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Cine

The Souffleur

UNA NOSTALGIA VIENESA

El souffleur es un término en francés que coloquialmente denomina a aquella persona que, tras bambalinas o escondido al nivel del suelo, le sopla los diálogos al actor de teatro. Es un alma generosa dedicada a evitar las fatalidades del olvido, un soporte para la continuidad de la obra. Está pero no está, como un buen director de cine en el set de rodaje. Es una figura invisible que existe para apuntalar las imperfecciones que puedan llegar a ocurrir, algo que no es siempre necesario. En esta reconfiguración de sentidos es en donde vemos reflejado a Gastón Solnicki en su última película. Como si fuese un deux ex machina personificado, el director de Papirosen (2011) aparece para desarmar y reordenar todo un mundo vienés.

Estrenada en la sección Orizzonti del Festival de Venecia en 2025, The Souffleur es una historia en contra del olvido, una barricada que se enfrenta al futuro. De manera inconsciente, viene a concluir una trilogía vienesa conformada por Introduzione all’oscuro (2018) y A Little Love Package (2022). Con la delicada actuación de Willem Dafoe y las apariciones ciertamente periféricas pero fundamentales de Stéphanie Argerich, Lilly Lindner, Fernando Trocca y el mismo Solnicki. La película narra las peripecias de Lucius, un gerente de hotel que se resiste a la compra del mismo por parte de un nuevo rico argentino. Para lograr su objetivo, intenta oponer pequeños actos de rebeldía que no lo llevan a ninguna parte. Es un Don Quijote luchando contra sus molinos de viento.

En ese ir y venir por la continuidad del hotel, los personajes se ven implicados en movimientos desafortunados llenos de equívocos donde reina el desconcierto y, a veces, el humor. A lo largo de la película se dan una serie de situaciones fragmentarias que no responden a una progresión argumental, donde se mezclan anécdotas culturales y archivo documental. En la pantalla se intercalan las imágenes en celuloide de una pista de hielo en el siglo XX con un Vermeer precioso que se encuentra en el Kunsthistorisches Museum, mientras vemos a Solnicki jugando al tenis. Este bricolage audiovisual resulta en un efecto igualador de tiempos donde las jerarquías se diluyen y todo parece manejarse en un registro anacrónico. Los trajes, el piano, el ajedrez, la falta de celulares. Todo conspira a favor de un efecto analógico, de una vida anterior.

La obra se sostiene sobre tres pilares que conforman un triángulo perfecto. La actuación de Williem Dafoe, la mirada de Gastón Solnicki y la banda sonora del filme, en donde se conjugan obras de Béla Bartók con algo más sofisticado aún, las composiciones musicales de Pablito Lescano. Estamos frente a una faceta actoral con tintes experimentales en la vida de Willem Dafoe, esto deviene en interpretaciones variadas, con muchos matices. Resulta peculiar ver al duende verde de Spider-Man después de haber pasado por el cincel de Wes Anderson, Robert Eggers y Yorgos Lanthimos ponerse en la piel de un gerente de hotel sin cualidades aparentes. Sin embargo el efecto es hipnotizador. Un poco simplemente por el mismo Dafoe y otro poco por las cualidades de la historia que se narra, el protagonista de The Souffleur resulta entrañable. El retrato de esas pocas personas sensibles que van quedando en el camino.

  Para continuar con los cruces entre obras y directores se puede afirmar que esta película es lo contrario a El gran hotel Budapest (2014). Si bien ciertos momentos y escenas pueden llegar a sugerir el paralelismo, ambos filmes se encuentran en verdades opuestas. Mientras que los cuadros de Wes Anderson son medidos, suaves e impolutos, la cámara de Solnicki busca la belleza en la imperfección, en lo que casi está fuera de campo, en la diferencia. El cine del director de Kékszakállú (2016) funciona a partir de la incomodidad, en el hermetismo del mensaje que posee múltiples interpretaciones. Lo que imprime su mirada es el desconcierto, la pregunta sobre lo que se está viendo en pantalla. Preguntarse “¿Qué es esto?” no es lo mismo que plantearse “¿Qué puede ser esto?”.

La música se la juega por el todo en el punto cúlmine de la película. Como si fuese un pasaje sacado de una película de Buñuel o una fantasía marxista de Pasolini, aparece la imagen de la burguesía en decadencia. En cierto momento, el gerente de hotel se ve arrastrado a una fiesta en una habitación en la que suena Damas Gratis al palo. Se ven huéspedes en vestidos finos y pilotos de avión con sus trajes hechos a medida bailando al son de una cumbiacha. La subversión de la la alta y baja cultura produce variadas lecturas. Esta celebración puede significar los últimos intentos de la orquesta del Titanic por mantener la esperanza como también ilustrar el afán argentino por hacerlo todo nacional. Argentinizar el Hotel Intercontinental de Viena como también convertir a Willem Dafoe en un porteño.

En esa línea, parece que una nostalgia vienesa no dista mucho de una argentina. Es por eso que la historia de un hotel austríaco que está a punto de cerrar por culpa de la ambición capitalista no nos es ajena y se siente cercana. Gastón Solnicki y Willem Dafoe en The Souffleur son dos artesanos. Un dúo que aún cree en el poder de las manos, el efecto del tacto y la presencia. Mientras la historia de la humanidad avance y los pequeños detalles cotidianos vayan desapareciendo, aun ahí estarán las películas para recordarnos su ausencia. El lugar que dejan las cosas que ya no están.

(Argentina, Austria, 2025)

Dirección: Gastón Solnicki. Guion: Julia Niemann, Gastón Solnicki. Elenco: Willem Dafoe, Lilly Lindner, Stephanie Argerich, Gastón Solnicki, Imona Mirrakhimova, Claus Philipp y Camille Clair. Producción: Gabriele Kranzelbinder, Paolo Calamita, Eugenio Fernández Abril, Gastón Solnicki. Duración: 78 minutos.

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