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Libros

Sobre “Textos críticos. Ensayos, notas y apuntes” (Jacques Rivette)

Ha llegado el primer libro que reúne la obra crítica y ensayística de uno de los maestros de la crítica de cine de Francia y, por extensión coyuntural y temporal, del mundo, el primero con traducción al español. Es éste. Sí, lectores. Jacques Rivette, en nuestro idioma. Hasta hace poco su mera existencia se trataba de un evento improbable, de una distancia insultante. Esta sacra concreción es un trabajo de la editorial Monte Hermoso de los que se califica de capolavoro. El emprendimiento editorial independiente de las hermanas Carla y Cecilia Nuin divulga el arte cinematográfico desde una editorialización sujeta a una perspectiva de filosos hallazgos de la escritura cinematográfica autoral. Han lanzado al mercado verdaderos retos bibliográficos con consecuencias teóricas, históricas e historiográficas muy bienvenidas (el último fue de Luc Moullet); así, cubrieron y siguen cubriendo zonas vacías de la historia escrita del cine (escrita a través de la crítica, el ensayo, la reseña, la columna, el abordaje de los hechos concretos que han sido abstraídos por la subjetividad que empaña el paso del tiempo) y tomaron la cobertura profunda y a consciencia de materiales incunables. 

El trabajo que nos ocupa de Monte Hermoso podría catalogarse utilizando una expresión común en Jacques Rivette: summa editorialista; el inicio del fin o el inicio y el fin del camino rivettiano en español; un trabajo exhaustivo que deja poco espacio a la desventaja.

Prosigamos con una obviedad al alcance de todos: Rivette se pronuncia como rivet, palabra francesa derivada del inglés que significa ‘remache’, o sea, “pieza metálica que sirve para unir de manera permanente dos o más partes”, según cualquier diccionario. Esta definición casi podría extrapolarse al estilo erudito de Rivette, un intelectual en todo el sentido de la palabra, sentido hoy tan perdido como la influencia global de Cahiers du Cinema – para unir medio y mensaje. Suerte de santo patrono de la âge d’or de la revista de crítica cinematográfica más influyente del siglo veinte, suerte de patriarca-consultor-padrino de las nuevas generaciones de críticos que iban ingresando a la redacción (también lo era para sus contemporáneos Truffaut y Godard, por mencionar los dos nombres más canónicos, los dos apellidos del duelo beatles-rolling stones ideológico en el seno de la Cahiers), Rivette, soberano de la prosa sublimada, fue un espécimen único e invaluable; un elefante no blanco, rosa directamente, anómalo de tan culto, excelso de tan buen escritor, agudo y filosófico de tan inteligente. Se especializó en la invectiva frontal al punto de consagrarla como marca de agua propia e incluso elevarla a la categoría de arte literariamente pugilístico, hasta su siguiente elevación: como estilo crítico en todo el mundo (todo el mundo cahierista, claro, porque la crítica goza de varias escuelas, aunque ninguna tan extendida).

Un ejemplo al azar, Balthazar, de los blancos de Rivette: en varios textos alude a “la insignificancia del decorado”. Los pobres decorados y los pobres decoradores del cine sufrieron la paliza semántica de Rivette y esto tiene una explicación: el surgimiento definitivo de la Cahiers como sustitución teórica, y a continuación práctica (muchos de la redacción es sabido que devinieron en cineastas), de un viejo modelo caduco de hacer cine de supuesta calidad, la qualité tan vilipendiada con justicia por los jóvenes iracundos (perdón, John Osborne) que miraban hacia atrás con ira, la mayoría de las veces, justificada (las injustificadas no pasaron a la historia de nada, lamentablemente), todo atisbo academicista y canonizado de un cine industrial francés básicamente de interiores regodeado en un pelotero lleno de bolitas de naftalina e inflamaciones presupuestarias quisquillosas. 

No podemos obviar en estos párrafos el proyectil de mayor onda expansiva de la letra bífida de Rivette, y por eso hacemos un párrafo aparte: la demolición de la estatura moral de Gillo Pontecorvo a lo largo de su crítica venenosa a Kapo (página 238), un gesto que hoy, sin la perspectiva del tiempo, se lee como una hipérbole, porque, la verdad, nadie es abyecto por la orientación de la cámara en una toma de una película, sobre todo si la película es de ficción, aunque esté inspirada en severos hechos reales, o al menos nadie volcaría estas consideraciones a papel hoy en día (bueno, pienso en un par de plumas locales que sí lo harían). Pero en aquella era de lapiceras usadas como bisturíes estaba permitido denigrar hasta la pulverización. Y la crítica a Kapo fue la plantación de una bandera de combate que, si vamos a ser justos, era necesaria en aquel contexto; era menester coyuntural empujar hacia delante seriamente el concepto de lenguaje cinematográfico y se requería de mártires. Pontecorvo fue quemado en la hoguera (siguió filmando sin ver atenuado su prestigio). Evoquemos un fragmento de la lapidación más cruenta y popularizada en la historia de Cahiers: “Sin embargo, observemos el plano de Kapo en el que Riva se suicida arrojándose sobre la alambrada electrificada: el hombre que en ese momento decide hacer un travelling hacia delante para reencuadrar el cadáver en un ángulo bajo, teniendo cuidado de colocar la mano levantada en un ángulo en su encuadre final, ese hombre solo tiene derecho a recibir el más profundo desprecio”. 

Amén. 

Este libro de Rivette es un festival de palabras, sentidos y léxico (el trabajo de traducción es hercúleo), plagado de frases o expresiones que provienen de lo que podríamos llamar un exoesqueleto de la crítica cinematográfica y de párrafos extensos y profusos que al desmalezarse abren la vista a una nueva forma de apreciar el estudio del cine. Frases como ésta: “(…) mover las criaturas de nuestra mente en el escenario ilimitado del universo”. Bellísimo enigma, casi un haiku metafísico. También se incluyen gemas verdaderas de la densidad ideológica y centralidad estética de Rivette, el polemista, en la forma de manuscritos inéditos. El trabajo de Monte Hermoso se fue por las ramas y encontró los mejores frutos. En su faceta de escritor, Rivette fue ‘Rivette, el Grande’, entre 1950 y 1960. Después de esa década podemos hablar de su grandeza en el cine como guionista y director, lo que da para otro(s) libro(s). Pero no nos adelantemos, que nos perderemos el postre antes del almuerzo: su participación fundamental en la creación de la teoría de los autores. 

“Textos críticos. Ensayos, notas y apuntes” se organiza en tres partes. La primera incluye textos críticos publicados entre 1950 y 1969, la segunda, retratos y homenajes, y la tercera, escritos inéditos de entre 1948 y 1965. Textos larguísimos y textos brevísimos abrevan en la mente privilegiada de un autor que hoy no podría aparecer con tal magnitud, ya que el curso del río del saber se ha desviado hacia planicies mansas sobre sistemas educativos complacientes. Rivette forma parte de un acervo antiguo de intelectuales. Los verdaderos intelectuales del cine. Hoy los intelectuales del cine siguen citándolo y citando a sus colegas de Cahiers o cultivando la supervivencia de la aproximación cahierista. Se reciclan las teorías y la teoría más reciclada es la teoría de los autores, que resultó, todo hay que decirlo, irónicamente, en el nuevo canon de la qualité crítica.

La primera parte del libro es pura alta tensión y no excluye la pluma afilada e influyente de Rivette en publicaciones como Arts y Gacette du cinéma. Las críticas del joven Rivette están escritas con su propia sangre, sobre la piel de sus víctimas. Esta agresividad se mantiene con vida hoy solamente en las revistas sobre cine. Las reseñas en diarios y sitios (casi digo revistas, QEPD) han perdido todo sentido, todo poder de influencia y toda subjetividad (la objetividad es una quimera en este trabajo), lo cual no supone tanto una derrota del periodismo como una victoria del sistema; han perdido todo su sentido, ahogadas, no en una ni en cinco, sino en tres estrellitas, que es a lo que se ha reducido el puntaje de los estrenos comerciales: todo estreno es más o menos, es mediano, o es tibio y neutral en el peor sentido del vocablo. La invectiva ha muerto. Viva la invectiva.

Pero la invectiva tiene sus propios daños colaterales: su obsolescencia temporal. El paso del tiempo, como el agua, licúa el ácido. Hoy no es época de frases incandescentes. Los tiempos cambian, y como cambian los tiempos, libros como éste se erigen en testimonios verosímiles de un pasado que conoció otras reglas de batalla. 

Rivette tendrá sus puntos discutibles (es muy común referirse a él como alguien con quien uno no coincide, pero de quien ama cada palabra que escribe y cómo organiza el lenguaje). Todo cinéfilo debería correr desesperado a comprar este volumen testamentario por default, único en una especie tan extinta como el demonio de Tasmania. No se puede eludir a Rivette como en el colegio no se podían eludir las matemáticas: ambos, Rivette y las matemáticas, sirven lisa y llanamente para vivir. 

Sepan disculpar, pero resultaba imposible terminar esta reseña sin despeñarse en una vieja y querida hipérbole rivettiana. 

 

Título original: Textes critiques (Post-éditions, París, 2018).

Autor: Jacques Rivette.

Traducción: Cecilia Nuin.

Editorial: Monte Hermoso.

1ª ed., Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2025.

Páginas: 385.

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