LA PRESENCIA DE LAS PERSONAS QUE SE VAN
Un fastasma a su servicio es la ópera prima en formato largometraje del cineasta tailandés Ratchapoom Boonbunchachoke. Galardonada con el premio de la Semana de la Crítica en septuagésimo octavo Festival de Cannes y con el de mejor guion en el Festival de Sitges, la película parte de una idea que podría ser relativa al disparador de Chopping Mall (1986, Jim Wynorski): un joven compra una aspiradora en una casa de electrodomésticos y, más temprano que tarde, se da cuenta que el alma de un hombre muerto está atrapada en el aparato. A partir de esto, el relato se bifurca en dos senderos paralelos. Por un lado, la llegada de un técnico de aspiradoras que seduce al joven comprador contándole la historia que tomará la posición central del relato: la de una familia dueña de una fábrica de electrodomésticos que, debido a una serie de malos manejos en cuanto al cuidado de los obreros, se ve acechada por la vuelta de una serie de almas que, parafraseando a la propia película, se resisten a la muerte.
Como bien indica su título, el film tiene en su centro la figura de los fantasmas. A pesar de esto, no tiene nada que ver con una historia de terror. Se trata más bien de una comedia negra, inscrita en la línea de Parásitos (2019, Bong Joon-ho) o La única opción (2025, Park Chan-Wook), dos films coreanos de los últimos años que apuntan su acidez contra las columnas que sostienen el sistema neoliberal -en el que el mundo se ve envuelto hace ya varias décadas-. Más allá de la línea que conecta estas películas (sobre todo la de Park) con Un fantasma a su servicio (y que será desarrollada más adelante), el estilo que adopta el relato de Boonbunchachoke no podría estar más alejado del frenetismo violento que suele teñir la obra del responsable de Oldboy (2003, Park Chan-Wook). Se trata más bien de una concepción de lo cómico que se produce gracias al silencio. Una comicidad que habita el campo de lo pausado, en el ritmo cansino que caracteriza la obra de Martín Rejtman, de Aki Kaurismäki o incluso de los primeros Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, y que permite una convivencia natural de lo ridículo con lo silenciosamente triste, con el drama más hondo que rehuye de las formas estilizadas que caracterizan al melodrama.
La tesis que recorre la película de cabo a rabo refiere no tanto a temas clásicos en los relatos fantasmagóricos, tales como la pérdida de un ser querido o el asedio que pueden llegar a generar las almas en pena, sino que esos conceptos son descartados rápidamente (los personajes apenas se sorprenden al encontrarse con los espíritus) para dar paso a un abordaje distinto: la idea de que estos fantasmas solo serán bien vistos cuando, a pesar de ser una fuerza excedente al entendimiento humano, puedan ser pervertidos por los dueños de la fábrica con el objetivo de alterar su naturaleza y que, traicionando su primer acercamiento noble a la humanidad, tomen la forma final de un instrumento para la represión del obrero y la posterior multiplicación indefinida del capital.
En este sentido, el film se acopla a la visión que construye Park Chan-Wook en su último estreno (La única opción), en donde los trabajadores son manipulados para canibalizarse, para destruirse entre ellos y que de su sangre surja la ganancia de la empresa. El “divide y vencerás” adaptado al capitalismo más salvaje. Hay una escena hilarante en Un fantasma a su servicio, en donde un fantasma en forma de aspiradora arriesga su (pseudo) integridad física para salvar a la dueña de la fábrica del ataque de una heladera (poseída, como no puede ser de otra forma, por el alma de un obrero que murió a causa de una intoxicación fabril). Es decir, en vez de organizarse con otros fantasmas que pululan por la fábrica en búsqueda de una venganza merecida, la aspiradora prefiere traicionar a los suyos a cambio de un rédito individual. El film está plagado de ideas de este estilo, con un sentido del humor punzante, que por momentos roza la ciencia ficción (hay una sala de electrochoques que parece sacada del Brazil de Terry Gilliam), y por otros abraza el onirismo más cálido propio de la fantasía (se representan sueños al borde de un lago, con árboles bañados por la dorada luz del sol y la calma más pura), sin nunca perder vigencia gracias a la coherencia tonal de la construcción cómica.
Más allá de una concepción novedosa respecto a los fantasmas clásicos, la película también destaca por su apabullante fuerza visual. El director plantea este universo con reglas muy propias, como por ejemplo la idea de que los fantasmas sólo existen en la medida en la que una persona viva los recuerde. O que los espíritus pueden “entrar” y ser espectadores de los sueños de los vivos. Estos conceptos son representados audiovisualmente a través de formas variadas. Es cierto, quizás no sean las más originales, pero sí se sienten particularmente orgánicas con el estilo del relato. El portal que da paso al mundo de los sueños es un iris que se abre (de forma opuesta a, por ejemplo, el iris que cierra Hojas de otoño de Kaurismäki), y los fantasmas que son olvidados se van desvaneciendo, volviéndose translúcidos o semi-invisibles.
Un fantasma a su servicio resulta así en una comedia negra con un carácter visual autónomo y original, que permite vislumbrar una serie de tendencias que empiezan a surgir en esta década de post-capitalismo tardío, de autoconciencia sobre las formas de represión que ejerce la oligarquía moderna sobre el proletariado, y la capacidad de poder reírse sin culpa de esos sistemas. Película hermanada a La única opción (con la que haría un gran tándem), pero sobre todas las cosas, una ópera prima que demuestra una notable solidez en la mixtura de géneros y tonos dentro del fantástico. Esperemos que, a futuro, el nombre de Ratchapoom Boonbunchachoke no se convierta en el fantasma de una promesa.
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(Tailandia, Francia, Singapur, Alemania, 2025)
Guion, dirección: Ratchapoom Boonbunchachoke. Elenco: Davika Hoorne, Witsarut Himmarat, Apasiri Nitibhon. Producción: Soros Sukhum, Tanade Amornpiyalerk, Karim Aitouna, Tan Si En, May Odeh, Zorana Musikic, Thanarith Satrusayang, Cattleya Paosrijeroen. Duración: 130 minutos.








