En los últimos años, ir al cine con expectativas se convirtió en una experiencia riesgosa. La acumulación de elogios previos – ya vengan de la crítica, de amigos o de compañeros del medio – suele funcionar menos como garantía que como advertencia: demasiadas veces esa promesa de “buen cine” termina resolviéndose en películas incapaces de alcanzar lo que para mí sigue siendo un estándar mínimo de cine decente.
Fui a ver Marty Supremo bajo esa misma lógica defensiva. El entusiasmo casi unánime que la rodeaba no hacía más que reforzar mi desconfianza. Entré a la sala poco alentado, recorriendo el pasillo entre pósters de otras películas que no había visto y, a ciegas, hubiese preferido ver antes. Incluso antes de sentarme, ya estaba levemente arrepentido de la elección.
Disculpen toda la autorreferencia, pero cuento esto porque dos horas y media después la experiencia había sido todo lo contrario a lo que esperaba. Al salir de la sala, dos personas me preguntaron qué me había parecido la película, y ambas formularon la misma pregunta: si se trataba “solo de un jugador de ping-pong”. Sin caer en el spoiler, insisto del mismo modo en que me insistieron a mí en que sí: la película es sobre un jugador de ping-pong, pero al mismo tiempo es mucho más que eso.
Al igual que en los dos esfuerzos anteriores más recordables de los hermanos Safdie, Good Time: Viviendo al límite y Diamantes en bruto, la película se organiza desde el inicio alrededor de un personaje que lleva sus capacidades de seducción hasta el límite, al punto de convertirse en una figura tóxica para todos aquellos que lo rodean (lo que en Argentina se conoce como un “chanta”), y que se abandona progresivamente a una autoindulgencia violenta que lo empuja hacia situaciones donde pierde el control. Es un personaje que cae bien en gran parte porque la película, como todo buen cine, obliga al espectador a reconocerse en ciertos aspectos grises de su personalidad; pero al mismo tiempo no se deja de señalar, de manera constante, cómo su forma de ser y su personalidad son a la larga insostenibles.
La gran virtud de Safdie, en este caso del mayor de los dos, Josh, reside en su manejo del tiempo como herramienta central para la manipulación positiva de los estados de ánimo del espectador. A partir de escenas de estructura clásica, construye un mar picado que parece no calmarse nunca. En Marty Supremo no hay verdaderos momentos de descanso, y cuando parece haberlos es justamente cuando más conviene desconfiar: el respiro funciona como antesala de lo peor. Esta lógica es posible únicamente porque la concepción cinematográfica de su director evita que el dispositivo se sienta forzado o inverosímil, permitiendo que el flujo de los acontecimientos se perciba como algo natural, casi inevitable, como cuando la marea sube de noche y uno entiende que es lo natural.
Josh Safdie comprende perfectamente cuándo hace falta un travelling; cuándo se necesita que su actor principal, el excelente Timothée Chalamet, esté totalmente desquiciado; cuándo Gwyneth Paltrow debe cumplir el rol de darle glamour al film; cuándo hacer primerísimos primeros planos; y cuándo utilizar la cámara en mano. Es un director invisible: a diferencia de muchos autores actuales que deciden hacer gala constante de sus habilidades técnicas, a Safdie le interesa más lo sobrio del encuadre y la claridad de la historia, algo que se aprecia especialmente cuando, a día de hoy, gran parte del cine parece una demostración permanente del supuesto talento de directores mediocres.
Aprovecho para hacer una mención especial al uso de los primeros planos, que se cuentan entre los más admirables que tuve la suerte de ver en pantalla grande. No se trata de un recurso aplicado de manera mecánica o expresiva en abstracto: cada primer plano es distinto del anterior y, en esa diferencia, construye nuevo sentido. Cada rostro encuadrado dice algo específico sobre el personaje. Hay directores que solamente filman primeros planos porque son cómodos y permiten no esforzarse en la puesta en escena. Hay otros directores que leen los rostros y nos traducen qué está pasando por su cabeza.
La temática del film constituye uno de sus aspectos más interesantes, ya que el director y sus guionistas logran un equilibrio muy preciso entre la identidad judía y la tradición de esos héroes límite que aparecen de forma recurrente en el imaginario de Hollywood. En ese sentido, Chalamet vuelve a encarnar un personaje emparentado con el que interpretó el año pasado como Bob Dylan en Un completo desconocido de James Mangold. Aquí se trata, podría decirse, de un Bob Dylan pasado por anfetaminas, pero que cumple una función similar: la de un sujeto que hace uso de su identidad y la lleva al extremo en función de un propósito bigger than life (más grande que la vida). Que Chalamet es uno de los mejores actores del Hollywood actual es sabido, pero en esta película vuelve a empujar sus posibilidades actorales hacia un nuevo límite. Marty Mauser, con su carisma egocéntrico y su talento performático, es el personaje ideal para ese desplazamiento: alguien que inventa relatos, tergiversa hechos y es capaz de decir cualquier cosa con tal de adaptar su discurso a la realidad que lo rodea.
La ambigüedad que define al protagonista se vuelve todavía más rica cuando se la piensa en relación con la identidad judía, no como origen de sus rasgos más problemáticos, sino como un punto de fricción con el modelo heroico clásico. Marty ocupa el centro del relato como si fuera un héroe tradicional, pero su modo de habitar ese lugar pone en crisis una épica históricamente ajena a figuras marcadas por la extranjería, la desconfianza y la necesidad de afirmación constante. No es casual que la película transcurra en los años 50, apenas después de la Segunda Guerra Mundial. En ese contexto, la identidad judía no funciona como un rasgo anecdótico ni explicativo, sino como una tensión necesaria y cuidadosamente construida frente a la idea misma de héroe que el imaginario de Hollywood trabaja desde sus comienzos.
Resulta justo detenerse en las actuaciones que acompañan a la principal, porque incluso el mejor actor puede verse afectado si el registro del resto del elenco no lo acompaña. En este caso, además de la siempre sólida Gwyneth Paltrow, destaca Odessa A’zion en su primer papel importante en cine, funcionando como contrapunto ideal frente a la excitación constante del personaje de Chalamet. A esto se suman tres presencias no actorales que interpretan personajes clave y aportan capas fundamentales: el empresario y figura televisiva Kevin O’Leary, el rapero Tyler, The Creator y, de manera especialmente significativa, el director de cine Abel Ferrara. Es evidente la deuda del film con su obra y particularmente con su film “Bad Lieutenant”. Todos ellos actúan con una precisión que responde tanto a sus propias capacidades como a la mano de un director que sabe con claridad qué hilos mover para sacar lo mejor de sus intérpretes.
Si se le puede señalar algún punto débil a la película, y ya es ser muy puntilloso, se trata de hacer notar una confusión que el cine de los últimos años viene repitiendo con insistencia. Al igual que ocurría en el videoclip Un batalla tras otra de Paul Thomas Anderson, la utilización de la música resulta en ciertos momentos excesiva. Para una película ambientada en los años 50, el uso de música ochentosa termina siendo más desconcertante que otra cosa. No se trata de si las canciones son buenas o malas sino de señalar una moda iniciada por Scorsese en Buenos muchachos que ha alcanzado un punto en el que incluso películas de este nivel no logran evitarla.
Para terminar, solo me gustaría advertir que Marty Supremo no es una película cómoda ni pretende serlo. El film trabaja deliberadamente contra cualquier forma de estabilidad emocional del espectador. Las risas incómodas que se escucharon en la sala me remitieron más a una reacción nerviosa que al humor tradicional, algo similar a lo que generó el discurso de Ricky Gervais en los Globos de Oro de 2020. Ese humor punzante convive con situaciones límite que, trasladadas a lo que llamamos “vida real”, serían directamente tristes o incluso patéticas. Lo que a primera vista puede parecer una experiencia poco amable y ciertamente no pensada para espectadores sensibles termina siendo una virtud poco vista en el cine contemporáneo.
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(Finlandia, Estados Unidos, 2025)
Dirección: Josh Safdie. Guion: Josh Safdie, Ronald Bronstein. Elenco: Timothée Chalamet, Gwyneth Patlrow, Odessa A’Zion, Kevin O’Leary, Tyler the Creator, Abel Ferrara, Fran Drescher, Sandra Bernhard. Producción: Ronald Bronstein, Eli Busch, Timothée Chalamet, Anthony Katagas. Duración: 149 minutos.









1 comentario en “Marty Supremo (Marty Supreme)”
Me pareció la pelicula mas de fórmula que se puede hacer. Una mezcla de Rocky 4, El lobo de Wall Street y El karate kid envuelta en la bandera yanqui mas grande y colorida de todos los tiempos. Con ese acelere a lo Scorsese pero completamente vacío, puramente exterior y sin sustancia. Propaganda estadounidense hypeqda como obta de arte. El primer gran bodrio del año. Le sobran 100 minutos.