EL MAR, LA NOSTALGIA Y EL CINE
Carla Simón narra su propia historia a través de un alter ego de nombre Marina (Llucía García Torras), una joven huérfana de Barcelona que emprende un viaje hacia Vigo para conocer a su familia paterna, con el objetivo de que sus abuelos la reconozcan como la hija de su padre -a quien nunca conoció y, con ello obtener una beca para estudiar cine. Este objetivo es el detonante, o más bien una excusa, para emprender un viaje en busca de respuestas sobre cómo fue la vida de Alfonso, su padre, descrito por toda su familia como un drogadicto y, por consiguiente, encontrar su origen e identidad. No por nada está filmada en dos idiomas, catalán y español, para reafirmar el sentimiento de Marina de no saber a dónde pertenece.
El título Romería, hace referencia a un acto de peregrinación y, a su vez, a un tipo de festividad religiosa celebrada en España, específicamente en la ciudad de Vigo, ubicada frente al océano Atlántico, dónde transcurre la historia. El espacio que utiliza Simón es fundamental porque para conocer a su familia, antes debe conocer su cultura y patrimonio.
El film narra a modo de diario, indicando una fecha exacta acompañada de un pensamiento o pregunta de Marina, parte de la estructura del viaje del héroe, con la protagonista dejando su hogar atrás para conocer su origen mientras va conociendo personajes que le van revelando distinta información – una más oculta que la otra – acerca del pasado de sus padres y de su familia en general. A medida que adquiere más conocimientos, su modo de ser va cambiando y va modificando las relaciones que entabla con sus primos, sus tíos y tías, y sus abuelos.
Simón cuenta su relato desde la intimidad. Marina es ella; por ello es el personaje con la exploración más profunda, no es una cuestión de una artista que creó a un personaje inspirándose en sí misma: aquí directamente hay una autoinserción. Simón también es catalana, también perdió a sus padres cuando era niña y también filmaba con una videocámara los momentos de su vida, tal como se ve en el cortometrajeCorrespondencia.
El relato es tan íntimo para Simón que decide encuadrar a su actriz principal en planos muy cerrados, el lente está tan cerca de su rostro que uno, como espectador, llega a sentir que la está invadiendo. Sólo sabemos lo que ella sabe; es por ello que las revelaciones de después nos van a impactar de la misma forma que a ella. La cámara no se separa de Marina, la sigue hasta en los momentos más íntimos. La vemos ir al baño a orinar, tomar una ducha, probarse un vestido que le regaló una tía, filmar con una videocámara el mar, hablar por teléfono en catalán con una voz desconocida o simplemente caminar pensativa por el jardín. El espectador es un acompañante: la cara de Llucía es muchas veces inexpresiva, sólamente podemos interpretar qué es lo que está pensando o cómo se está sintiendo, nunca la llegamos a conocer por completo.
Tal como fue mencionado, Simón llena su obra de lo que André Bazin, fundador de Cahiers du Cinema, llamaba Imágenes hecho, las cuales refieren a fragmentos que narrativamente aportan poco o nada, pero están ahí para otorgar mayor realismo a lo que se está viendo. Hay largas escenas en dónde a simple vista no está sucediendo nada importante; es ahí donde el film tiene su encanto, en momentos cotidianos como un almuerzo familiar o un día de playa con las primas. Simón se las ingenia para ahorrar cortes innecesarios y mostrar el movimiento y conversación completa de uno o más personajes en el mismo plano. Las escenas con la familia se sienten muy realistas porque engloban situaciones decualquier familia de habla hispana, desde momentos banales – como los nietos más jóvenes yendo a pedir permiso a la abuela para ir a la piscina – hasta diálogos más impactantes, como revelaciones de secretos sobre el padre.
Más allá del conflicto familiar, Romería habla sobre el crecimiento, Marina cumple la mayoría de edad antes del inicio del film; Simón muestra de forma explícita su enfrentamiento a la vida adulta y a la pérdida de su inocencia, ella no fuma ni bebe, cuando interactúa con sus primos mayores se le nota tímida e incómoda, haciendo notar que ellos ya han vivido y saben cosas que ella todavía no. Marina encuentra esa rebeldía característica de la juventud tras descubrir más sobre su padre: el enterarse por parte de sus primos que los abuelos lo escondieron por su adicción, ésto le genera un conflicto interno de no haber podido conocer a su padre porque no se lo permitieron, y no por su enfermedad. Deja de ser una espectadora en su propia familia y comienza a cuestionar lo que ve, o mejor dicho, lo que escucha. A modo de pequeña venganza, llena de hojas la piscina de su abuela y sale de fiesta a escondidas con su primo Nuno (Mitch Robles).
En el tercer acto, la estructura y lógica del film se rompen y giran hacia un lado onírico: el pasado colisiona con el presente, aparecen elementos fantasmales, fantásticos o que generan extrañeza, y el viaje de Marina adquiere un nuevo significado. Tal como si fuera un film de Fellini, Marina termina en un edificio del que una mujer desconocida desprende una escalera de tela, invitándole a subir. Arriba se encuentra con nada más y nada menos que sus padres de jóvenes. Aquella presencia fantasmal ahora se personifica. El punto de vista pasa a ser de ellos; Simón regresa al pasado para que finalmente podamos observar con nuestros propios ojos, quiénes fueron realmente o al menos conocer una parte de su tragedia. Sus vivencias se contraponen y en un punto se asemejan con lo que ha venido experimentando Marina, motivo por el que la madre es interpretada también por Llucía García; sin embargo por el maquillaje y el peinado parecen dos personas distintas.
Romería es un film de contemplación. Simón mira a su pasado con nostalgia, utiliza el lenguaje del cine para recrear los recuerdos de su adolescencia. Ella abraza sus raíces y su cultura a través de los elementos del mar, los veleros, la playa y la casa de los abuelos, los cuales evocan a un mundo pasado que ya no existe en el plano real, pero sí en la memoria: en su memoria y por supuesto, en el cine.
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(España, Alemania, 2025)
Guion, dirección: Carla Simón. Elenco: Llúcia García, Mitch Martin, Tristán Ulloa, Celine Tyll, Marina Troncoso. Producción: María Zamora. Duración: 114 minutos.








