HOMBRE DE LA ESQUINA ROSADA
El hombre dobla en la esquina, camina a paso firme, lleva un maletín plateado en las manos. Abre la puerta de una casa y deja pasar a la cámara. Se dirige hacia una habitación de techos altos donde una mujer trabaja arriba de una escalera. Le interpela desde lo bajo como David lo hace con Goliat. Le dice, sereno pero decisivo: “María, tenemos que hablar”. Lo repite dos veces, como para asegurarse que ella lo escuche y la cámara lo registre. Ella se da media vuelta y cae en la cuenta de la situación. “¿Qué me estás filmando? Bueno, cuando dejes de filmar, hablamos”, le dice María. El hombre en cuestión es Víctor González, director de cine jujeño que ha realizado películas como Ciudad de Dios (1997) y El cielo elegido (2010), además de haber trabajado en la fotografía de obras ejemplares del nuevo cine argentino como Picado fino (1995) de Esteban Sapir, y Fotografías (2007) de Andrés Di Tella. Ella es María y, junto a El Colo, echarán a Víctor de su casa.
Este es el comienzo de Tortuga persigue a tortuga (2025), el último film de González que recupera unas grabaciones en VHS de los ochenta y las ensambla en una obra que establece un diálogo con el pasado de una forma circular. Si bien estas pueden parecer las escenas iniciales de un filme de acción donde un héroe enfrenta a su enemigo o de una comedia romántica con sus desencuentros amorosos, lo que tenemos en la pantalla es un documento extraído de la realidad, una estética que proviene del cinéma vérité. La discusión entre Víctor y María fue real, existió. El hecho de que haya una cámara registrando el momento le da una potencia doble al conflicto: por un lado es documento histórico y por el otro, cine.
El film está compuesto de dos grandes partes. La primera aborda el conflicto mencionado: la expulsión de Gonzalez de la casa en la que vivía por aquel entonces. Es una larga secuencia que genera escozor en el espectador. La incomodidad a la que se ven sometidos los implicados trasciende la pantalla y hace de esa experiencia algo doloroso de ver. La segunda parte es aún más escalofriante, es la puesta en escena de una herida abierta. Ya en su nuevo departamento, Víctor se enfrenta a su ex novia. Quiere recuperarla pero ella no quiere saber nada al respecto. Quiere hablar, pensar en voz alta la relación que tuvieron, reflexionar sobre el amor como lo hace el filósofo Brice Parain en Vivre sa vie (1962). El problema es que del otro lado no hay una Anna Karina receptiva que dialogue con su interlocutor sino todo lo contrario. Hay una mujer que es impenetrable y no se deja seducir por el encanto de las palabras. Juega con Victor, poseen cierta complicidad del orden íntimo y se ríen juntos. Pero al final del día, ella ya no lo ama.
Resulta difícil no acordarse de Borges frente a esta obra. No solo por el final de la primera parte, donde se ve al protagonista pidiéndole a la cámara que haga un plano general de él en la esquina de ladrillos rosados de su casa. Una imagen que recuerda a uno de los cuentos más famosos del autor. Sino sobre todo por las temáticas que aborda la película: el amor, la traición, el laberinto que es la vida. Víctor González recupera su vida de malevaje y la pone en pantalla. Vuelve a sus arrabales en busca de venganza por las injurias pero, al igual que un personaje borgeano, fracasa. De todos modos, como todos sabemos, los relatos más apasionantes son los de aquellos que no lo logran. Estas historias de aventuras frustradas no son la excepción.
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(Argentina, 2025)
Guion, edición, dirección: Víctor González. Elenco: Mabel Dai Chee Chang, Maria Canel, Colo Ruggieri, Víctor González. Producción ejecutiva: Vanina Spataro. Duración: 74 minutos.


