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Cine

Valor sentimental (Sentimental Value)

BERGMAN EN LOS AÑOS DEL TELÉFONO DIGITAL

Nora no es un nombre más en la cultura noruega. Es el de la protagonista de “Casa de muñecas”, de Henrik Ibsen, la mujer que en 1897 cambió para siempre la historia del teatro con aquel portazo final con el que dejó atrás a su esposo, a sus hijos y un confortable hogar burgués. También se llama Nora la protagonista de Valor sentimental (Renate Reinsve), pero ella, a diferencia de su ilustre antecesora, no da portazos sino que los sufre; en especial, el de su padre Gustav Borg (Stellan Skarsgård), un cineasta de fama, cuando abandonó a la familia siendo ella una niña. La elección del nombre no es casual.

El nuevo film de Joachim Trier también es la historia de una casa donde vivieron dos generaciones, y de puertas —reales y simbólicas—, que se cerraron sin posibilidad de reabrirse. Es improbable que Trier haya leído, o siquiera conozca la novela “La casa”, de Manuel Mujica Lainez, pero su película se inicia del mismo modo: es la cansada voz de la casa, en primera persona, quien narra los acontecimientos que padeció en el transcurso del tiempo. Es un personaje más, y de los más importantes.

Esa casa, ubicada en un acomodado barrio de Oslo, señorial, de madera blanca, espaciosa, techos inclinados, ventanas grandes, conserva objetos de “valor sentimental”, porque su memoria intangible sólo puede conocerse a través del relato. Y la memoria está repleta de inexactitudes, grietas y pasadizos secretos, tal como la casa. Su última moradora fue la madre de Nora y su hermana Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas), una psicoanalista a la que sobrevivieron sus apuntes, su diván, un florero de cristal que parece a punto de romperse, y una vieja estufa en el piso superior a través de la cual Nora escuchaba, en su infancia, cosas de las que los niños no deben enterarse. De muchas de ellas sabremos a lo largo del film.

Nora es actriz profesional. En la primera, angustiosa escena donde aparece, está a punto de sufrir un trac escénico antes de enfrentarse al monstruo de mil cabezas, el púbico del repleto Teatro Nacional. Cuando se apagan las luces y empiezan a sonar los ominosos acordes de “En la gruta del rey de la montaña”, de la suite “Peer Gynt” de Edvard Grieg, otro célebre noruego, Nora es incapaz de salir a escena: el pánico, el sudor frío la paralizan.

Agnes tampoco es un nombre más. En la obra de Ibsen, “Brand”, es la mujer de un pastor intransigente, y su personaje representa lo opuesto de Nora; Agnes es la piedad, la comprensión. También en esta película Agnes es la contracara de su hermana: formó una familia, tuvo un hijo, Erik, y vivió una vida feliz hasta que, inesperadamente, y poco después de la muerte de la madre, regresa el padre, de quien nada saben desde hace años. Agnes sólo tiene un antecedente como actriz infantil: fue en una película del “gran Gustav Borg”. Vemos esa escena, estremecedora, en la que interpreta a una niña que huye, junto a un pequeño amigo, de la persecución de oficiales nazis durante la guerra. Ella se salva, el chico no.

El guión de Valor sentimental potencia su construcción en abismo mediante la superposición de tiempos, lugares y personas: aquella escena de cine dentro del cine representa un episodio de la vida de su abuela, la madre de Gustav, una partisana que combatió contra la ocupación del Reich en Noruega, y que padeció cárcel y tortura.

El padre de Nora y Agnes fue capaz de exorcizar esa memoria mediante el arte, pero lo que se propone ahora, en su vuelta al hogar, parece más improbable: expiar su vínculo con Nora proponiéndole que protagonice su próxima película, una historia en la que presuntamente volverá a narrar la vida de su madre, aunque en verdad se trate de la biografía imaginaria de Nora, aquella que él, por la distancia, sólo pudo urdir en su cabeza. Borg hace quince años que no filma, está exhausto, y con seguridad será ese su último opus, que planea rodar en esa casa familiar abandonada, tan llena de grietas y portazos. De puertas que no pueden reabrirse pese a su arte y obstinación.

La reunión entre padre e hija en un café, escenario de la propuesta, es uno de los más perturbadores de este film: se pronuncian pocas palabras, pero los gestos, los silencios y las miradas —que sólo dos grandes intérpretes pueden dirigirse—, completan lo no dicho.

¿Aceptará ella la oferta? Si no lo hace, si persiste en su empeño de “sólo actuar esas viejas heroínas clásicas”, como le comenta su padre, despectivamente, como al pasar, él recurrirá a una de sus admiradoras, la estrella estadounidense Rachel Kemp (Elle Fanning), dispuesta inclusive a aprender noruego para decir sus líneas y ponerse en el cuerpo de quien cree la abuela del cineasta. Pero Rachel, en esa casa, es la intrusa. Una extranjera que, pese a lo que ama el guión y al llanto que vierte al término de un ensayo, no encaja. Una usurpadora de la memoria que no tarda en advertir su lugar.

Valor sentimental es la película más bergmaniana de Joachim Trier; un Bergman en tiempos de teléfonos celulares (el encuentro entre Nora y Rachel es elocuente al respecto). Trier subrayar exprofeso esa filiación con una breve serie de primeros planos de Gustav, Nora, Agnes y Rachel, en los que sus rostros se funden y confunden, una cita explícita de Persona, del director sueco.

Sin embargo, en la elaborada y —como ya se dijo— abismal construcción del drama, Trier no prescinde de apuntes de humor con un leve acento woodyallenesco: en un instante casi irrespirable se alude a un “banquito de Ikea”, que descomprime la tensión. Otro, celebrado por los más cinéfilos, involucra al regalo que Gustav le hace a su nieto de pocos años: un paquete con DVDs, formato que el chico, naturalmente, desconoce. Y una de las películas es Irreversible, de Gaspar Noé.

Lo “irreversible” no parece un guiño casual: Trier, pese a sus 51 años, es un nostálgico de los tiempos predigitales. En The Worst Person In The World (2021), otro de sus mejores films, un personaje le explica al que también interpreta Renate Reinsve que, “en sus tiempos”, todas las artes tenían un soporte físico, el cine, la música… “¿Cómo los libros?”, pregunta ella. “Sí, como los libros… Nos pasábamos horas y horas revolviendo bateas en busca de ese disco agotado, y la felicidad cuando lo hallábamos era inmensa”.

En Valor sentimental, el conflicto entre lo irreversible y lo aun posible habla a través de la persistencia muda de los objetos. Nada vuelve y nada puede corregirse, pero las cosas —el florero a punto de romperse, el diván gastado, el hueco de la estufa que conecta espacio y tiempo— permanecen como testigos materiales de lo que ya no tiene retorno. No evocan ternura, no despiertan nostalgia sino una comprobación simple: allí donde los vínculos fallaron, los objetos sostienen una memoria dolorosa que a nadie le interesa conservar. Trier filma lo irreparable sin solemnidad, con una sensibilidad que, aun entre despojos, materiales y afectivos, encuentra el modo de dejar una puerta entreabierta: no para volver atrás, sino para mirar de frente lo que queda.

(Noruega, Alemania, Dinamarca, Francia, Suecia, 2025)

Dirección: Joachim Trier. Guion: Joachim Trier, Eskil Vogt. Elenco: Renate Reinsve, Stellan Skarsgård, Elle Fanning. Producción: Maria Ekerhovdt, Andrea Berentsen Ottmar. Duración: 132 minutos.

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