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Cine

Saint Catherine

Trazar las raíces históricas de la película de terror estructurada en episodios puede remontarnos hasta la década de los ochentas, si queremos toparnos con su máximo esplendor comercial (propulsado por Cuentos asombrosos), o un poco antes, para no dejar afuera a Trilogía de terror (1975), de Dan Curtis, obra de culto por el influjo del rostro crispado de la reina del estrabismo esotrópico, Karen Black, o incluso hacia los confines de la pos Segunda Guerra, con la obra maestra absoluta y atemporal de Charles Crichton, Alberto Cavalcanti, Robert Hamer y Basil Dearden, Al morir la noche (1945), que incluía “Ventriloquist’s Dummy”, el electrizante y escalofriante y espeluznante episodio del ventrílocuo enloquecido, interpretado por Michael Redgrave hasta su última fibra de técnica interpretativa.La(s) historia(s) que nos ocupa(n) surgen a partir del salvataje de una chica que está a punto de ser enviada por encomienda al Más allá mediante un ritual satánico por supuesto que mortal. La niña es llevada a Saint Catherine (de aquí surge el título epónimo), un instituto para huérfanas, donde aprende a lidiar con las huestes del infierno, que la visitan con la persistencia y el malhumor de parientes mal llevados y recriminadores. No es la única víctima. Otras residentes son acosadas por extrañas apariciones de energía extremadamente negativa, por no decir diabólicas.

Uno de los atractivos a priori para sentarse a ver Saint Catherine es la posibilidad de acceder a una película coproducida por Argentina (el productor Nicolás Onetti, presente) en el marco de una recesión feroz de la producción cinematográfica en el país que recrudeció con implacabilidad en los últimos dos años. Este largometraje, por supuesto, es mucho más digno que una basura reaccionaria como Homo Argentum, con Guillermo Francella recordándonos puntillosamente por qué en los ochentas era sinónimo de mal cine mientras intenta emular los mejores hálitos de la comedia costumbrista virtuosamente guaranga en la senda del vero mostro, Dino Risi, Everest de calidad que no logra ni arañar, aunque en este detalle tanto no lo culpamos, porque, ¿quién podría hoy lograr tamaño empate? Nadie. La calidad de las películas comerciales argentinas que están surgiendo estos años, tras la hecatombe del cine de autor con apoyo del Estado, ha disminuido tanto que el fondo de olla ya empieza a evidenciar signos de herrumbre y obsolescencia bajo un poster de la China Suárez.

Saint Catherine no viene a salvar la sequía. Pero el prejuicio positivo sobre todo cine hecho en Oceanía nos predispuso bien, sumando la fortaleza que por fin parece haber tomado nuestro país respecto al cine de terror, un territorio de lo incómodo que cayó en el olvido por ausencia de un continuum industrial que le otorgara la pureza de lo viejo bien hecho y el respaldo de una infraestructura.

Saint Catherine utiliza como mantra del inframundo la invocación Spiritus nocte ostendit, que en latín significa ‘el espíritu se manifiesta de noche’, o ligeras variaciones. Salvo Ari Aster y algún que otro autor, el terror diurno apesta lo contrario a inquietud. Así que esta frase oriunda del latín suele ser tan cierta como que los demonios habitan la noche de Tourneur. Ocultismo, satanismo, ritualismo, espiritismo. Agregarle una pizca de gerontofobia cuando el agua hierva. Varios de los mejores y más pertinentes “ismos” del Fantástico (no del Fantasy, por Dios… mejor dicho, por Lucifer) entrecruzan sus animales de poder para combinar una historia colectiva con epicentro en una sola locación, el instituto religioso Saint Catherine, ya mencionado y atestado de monjas siniestras y un sinfín de escaleras sin fin. Si has pasado por situaciones de magia negra, posesión o rituales satánicos y sobreviviste para contarlo, andá a contarlo a Saint Catherine, que es como la escenografía de una sitcom para venderle el alma al Diablo, quien, dicho de paso, aparece figurativamente, a veces y en segundo plano de enfoque, como Val Kilmer cuando imita a Elvis en Escape salvaje. El recurso pasa de ridículo a quedar espectacular, resultado que respalda el trabajo de dirección.

Las jóvenes residentes (casi no hay hombres en la película) se han curtido el alma viviendo espantos como los mencionados. Con estilo mixto dado por la colectividad en la responsabilidad creativa, todos los episodios son buenos y apelan a diferentes actos de traumatismo psíquico (¿álmico?). Aunque ningún episodio escala a la cima de la categoría Muy bueno, todas las actuaciones conforman el canon del gesto grandilocuente que es necesario en un género que nunca abandonará del todo su ansiedad expresionista. La calidad mediana de Saint Catherine es quizás el ingrediente clave de su solidez como anacrónico relato en episodios que logra cruzar la meta, meta difícil en cuanto es una forma de hacer cine que por lo general cae en confusión e ingravidez. Y esta calidad mediana deviene de la precisión equilátera de la atmósfera de todos los episodios. Creemos firmemente, y lo decimos con insistencia, que es la actuación general del reparto, poblado de brujas laicas y actrices desenfrenadas, lo que mantiene la cumbre de la montaña de la locura allí nomás, a unos metros, al alcance de todos.

(Argentina, Nueva Zelanda, 2024)

Dirección: Michael Escobedo, Juan de Dios Guarduño, Hana Kasim, Gonzalo Mellid, Raffael Oliveri. Guion: Gonzalo Mellid. Elenco: Valentina Mas, Pachi Lucas, Julia Kraiselburd. Producción: Carlos Goitía, Michael Kraetzer, José Luis Martínez Díaz, Nicolás Onetti, Sandra Toral Álvarez. Duración: 86 minutos.

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