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Cine

Parque Lezama

CINE ENTRE EL TEATRO Y LA PARED

Hay dos aspectos a abordar o, si se quiere, dos situaciones a conciliar en Parque Lezama, última entrada en el variado repertorio de Campanella y su extensa, multifacética carrera.

Por un lado, está lo sencillo, a todas luces obvio: la película es una adaptación de una obra de teatro, y luego de sus casi dos horas de duración, si algo deja en claro es, precisamente, la falencia de la “adaptación”, puesto que la supuesta transposición no hace otra cosa aquí que forzar al cine y sus posibilidades a ser mera ilustración mediante imágenes y sonidos in situ del parque y del libreto teatral. Hasta las cortinas que separan los actos tienen su equivalente en imágenes con tomas que parecen un protector de pantalla para turistas a base de imágenes del barrio. Es decir, Parque Lezama jamás asumió su responsabilidad como película desde el momento en que se decidió filmarla en lugar de renovarla para otro año de calle Corrientes. De haber sido así, el film, que perfectamente puede mantener su única locación, con sus pocos personajes y su hermética estructura tripartita, se hubiera hecho eco de múltiples, infinitas posibilidades estilísticas, narrativas, simbólicas y de puesta en escena (puesta en escena fílmica, concediendo su lugar a elementos de cine y no del teatro tales como el montaje, el tamaño, angulación, composición de los planos, el tratamiento sonoro que se articula con el montaje, entre otros).

En cambio, nos encontramos con cámaras ubicadas con un criterio casi a la Lumière donde la fábrica o el tren son reemplazados por Brandoni y Blanco, de quienes, justamente, surge el motor principal del film: no es otra cosa que un despliegue de la potestad técnica de estos grandes, grandiosos actores. Y son apenas unos pocos preciosos momentos aquellos en los que olvidamos al actor y vemos al personaje, vemos una historia, relaciones y valores genuinamente filmados, hechos cine: el momento en que Cardozo, interpretado por Blanco, entiende, comprende, el mensaje que el administrador del edificio le está dando; en ese momento, tal personaje secundario se vuelve símbolo de un extraño y peligroso comportamiento que años de una cultura mundial atragantada de progreso han estandarizado en el mundo: el miedo, la indiferencia programática, sostenida en la supuesta “inutilidad” de los ancianos, a lo viejo, al envejecer, a lo que no es nuevo ni más particularmente “novedad”.

Ese es un momento cinematográfico, un momento donde narrativa, historia, tema y retórica articulan una escena de cine y no de teatro. Donde Blanco deja de ser el gran actor que despliega sus dotes y pasa a ser el personaje Cardozo (momento en el que la actuación alcanza, justamente, un destello de esplendor con tono humilde).

Sin embargo, tras lograr su primer momento semejante, la película vuelve a caer en la planificación predecible, abstracta y aburrida de filmar cual vista primitiva las diatribas de Brandoni y Blanco. No sus personajes, sino ellos dos. Y si no fueran ellos dos, la película no funcionaría, a no ser que se sustituyera a uno por algún actor de renombre similar y de similar alcurnia en cuanto a su imagen de masas. Guste o no, Brandoni está instalado de manera muy concreta como figura cultural y política, y si bien técnicamente son impecables su actuación y la de su compañero, el film no deja de parecerse más a un carrete actoral de tomas de prueba que al cine.

Es extraño pensar que Campanella no logra aquí producir cine, sobre todo sabiendo lo que es capaz de hacer y conociendo su experiencia tanto en cine y teatro como en televisión. Quizás a eso es a lo que más se parece la película: una pieza televisiva, donde justamente lo que suele suceder es que las herramientas propias del cine quedan castradas a su función de tomar imágenes para ilustrar el libreto, acompañadas de un despliegue de producción y rodaje que es más similar al teatro que al cine.

Toda noción política, cultural, ideológica del film funciona en torno a la literalidad discursiva del monólogo eterno en que están Brandoni y Blanco, cada uno por su lado. Son frases escupidas por ellos, entre tonos de chiste jocoso y melancolía de telenovela de trasnoche, a manera de ilustrar una mirada de mundo y el retrato de una experiencia estética ausente en el metraje en sí. La película ha sido castrada de sus posibilidades, ha sido neutralizada, y se limita a repetir diatribas facilonas en boca de dos actores cuyo despliegue técnico y cultural convoca a las masas. Aquí entra la segunda cuestión, por fuera del asunto cine/teatro.

Y es que la torpemente ejecutada propuesta del film es temáticamente interesante, hasta importante y políticamente concreta en cuanto a la mirada del mundo que quiere y no logra construir. Su forma le juega en contra, las decisiones no acompañan, pero el intento de plantear una crítica al interior de una sociedad que ha olvidado, que ha enterrado prematuramente con aires de superioridad a sus mayores, a sus ancianos, a lo viejo, lo que no es novedad ruidosa y brillante. Una sociedad que vive acelerando un proceso de selección contextual y descarte apurado de sus valores y sus saberes, y que desprestigia y desconoce con encono y jolgorio a todo aquello sobre lo que el tiempo ha pasado.

Sobre las bases de una premisa tal, un film bien ejecutado daría por resultado posiblemente una mirada crítica de valor para la actualidad y un ajuste de cuentas para con ciertos saberes, códigos y modalidades filosófico-políticas injustamente bastardeados por los paladines de la novedad. Y lo haría en clave cinematográfica, narrando una historia, diciendo con ella algo más. No hay aquí algo más, sino la literalidad extrema de lo que postulan uno y otro personaje, formando algo más cercano a la bajada de línea aunque de carácter más sutil que el típico maestro ciruela que ha secuestrado al cine contemporáneo.

Entonces, el film es fallido, su desarrollo es pobre y su público apuntado e intenciones son obvias a todas luces. Por otro lado, en cuanto al tema y la mirada que cree o intenta tener por partes, hay un cierto respeto que genera puesto que allí sí arriesga una decisión concreta por una visión política puntual que no es, además, normal. ¿Qué onda los viejos, que onda lo viejo, qué onda lo anterior, lo descartado, y, por tanto, qué onda lo contemporáneo y sus avatares?

Quizás la semilla de la pregunta logra ser advertida entre espectadores, pero la película, ciertamente, jamás la responde dado que la plantea siempre y únicamente entre el chiste, la diatriba y el melodrama conventillero y, por lo tanto, nunca termina genuinamente de preguntar.

En este sentido, se puede quizás aceptar que Parque Lezama da en la tecla al mostrar por sus propias falencias la incapacidad de las actuales tendencias del cine televisivo, falto de profundidad en cuanto a sus recursos y caído en el panfletarismo paródico al tiempo que intenta dar una visión, un comentario, una crítica; la fórmula que lleva al cine aleccionante, si bien en este caso de tono ameno, más descontracturado y de menor encono que la mayor parte de películas contemporáneas de renombre.

Dirección: Juan José Campanella. Guion: Juan José Campanella. Elenco: Luis Brandoni, Eduardo Blanco. Producción: Muriel Cabeza. Duración: 115 minutos.

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