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CRÍTICAS

Los Invertidos

 

Los Invertidos

Dirección: Mariano Dossena. Dramaturgia: José González Castillo.  Producción: Pablo Silva.   Diseño de escenografía y vestuario: Nicolás Nanni. Diseño de luces: Claudio Alejandro Del Bianco. Música original: Diego Lozano. Elenco: León Bara, Emiliano Dionisi, Elsa Espinosa, Alejandro Falchini, Maia Francia, Margarita Lorenzo, Gustavo Pardi, Fernando Sayago, Gabriel Serenelli, Daniel Toppino. Prensa: Silvina Pizarro. 

Un clásico “tapado” de la dramaturgia nacional

Estrenada en Buenos Aires a comienzos de siglo XX, Los invertidos puso en el escenario porteño a la temática homosexual.  Mucho antes del Stonewall, la génesis de las teorías del género, el advenimiento de la Ley de Matrimonio Igualitario, José González Castillo indagaba en el deseo entre varones, un tabú que llevó a que su obra fuera irremediablemente prohibida.  Luego de una célebre puesta de Alberto Ure en el Teatro General San Martín, en 1990, el director Mariano Dossena propone una interesante puesta que sábado tras sábado agota localidades.

Difícil habrá sido en 1914 poner en el centro del texto a la pasión del doctor Flores y su compañero Pérez (notables trabajos de Gustavo Pardi y Fernando Sayago).  Cuando la obra comienza, la iluminación enfatiza la presencia del cuadro Dante y Virgilio en el Infierno (William-Adolphe Bouguereau, 1850).  En esa peculiar imagen está la clave para entender el aura entre maléfica y encantadora de Pérez, su seducción que pugna entre el deseo hacia su amigo de toda la vida y su mujer, Clara, tan ajena a la cuestión que los une como a su posterior entendimiento.  En el cuadro hay una figura diabólica y dos hombres que aparecen en una postura plagada de pasión erótica.  Otros dos, vestidos a diferencia de aquellos, los miran con desdén.  Pero esa especie de demonio alado los observa a ellos.  Nadie está exento de la mirada del otro.  Y en este intertexto pictórico hay varios indicios que señalarán los desplazamientos del deseo que hará de Los invertidos una verdadera tragedia. 

Repleta de recursos clave del teatro realista (la palabra como herramienta comunicativa, la linealidad progresiva, el personaje confidente, la acción interna, el encuentro personal, etc.), en Los invertidos es evidente la estructura del drama moderno, canonizada por el noruego Henrik Ibsen.  Un drama que, valga la redundancia, expone una tesis sobre la modernidad.  Pero, bien sabemos, la modernidad de comienzos de siglo dista de la actual.  Es por ello que uno de los grandes hallazgos de la puesta sea la arquitectónica de actuación con la que Dossena conduce a su elenco, que remite con fidelidad a la época sin restarle verdad a la escena.  Los actores han  asumido un código particular en donde el habla, las posturas, los movimientos, son fundamentales en la construcción de estos personajes de comienzo de siglo, ayudados por una escenografía y vestuario convincentes, y unos acordes musicales que anticipan la desmesura trágica.

Es interesante ver cómo en la obra esa “inversión” sexual deviene en inversión de formas de vida antagónicas, entre las que se destacan la familiar/laboral y la personal/erótica.  Una red de pasiones y represiones que desde el comienzo va tomando cuerpo cuando uno de los hijos del doctor lee las argumentaciones jurídicas de su padre frente a un crimen pasional con ribetes homoeróticos.  Mientras que Pérez resulta una criatura poderosamente seductora, Flores en cambio asume -como su texto señala- su condición con culpa, atribuyendo su “perversión” a fuerzas ancestrales que no puede dominar y con las que lucha día a día.  Parte de esa lucha ha sido observada (como en el cuadro) por la sirvienta, personaje confidente de Clara que, con pudor e intromisión, le facilitará las piezas del rompecabezas que subyacen a su matrimonio.

Del otro lado del esquema familiar está la vida prohibida, cuyo epicentro es la casa que regentea Pérez, receptáculo de “caballeros” exponentes de la clase media alta, como ellos, y también de travestis que impulsan una ambiente de celebración y caos.  El texto alterna el tratamiento de estos espacios con una efectividad que resiste el paso del tiempo, mostrando la organicidad tanto de la casa de encuentros como de la casa de Flores, metonímicamente representada en su estudio.  Hacia éste, con tono eufemístico, se emiten los comentarios que apuntan la corrosión de aquella vida burguesa a la que, en definitiva, el texto se dirige incisivamente. 

Clara, entre absorta y repugnada, ve en la relación oculta de su marido la destrucción del núcleo familiar, pilar de la sociedad en la que está inserta.  Las oscilaciones de su deseo tampoco quedan afuera del juego de miradas al que aludimos.  En su misma desesperación está latente una pulsión amorosa hacia Pérez, a esa altura convertido en el Mal del universo de la obra, entendiéndolo como goce puro, deslindado de toda conducta moral.

Cada uno de los actores está en su punto justo, algo verdaderamente elogiable en un elenco compuesto por diez personas.  Se lucen Daniel Toppino como un travesti de antología y Gabriel Serenelli en el rol de Fernández, habitué de la casa de encuentros.  Pero si hay presencia sobresaliente es la de Maia Francia, una joven actriz uruguaya que hace de su Clara una criatura frágil, terrible, desesperada.

Los invertidos es una obra que, sumada a De hombre a hombre de Mariano Moro y Es inevitable de Diego Casado Rubio, propone una forma de pensar la cuestión gay alejada del componente camp y el sesgo paródico con la que ha sido abordada en numerosos casos (incluso algunos notables).  En una época en la que conviven los prejuicios con nuevos marcos jurídicos que propician la igualdad, resulta elogiable que el teatro argentino proponga espectáculos que reflexionen sobre el tema.  Bienvenidos sean. 

Teatro: El extranjero.  Valentín Gómez 3378.

Funciones: Sábados: 23hs.

Entradas: Localidades: $ 50.

 

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