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Oscars 2026 | Retrato de época

RETRATO DE ÉPOCA

Cuatro grandes películas compiten por el Oscar –Marty Supremo, Una batalla tras otra, Valor sentimental y Hamnet– con protagonistas ambiciosos que sacrifican el amor para entregarse al ego. Y por acá, La virgen de la tosquera amenaza con su deseo, mientras el mundo parece arder.

Son curiosos los casos en que el mismo año estrenan películas parecidas. A fines de los 90s las películas gemelas eran tendencia con invasiones extraterrestres (1996: Día de la independencia vs ¡Marte ataca!), desastres naturales (1997: Volcano vs Dante’s Peak: La furia de la montaña) y meteoritos destruyendo el planeta (1998: Armaggedon vs Impacto profundo). Así, Hollywood capitalizaba la sensación de fin del mundo al terminar el siglo XX. Pero la llegada del 2000 también generaba un clima futurista capturado por buenos cineastas: Peter Weir y Ron Howard (1998: The Truman Show vs EDtv) anticiparon los realitys, mientras las hermanas Wachowski y David Cronenberg (1999: Matrix vs eXistenZ) presentaron a la vida virtual como la nueva realidad. Resulta más interesante cuando son los autores quienes interpretan el inconsciente colectivo que define una era.

Nuestra época está marcada por la necesidad de fantasía para evadirse de la realidad. Un infantilismo potenciado por Hollywood con sagas en galaxias lejanas, planetas alternativos o en la tierra media. ¿Cuándo acabará la saturada producción de superhéroes en multiversos? ¿Y la nostalgia de las biopics superficiales? Una industria de fan service que no provoca nada. Sin embargo, quedan los autores. Y este año los premios Oscar presentan cuatro excelentes películas de importantes directores que han elegido un tema común. Tanto Marty Supremo como Una batalla tras otra, Valor sentimental y Hamnet (mas dos bonus) tienen como conflicto central una lucha conocida: el ego contra el amor. ¿Un retrato de época?

Todos quieren conquistar el mundo

¿Qué preferís, ser padre o campeón mundial? La secuencia de títulos de Marty Supremo resume la verdadera competencia que subyace en esta “película deportiva”: vemos los espermatozoides de Marty nadando dentro de Rachel hasta llegar al óvulo, que se transforma en una pelota de ping pong. Un triunfo de la síntesis. De fondo suena Forever Young, con cierta ironía, porque tener un hijo puede significar el fin de la juventud. A menos que seas tan negador como Marty, un personaje terco, lleno de entusiasmo, hecho a la medida de Timothée Chalamet. Así, Josh Safdie repite la estética de títulos de Uncut Gems, donde se hundía dentro de un diamante hasta salir por el colon de Howard Ratner (sensacional Adam Sandler), un personaje adicto a su propia obsesión. Marty es otro ególatra, víctima de su enfermedad, que debe sacrificar todo para ganar. Curiosamente, lo mismo sucede en La máquina, de Bennie Safdie, donde Mark Kerr (Dwayne “La Roca” Johnson) pierde el foco de sus peleas de UFC cuando tiene a su novia cerca. En sus primeras obras en solitario, los hermanos eligieron personajes que creen que el amor es un obstáculo para sus egos.

Son odiosas las comparaciones, pero Bennie perdió fuerza narrativa al filmar con distancia de docureality, mientras Josh se quedó pegado a la piel de un personaje desenfrenado que se lleva al mundo por delante. Cambian los contextos, pero la compulsión es similar en Good Time: Viviendo al límite, Uncut Gems y Marty Supremo. Tal vez esta “trilogía” parte de una historia familiar, porque en la biográfica Daddy Longlegs (2009) los hermanos Safdie describieron el caos de convivir con un padre irresponsable y magnético que los envolvía en su locura. Esta vez Josh quiere salvar a su personaje, porque con una fenomenal banda sonora ochentosa le ruega que cambie (Change), deje de correr en círculos (Mad world) y aprenda (Everybody´s gonna learn sometime) antes de que su hijo cometa los mismos errores (Everybody wants to rule de World). Porque el amor te salva, como sucedía en Anora, de Sean Baker, última ganadora del Oscar. Ojalá Marty tenga la misma suerte.

Solo el amor salvará al mundo

En Una batalla tras otra, la imagen indeleble es la de una embarazada con metralleta. Otra síntesis del ego vs el amor. En este caso, las ansias de cambiar al mundo de Perfidia (Teyana Taylor) se enfrentan a la responsabilidad de ser madre. Cegada por su ambición, como Marty, ella abandona a su hija. A Bob (Di Caprio) no le interesa tanto la revolución -llega tarde y fumado al primer atentado-; lo moviliza el amor de Perfidia. Por eso cuando ella lo deja se queda veinte años sentado en un sillón fumando porro. Hasta que debe proteger a su hija Willa (Chase Infiniti), y el amor lo mueve de nuevo. Lo que viene después es una comedia disparatada con Leo homenajeando al Gran Lebowski, el Zensei Benicio desplegando su encanto y Sean Penn dejándolo todo por una estatuilla (está gracioso, pero no le alcanza). En fin, una obra menor en la enorme filmografía de Paul Thomas Anderson. Tal vez por eso arrase en los Oscar, porque suelen premiar en diferido a sus directores.

De todos modos, Una batalla… también logra mantener la tensión a puro talento cinematográfico, a pesar de las excesivas dos horas y media. El arranque frenético de la película se estudiará como el comienzo de Rescatando al soldado Ryan; y la memorable persecución en la carretera es cine de autor de acción: funciona como entretenimiento físico al mismo tiempo que representa las subidas y bajadas de la izquierda y la derecha. Ambos bandos son caricaturizados por igual. Y ante ese péndulo incesante e inútil, el film parece sugerir que el refugio que nos queda es la familia. “¿Eres feliz? ¿Tienes amor? -le pregunta Perfidia a Willa- ¿Qué harás cuando crezcas? ¿Tratarás de cambiar al mundo como yo?”. Probablemente el padre falsificó esa carta para salir del nihilismo y devolverle el propósito a su hija.  Porque si no hay esperanza, eso solo significa que la lucha será eterna.

Los ególatras amorosos

Todo lo que era veloz y desmesurado en sus competidoras resulta, por contraste, pausado y preciso en Valor sentimental. El noruego Joaquim Trier también narra un legado, pero a nivel microscópico, diseccionando el dolor de una familia. Un suicidio que ha generado un efecto dominó: Gustave (gran Stellan Skarsgård), por siempre huérfano, abandona a sus hijas para ser director de cine. Otro personaje que descuida el amor por su ambición personal. Nora (Renate Reinsve), la mayor, hereda la incapacidad de amar por un miedo al rechazo tan inmenso como el ataque de pánico previo a su debut teatral. El padre regresa tarde, cuando ya no importa, para ofrecerle un protagónico que Nora ya no necesita. Ha llenado su vacío con reclamos y un enojo incurable. Gustave es un narcisista con destellos de humanidad. Su intento de redención podría ser una trampa, pero Nora no sabe que su intención es sanar el legado familiar a través de una película escrita para ella. Parece una contradicción, pero el cine, ese vehículo del ego que las ha reemplazado, es el lenguaje del padre para expresar su amor. Nora ha pasado la vida desesperada por ser vista. No sabe que Gustave siempre la vio, mejor que nadie, porque comparten un mismo dolor. Ni que esa película puede salvarla de la herida que la consume por dentro, para reinventar el pasado y el futuro al mismo tiempo. Valor sentimental es una delicada maravilla.

En Hamnet el arte también funciona como sanación espiritual, con tanta potencia que hasta puede restaurar la fe de una madre (Jessie Buckley) que ha perdido a su hijo. El Shakespeare de Paul Mescal, tan adorable como él, es otro personaje que antepone su deseo al amor, al punto de abandonar a su familia en el momento más difícil. Sin embargo, con el diario del lunes (400 años después), comprendemos que ciertas personas deben priorizar su vocación por el bien común. Es a través del duelo de William expresado en Hamlet que toda una comunidad puede liberar el dolor colectivo generado por la peste. Incluso su obra es capaz de inventarle un sentido a la muerte de un niño, el mayor sinsentido de esta vida, honrando la vida de su hijo y logrando, al mismo tiempo, que su esposa baje la guardia y abra, otra vez, su corazón al solo. En tiempos post pandémicos de adicción a redes y reinados de ultraderecha, esta película nos recuerda la importancia del arte en una sociedad que insiste en menospreciarlo.

Una derrota moral

Mientras tanto, en Argentina, el sentido de comunidad se desvanece, tanto en la ficción como en la vida real. La virgen de la tosquera muestra a dos chicas compitiendo por un chico: Natalia (Dolores Oliverio), recién salida de la secundaria, contra Silvia (Fernanda Echeverría), una treintañera hippie. El deseo y el ego se entremezclan en un triángulo amoroso donde Diego (Agustín Sosa) es el vértice. Con una mirada sensible y hallazgos en el casting, la directora Laura Casabé recrea los 90s, a tono con el ansia política de esta época. El guion de Benjamín Naishtat (Rojo, Puan) acierta en adaptar este cuento de Mariana Enríquez junto a El carrito, donde un homeless maldice a una cuadra de Ituzaingó con apagones de luz, basura acumulada y un peligro latente. Es pleno 2001, tiempo de que se vayan todos y sálvese quien pueda, a la espera de un llamado milagroso de Susana. El contexto eleva una película de género hacia una obra más interesante, sosteniendo la tensión con un terror apenas incipiente (defecto o virtud, según qué tan fan seas del género).

Natalia es otro personaje violento que se lleva puesto a los demás con su deseo. Ella se desata cuando su derrota amorosa y moral la convierten en un espejo del hombre infiel que comete un crimen pasional. Si no lo tengo yo, que no lo tenga nadie. Pero fue el marco social el que le permitió entregarse a su egoísmo. En un país sin empatía, rige la ley del más fuerte. ¿Es este el mundo que vivimos hoy? ¿Son capaces de contenerse los poderosos? Natalia vive la resaca del corralito, como nosotros la de la Pandemia. Aún no comprendemos cómo recomponer el tejido social y cuesta encontrar esperanza cuando los magnates saltean toda ley de convivencia mientras experimentan con sus avances tecnológicos. Una ambición que parece imparable, donde todo vale con tal de ganar. Y a falta de soluciones de nuestros líderes, buscamos respuestas en el arte, pero estas películas sólo sugieren eludir los topetazos de Marty, la furia de Perfidia y los enojos de Natalia con el desapego de Bob, a la espera de que el amor redima a Gustave. Lucrecia Martel, en su reconversión como gurú, pide más: “Tenemos la responsabilidad y la maravilla de, con nuestro trabajo, inventar el mundo. Inventar el futuro”. No alcanza con pintar un lienzo generacional, ni siquiera con la crítica anticipando futuros distópicos… Necesitamos imaginar futuros utópicos. Que el arte revele un camino de sanación colectiva, como en Hamnet. Y el amor por fin le gane al ego.

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