argumento de La Grazia: un argumento que se dispara a paso de burocracia de juzgado federal cuando Marino De Santis, interpretado por el gran Toni Servillo, servil actor fetiche de la obra sorrentiniana, abandona su cargo político y la lluvia de dilemas éticos y preguntas existenciales se precipitan sobre su cabeza para agolparse como una jauría de diablos inoportunos hablándole al oído en el momento menos indicado. Así es la conciencia. A veces, también la falta de conciencia. Pero, ¿hay conciencia en De Santis? Claro que sí. El dilema no radica en si la tiene o no, sino en cómo se articulará con la inminente fecha de vencimiento de su cargo. No es cualquier cargo: es el presidente del país, no de un centro vecinal (alguien en Argentina podría embarcarse hoy más que nunca en este argumento).
Y la grazia.
Hablemos de la grazia, que es la gracia en realidad. ¿Será un estado de gracia lo que aqueja la mente obnubilada de este presidente en bandeja de salida? Probablemente, sí, pero como resultado de un debate humanista imposible de esquivar que oscila entre las solicitudes de indulto que debe cotejar De Santis y la ley para legalizar la eutanasia que desea promulgar, algo que, como católico, le produce una suerte de gastritis de conciencia. Y, como padre, un atajo al remordimiento más urticante por no haber sabido mantener tibia la admiración eléctrica (por el complejo de Electra, perdón, Jung) de su hija, buena actuación a cargo de Anna Ferzetti, hija del gran astro Gabriele Ferzetti (el villano empresarial de Érase una vez en el Oeste y tantísimas gemas del cine de la península).
La Grazia es un drama íntimo dirigido por un cineasta afecto al exceso, que aquí no es tan afecto a tal cosa. En la mezcla de estos dos colores anímicos descansa el lapsus intermedio que se arrima al espacio contemplativo en el que incursiona una vez más (las temporadas de The Young Pope y The New Pope también reservaban cupo para la contemplación), sin terminar de reducir la película a un relato contemplativo. No, no estamos confundidos. El resultado en este atípico (no nuevo) Sorrentino no es la música operática amalgamada sónicamente a su magnificencia operística, su rasgo primordial como autor de cine (también se cristaliza en sus fantásticas series), sino el primer paso, en faceta cinematográfica, a una probable circunvalación estilística cuyos designios serán esclarecidos, quizás, en sus siguientes películas.
Quizás. Los italianos son algo impredecibles. Nunca los ofendas. Te lo dice un descendiente de italianos. Te lo dice la camorra.
![]()
(Italia, 2025)
Guion, dirección: Paolo Sorrentino. Elenco: Toni Servillo, Anna Ferzetti. Producción: Paolo Sorrentino, Andrea Scrosati, Annamaria Morelli. Duración: 133 minutos.


