EL DISGUSTO POR LA BELLEZA
La crítica americana (y sospecho que no sólo la de allí) ha sido laudatoria con Sueños de trenes; al menos, uno puede pensar eso si lee el sitio Rotten Tomatoes, donde hay un 95 por ciento de críticas a favor. Al entrar en algunas de esas críticas es común encontrar palabras como “lírica”, “contemplativa” y advertencias acerca de su ritmo lento, en contraposición con lo que se ve normalmente. Es curioso, de alguna manera, ver una película americana así presentada con el sello de Netflix. Hace unos años, una muy buena película de Nanni Moretti llamada Il sol dell’avvenire hacía una parodia hilarante de esta plataforma: allí, un grupo de ejecutivos estaba obsesionado con la división de los actos, la cantidad de países a los que llega la plataforma y los momentos “WTF”. No es difícil darse cuenta de que muchas películas de estas y otras plataformas funcionan con esa lógica: temas gancheros, cierto aire internacionalista y vueltas de tuerca. Bueno, Sueños de trenes no es eso.
Es una película sobre un trabajador americano que labora con los árboles y los trenes, contempla desde un lugar de testigo hechos históricos de ese país (como la persecución a los chinos de finales del siglo XIX) y tiene una vida ermitaña y tranquila durante la primera mitad del relato, vida que la segunda mitad vuelve trágica. Lejos de ser una película narrativamente convencional, Sueños de trenes parece estar compuesta, más bien, por episodios en la vida de un hombre tranquilo e introvertido, interpretado con sobriedad y sensibilidad por Joel Edgerton.
Es posible que la película no hubiera podido filmarse (o no con este presupuesto, ni distribuida por una de las mayores plataformas del planeta) si la novela en la que se basa no hubiera ganado premios prestigiosos ni tenido una modesta popularidad. Además, la novela original —una novelette, dirían algunos— es hermosa: parecida a la película en ciertos aspectos narrativos, pero muy distinta en tono.
La novela rehúye al tono lírico y posee una prosa más seca. La vida familiar del protagonista, por ejemplo, es más física, más imperfecta. Cuando este llega por primera vez a su casa, encuentra a su mujer recuperándose de un eczema, con la nariz tapada y con su bebé con mocos y los ojos pegoteados por lagañas. No se trata de una descripción antifamiliar, sino de una fisicidad que la novela quiere que sintamos: una imperfección inevitablemente adherida a la naturaleza.
La película, sin embargo, opta todo el tiempo por un tono más etéreo, más idealizado, de la familia del protagonista, con la que nunca pelea y con la que sólo mantiene conversaciones amables. La naturaleza también está filmada de un modo preciosista, como si algo espiritual se escondiera detrás de ella. No una espiritualidad institucional —algo a lo que la película parece mostrar especial desconfianza, poniendo al típico estereotipo del religioso hipócrita que, por un lado, recita versos de la Biblia y, por el otro, acarrea un costado oscuro (un plot twist bastante burdo, por cierto)—, sino una espiritualidad más ligada, quizás, a la literatura de ciertos escritores fundacionales de los clásicos americanos, como Emerson o Walt Whitman.
Por eso, en términos cinematográficos, es inevitable no relacionar Sueños de trenes con Terence Malick, un realizador que logró crear formas nuevas para filmar el mundo natural, que filmó situaciones cotidianas con movimientos de cámara, una iluminación y un trabajo de edición que volvieron enrarecidas hasta las cosas más comunes. Uno podría decirme que Malick también es un cineasta con problemas evidentes: cierta tendencia a la cursilería, al simbolismo grosero, a la ingenuidad, o a caer en un lirismo tan impostado que termina siendo moroso. Podría decirse que Sueños de trenes casi nunca cae en nada de eso. Todo está más medido: no hay casi frases grandilocuentes, ni música sacra, ni imágenes tan arriesgadas que puedan caer en el ridículo. Más que una influencia de Malick, lo que Sueños de trenes parece buscar es una depuración de ese director: imitar su estilo, sí, pero correrse de los momentos menos felices de un cineasta que puede pasar de ser sublime a insoportable en cuestión de segundos.
La ventaja de hacer esto es que queda una película indudablemente preciosa, que uno puede contemplar como quien contempla un hermoso paisaje o una sucesión de fotografías de un hábil paisajista. El problema es que este hábil paisajista no quiere —a diferencia de Malick— arriesgarse a hacer algo distinto. De hecho, ni siquiera estoy convencido de que la película sea tan arriesgada en términos narrativos. En el film, los tiempos muertos están debidamente mechados con algún momento de alto impacto o de contenido sentimental para que no se caiga en el tedio: el asesinato del chino, el del religioso, la rama que cae sobre el personaje de William H. Macy y, por supuesto, la horrible tragedia que vive el protagonista, además de los frecuentes flashbacks de clara impronta malickiana con los que se nos recuerda una y otra vez que el protagonista está dolido (algo que uno podría suponer considerando lo que le pasó).
Hay algo incluso burdo en los momentos en que aparecen discursos con algún mensaje trascendente o alguna enseñanza de vida: golpes de efecto hechos para mitigar el posible tedio. Uno es un diálogo vergonzoso, inexistente en la novela, entre el protagonista y una mujer llamada Claire Thompson. Allí, el hombre, acostumbrado a lo lacónico y a no expresar sus sentimientos, decide abrirse tímidamente y contarle su tragedia. Ella le habla de su viudez y empieza a decirle cómo en la naturaleza todo está interconectado. Es un momento forzado, que en Malick podría aparecer, pero que se justificaría porque lo que escuchamos es el fluir de conciencia de algún personaje excéntrico; además, al acumular discursos de este tipo, estos se convierten en parte de una estética que, guste más o menos, nos avisa de antemano que vamos a encontrarnos con momentos así. Aquí, en cambio, se nos quiere hacer creer, en un film de tono mayormente cotidiano, que dos personas que se cuentan tragedias terribles pueden, de un segundo al otro, entrar en una charla trascendente cuyo único objetivo es dejarnos un concepto supuestamente profundo.
El otro momento es aún peor: el instante en el que el protagonista se sube a un biplano y empieza a tener visiones de su pasado mientras una voz en off describe un clima de revelación. En su excelente newsletter Maxikiosko, Gustavo Noriega —a quien la película le gustó más que a mí— se pregunta si este momento aparece también en la novela. La respuesta es sí y no. El escritor efectivamente cuenta un episodio en el que el protagonista se sube a un biplano y, ya en el aire, tiene flashes de su pasado; pero es un momento brevísimo (no son más de tres líneas de descripción) y circunstancial, que es imposible de leerlo como un elemento especialmente destacado. En la película, en cambio, ese momento funciona como un ejemplo de aquel cine que el enorme crítico Manny Farber llamaba “el Elefante Blanco”: ese tipo de películas que quieren ir hacia conceptos claramente marcados para que el espectador crea que está viendo una película sofisticada.
Hay, por un lado en esa escena, una traición enorme al espíritu supuestamente más espontáneo, más contemplativo y azaroso que la película había sostenido antes; pero, por el otro, quizás sea coherente con lo que uno sospecha que es la película: un film de intenciones importantes cuya trascendencia se reclama a los gritos en vez de decantarse sola, y que para hacerlo toma el camino más fácil: el de los conceptos dichos a viva voz, el de las imágenes preciosistas y continuas, el de una sobriedad bien calculada para no ir nunca hacia ningún desborde, en un film donde uno puede sentir al director de fotografía buscando el plano exacto para que cada imagen parezca una postal.
Es una belleza inobjetable en una película desesperada por escapar de sus defectos y con una profundidad programada para que, en un cine-debate, los espectadores más insufribles exclamen cosas como “la vida es así” o “un poema”, y cuyo espíritu transgresor es la mera fachada de un largometraje secretamente banal, que no hace otra cosa que erigir la entrada a un castillo con el interior de una casita.
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(Estados Unidos, 2025)
Dirección: Clint Bentley. Guion: Clint Bentley, Greg Kwedar. Elenco: Joel Edgerton, Felicity Jones, William H. Macy. Producción: Michael Heimler, Will Janowitz, Marissa McMahon, Ashley Shlaifer, Teddy Scharzman. Duración: 102 minutos.








