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Cine

Kill Bill: The Whole Bloody Affair

MEZCLAS, FUSIONES Y CHOQUE EN LAS AVENTURAS DE UNA NOVIA FURIOSA Y ASESINA

Es una pena que esta versión de Kill Bill haya tardado tanto en aparecer, sobre todo por el hecho de que fue pensada y filmada así desde un principio. Sacando algunas escenas agregadas y algunos acomodamientos de lo que antes era el pasaje del primer al segundo volumen, no hay demasiados cambios en esta nueva Kill Bill. Incluso el viraje de la pelea de la Novia con los Crazy 88 del blanco y negro al color, y la escena gore de la mutilación de Sophie Fatale, estaban disponibles desde el momento de su estreno en las ediciones japonesas de la película y se veían fácilmente hace más de quince años en YouTube.

Es una pena que un trabajo de edición que no pareciera especialmente demandante esté reestrenándose recién ahora, cuando la asistencia a salas de cine está en caída libre y en vías de transformarse en una actividad minoritaria. Kill Bill es esa clase de películas que, por su longitud, conviene ver en salas, donde uno no está tentado a frenar la película a cada rato para hacer cualquier cosa y se ve obligado a obedecer lo que le muestre la pantalla en ese momento. Es una película extensísima, con cambios de ritmo en la narración fascinantes; una película imperfecta, sí, pero con una ambición desmesurada y algunos de los momentos más excepcionales en la filmografía de Tarantino.

Calculo que hoy es más frecuente decir esto, pero al momento de su estreno Kill Bill tuvo no poca resistencia y, para muchos detractores del director, era la evidencia de que estábamos ante un cineasta que había elegido adrede un camino adolescente y superficial. La película anterior de QT había sido Jackie Brown, un largometraje hermoso y melancólico que trataba temas como el paso del tiempo y el cansancio del cuerpo. Si Jackie Brown había sorprendido porque el director de Perros de la calle y Pulp Fiction había abandonado el ritmo frenético para entregarse a uno contemplativo (tipos de características que la crítica a veces asume equivocadamente como signos de madurez), Kill Bill era QT diciendo que no había abandonado su gusto por la aceleración y la violencia. Es más: Kill Bill era más sangrienta (no violenta, sino sangrienta, que no es lo mismo) y lúdica, regodeada en la acción y las artes marciales; una película que empezaba con una pelea en una casa y que luego tenía a una sola mujer con una espada mutilando decenas de karatecas con la máscara de Kato.

No solo eso: si una de las acusaciones más frecuentes (aunque también más absurdas) hacia Tarantino era que era un cineasta supuestamente poco original porque plagiaba a otros cineastas, Kill Bill hacía la copia incluso más abierta y explícita que en sus películas anteriores. No tanto por la cantidad de homenajes, sino además porque QT sentía que debía cambiar los ritmos o incluso radicalmente la estética de su película dependiendo de lo que homenajeaba. Si tenía que hacer que su película refiriera al cine de acción o a las peleas de Bruce Lee, la película se aceleraba; pero si debía homenajear más al western, podía tener un ritmo más pausado. No solo eso: si la idea de Tarantino era homenajear películas de baja calidad de kung fu, con sus zooms bruscos y un trabajo de iluminación más precario, también lo iba a hacer. QT en Kill Bill no buscaba tanto mezclar armoniosamente como colisionar estilos, algo que invitaba al humor, a la euforia, pero también al desconcierto.

Podría decirse que Kill Bill es, a su modo, y junto con Death Proof, la película más godardiana de QT: la más empeñada en construir estéticas que se destruyen a sí mismas, la que mejor pareciera acomodarse a la noción de Manny Farber de un cine arte-termita, que no parecía tener un centro sino que iba creándose en la medida en que sucedía.

Diría incluso que la gran influencia de Kill Bill no es ni el cine de Leone ni las películas de Bruce Lee o Lady Snowblood (que sí, igualmente, están), sino Seijun Suzuki —a quien, por cierto, QT se empeñó en difundir en la década del 90 para que no pasara al olvido—, aquel gran y aún no lo suficientemente valorado cineasta japonés que tomó no pocas veces historias mil veces contadas para hacerlas de formas que nunca se habían contado antes, cruzando estéticas de la cultura pop con lógicas surrealistas para narrar historias de asesinos a sueldo o detectives. El cine que Suzuki elaboró a fines de la década del 60 está compuesto por relatos que, si los contamos, parecen clichés absolutos, pero que, si los vemos, no se parecen a nada que se haya visto nunca.

Kill Bill parte de una idea similar. Las historias de venganza se han contado mil veces y todos conocemos más o menos su estructura: un daño fuerte hecho a una persona, esa persona completamente rota y traumada que se llena de ira y encuentra en ella el motor para ir matando, uno por uno, a quienes le ocasionaron el daño. La idea es seguir a ese personaje para que el espectador reciba la famosa sensación de catarsis, palabra aristotélica —como siempre— algo simplificada, que nos hace sentir una sensación de justicia.

Tarantino es muy consciente de que trabaja con ese cliché. No solo le habla a un espectador que sabe lo que va a pasar por el conocimiento que tiene de otros relatos, sino porque la propia estructura narrativa está muchas veces hecha para que sepamos de antemano que la Novia va a matar a sus agresores. Cuando empieza la película, Beatrix Kiddo mata a la segunda de su listado. Luego de eso, la película realiza un flashback para que veamos cómo mata a O-Ren Ishii. Es decir: con esta información ya sabemos que O-Ren Ishii, la mafiosa mitad americana y mitad japonesa, va a morir. No solo eso: cuando veamos a la Novia enfrentarse a Gogo o a los Crazy 88, sabremos que de alguna manera les ganará. El tema es que no sabremos qué recursos formales, qué mezcla extraña de géneros o qué banda sonora va a usar Tarantino en ese cóctel demencial que nos armó.

Aun así, el tema de la venganza está (engañosamente, quizás, como veremos más adelante, pero está), y es este tratamiento el que le generó no pocos detractores en su momento. Quien hizo una argumentación particularmente elaborada sobre esto fue el gran crítico Adrian Martin, quien en una conferencia sobre Bastardos sin gloria sostuvo la teoría de que algo pudo haber pasado con Tarantino después del atentado a las Torres Gemelas en 2001, cuando la idea de vengarse se volvió central en su cine y la violencia empezó a ser pensada como algo simplemente divertido, sin costo moral ni elaboración.

Me permito discutir esta idea por varios motivos. Primero, porque si bien es cierto que después de 2001 el cine de Tarantino tocó el tema de la venganza de una u otra manera, no creo que haya sido algo tan central ni, por ende, una obsesión. Más bien, la venganza funciona como excusa narrativa para hablar de otra cosa. Bastardos sin gloria es quizás más una película sobre las posibilidades y limitaciones de la ficción y, sobre todo, del lenguaje; en Death Proof, la más abiertamente lúdica de sus películas y una de sus obras maestras subvaloradas, la venganza parece la excusa para una persecución monumental; y en Érase una vez en Hollywood el tema central es, en el fondo, el recuerdo y la niñez (que QT haya reproducido la California como la imaginaba de chico e imagine a Sharon Tate como una figura angélica parece mucho más importante que la propia venganza contra los hippies).

Y si bien en Kill Bill la idea de la venganza parece central, me atrevería a decir que no solo es secundaria, sino que en el fondo Beatrix Kiddo ni siquiera se está vengando. Más allá de que la Novia use palabras como “retribución” para justificar sus acciones, lo que hay ahí no es un sentido de satisfacción o justicia, sino algo mucho más oscuro y no exento de tristeza.

Ya de por sí Kill Bill es narrativamente rarísima como película de venganza. El común de las películas de este estilo empieza con un personaje X teniendo una situación ordenada, recién luego de que esto se haya establecido vemos esa acción brutal contra ese personaje o la familia de este. Lo que sigue es una estructura donde la persona va acabando uno a uno con los villanos hasta llegar al más poderoso. De esta manera la satisfacción de venganza se ve cumplida tanto para el personaje como para el espectador.

Pero esto no sucede con Kill Bill. El acto violento contra la Novia se ve muy al principio y dura menos de un minuto. Luego iremos viendo parte de esas acciones por flashes muy fugaces, incluso la masacre queda totalmente fuera de campo al principio de la segunda parte.

El acto de vengarse, en tanto, se va extendiendo durante más de cuatro horas y con el correr del metraje vamos entendiendo que las personas contra las que Beatrix Kiddo se venga tienen cosas en común con ella, dando indicios de que ella se parece más a sus perpetradores de lo que quiere admitir.

No por nada, ella parece compartir cosas muy importantes con la gente que mata. Con O Ren Ishii un código de conducta samurai que hace que la pelea con ella sea sumamente respetuosa, con Elle Driver a Bill como amante y con el propio Bill una historia de amor.

Los dos casos más interesantes en el caso de los paralelos se dan con Vernita Green y Bud, el hermano de Bill. En algún punto, los dos son formas de retiro completamente opuestas. Ahí donde la primera tuvo al igual que Beatrix una hija de cuatro años, y vive de forma aparentemente apacible con un cirujano en un lindo hogar de clase media; el otro vive de forma humillante, teniendo un sombrero de cowboy que parece evocar una gloria de guerrero pasada que ya no existe, con un instinto asesino todavía implacable (es, de hecho, quien más cerca está de matar a la Novia), pero moviéndose en un estado de resignación y docilidad que se parece mucho a la depresión. En alguna medida, lo que le pasa a Budd no deja de ser muy distinto de lo que le pasa a Hattori Hanzo, el magnífico creador de espadas, que cuando está en su oficio es un hombre respetable pero fuera de él es un personaje cómico, de una comicidad incluso algo triste, y al que su ayudante apenas si le obedece y le habla a los gritos.

Uno podría pensar que Vernita y su fachada digna se parece más al destino que podría haber tenido Kiddo, pero hay indicios para pensar que es Budd el que hubiera reflejado mejor eso. El mejor de ellos es que el propio Bill le dice a ella que si se hubiera casado con aquel vendedor de una tienda de discos solamente hubiera derivado en una vida triste, en medio del desierto de El Paso (el lugar que eligió Budd para su retiro), y engordando tal y como lo haría el hermano de Bill.

En esa misma charla Bill le dice que ella es una asesina por naturaleza (A natural born killer). Esta idea, más allá del propio guiño de Tarantino a sí mismo (Natural Born Killer es un guion original de él), encierra una sobre la Novia que se traduce por un lado en un detalle sobre sus venganzas y por el otro en el tono extraño que va teniendo la película.

El detalle sobre las venganzas es que no hay una sola persona de la que la Novia se vengue a la que, voluntaria o involuntariamente, no deje a alguien vivo para que pueda vengarse de ella después. La hija de Vernita Green ve como Kiddo mata a su madre, si bien la Novia no lo quiere hacer adrede se encarga de decirle que puede buscarla cuando crezca y pedir retribución. Incluso, para exacerbar más la ira de la nena, se encarga de decirle que la madre “se lo había buscado”. Una vez que mata a O Ren Ishii deja a una mujer mafiosa como Sophie Fatale viva y mutilada para que en algún momento pueda buscarla. A Ele Driver no la ejecuta, sino que la deja ciega, lo que en un verosímil como Kill Bill no la imposibilita de vengarse más adelante si aprende a pelear sin necesidad de ver. Lo más inquietante es lo que sucede con Bill, de quien si lo pensamos bien, quien puede llegar a vengarse de ella a futuro es su propia hija, una nena con una frialdad psicopática (recordar la descripción de la escena del pececito) que no parece ser afectada por la muerte de su padre y que lo primero que hace cuando ve a la madre es apuntarle con un arma de juguete.

Esto último podrá sonar, si se quiere, como una posibilidad demasiado terrible, pero en el fondo no creo que Kill Bill sea una película exenta de un espíritu trágico.

Basta ver en todo caso el tono cada vez menos triunfalista que tiene la película. En la primera pelea con Vernita Green todo es euforia, y humor negro. Vemos una pelea a puño y cuchillo con una Novia que tiene códigos de conducta impecables (nótese como primero la golpea y no usa el cuchillo hasta que Vernita lo saca primero). Luego la vemos conseguir la mejor espada del mejor diseñador de espadas de la historia. Con esta arma despedaza todo lo que tiene adelante en coreografías euforizantes. Finalmente, el hermoso combate final con O´Ren Ishii, tiene ya un tono final más triste, que parece adelantar el tono más pausado, donde la Novia va mostrándose va vulnerable.

Efectivamente, en la segunda parte, la Novia no sólo ya le conocemos el nombre, dejando de ser esta especie de vengadora implacable y misteriosa. También sabemos de su pasado y el rostro de su enemigo.

También la mujer que antes podía vencer decenas de personas con su Hattori Hanzo queda casi al borde de la muerte por una escopeta con perdigones que le dispara Budd. En cuanto la Hattori Hanzo, la supuesta arma invencible, no la usa más para matar a ninguno de sus enemigos.

El ritmo de la película no sólo se hace más lento sino que juega con cortar esa velocidad de forma muy abrupta. Amenaza con situaciones de violencia que nunca suceden (por ejemplo cuando el jefe humilla a Bud y uno está esperando una respuesta que nunca viene), y luego de ver el pasado de Beatrix termina la película en una larga y reflexiva conversación Bill y una pelea final que resulta osadamente breve e intimista, defraudando toda expectativa de espectacularidad. No hay nada demasiado euforizante allí, los personajes abren demasiado sus sentimientos, Bill dice que sabe que es un monstruo y que lo que hizo fue solo consecuencia de su naturaleza y Beatrix sabe que siempre supo que era capaz de atrocidades pero que no pensaba que podía hacérselas a ellas.

Antes de pelear ella le dice a Bill que ambos tienen “una tarea incompleta”, frase que ella dice varias veces durante el film y que acá tiene un sentido completo. No es en realidad una venganza en el sentido de buscar satisfacción o justicia, es en realidad una asesina ejerciendo su naturaleza contra otro asesino. Todo este recorrido es en el fondo algo que le dio la excusa a Beatrix para hacer lo que mejor le sale, aún a costo de terminar hacia el final matando a la persona que ama.

No se trata de un castigo moral a los personajes sino de otra cosa: una aceptación de una naturaleza que parece imposible de revertir y con la que los personajes tienen que convivir les guste o no. En el fondo, hay algo de guerreros de la Grecia antigua en estos personajes, como los hombres de la Ilíada que sabían que en el fondo estaban destinados a pelear lo quisieran o no, que en el fondo no estaban para servir para otra cosa y que hacía el final las cosas no iban a terminar bien para ellos. Que Tarantino, un cineasta mayormente amoral, tenga fascinación por ellos no quita que no tenga en cuenta que las consecuencias pueden ser autodestructivas. Esto no atañe solo a Kill Bill sino a su cine en general. QT sabe que la gente violenta es gente oscura, incluso cuando esa oscuridad puede ser necesaria, por ejemplo, para vencer a un mal mayor como los nazis. Que mejor ejemplo en la filmografía de él que Los ocho más odiados, aquel film extraordinario, injustamente subvalorado, donde el destino inevitable de reunir a ocho asesinas en un solo espacio no parece ser otro que la destrucción mutua.

Ese mismo escenario está en Kill Bill, donde todos los asesinos, aún cuando no estén encerrados sino esparcidos por el mundo, están hecho para destrozarse, sea porque construyen fantasmas del pasado que los van a perseguir, sea porque no pueden evitar buscar excusas para derramar sangre.

No obstante, hay algo que diferencia mucho a Kill Bill de Los ocho más odiados y es la cuestión sentimental. En Los ocho más odiados casi no hay afecto, en cambio en Kill Bill hay un sentimentalismo profundo en sus personajes. O Ren Ishii, viviendo atormentada con el recuerdo de la muerte de sus padres, Vermita que se niega a luchar en frente de su hija, el amor del respeto hacia el guerrero de Driver, e incluso Budd, que más allá de su pose fría aún guarda como recuerdo afectuoso la espada de su hermano.

Que este sentimentalismo venga acompañado de un humor absurdo o la creación de un mundo tan abiertamente artificial es parte de una de las colisiones más fascinantes de la película.

El mejor ejemplo de esto de sentimentalismo, tragedia y absurdo está en la pelea final. Beatrix concretando su pelea final, que es al mismo tiempo la concreción de su tarea y su falsa venganza. Mira al hombre que ama llorando después de haberlo condenado con una técnica imposible que hará que el corazón de Bill explote después de cinco pasos. Toda la escena es humorística pero también melodramática y extrañamente triste. Si compramos sin problemas esa situación lacrimógena y absurda es porque cuando eso pasa en Kill Bill: The Whole Bloody Affair ya han pasado más de cuatro horas de duración, y hemos visto sin problemas al cine de Kung Fu y todo tipo de películas de explotación mezclados con homenajes al avispón verde y los spaghetti western de Leone, a una mujer venciendo a decenas de personas con espadas y luego capaz de salir de una tumba dando golpes de puño. Vimos un mundo donde hay policías pero no sabemos bien para qué, porque asesinar y robar no tiene consecuencia alguna, donde hay pistolas pero la gente usa espadas para pelear, donde en el fondo lo que vemos parece perdido en algún lugar del planeta pero también del tiempo, ya que en medio de un relato que transcurre en la Tokio moderna puede haber un flashback de un señor llamado Pei Mei que quizás tenga miles de años.

Es mucha, excesiva, la imaginación formal que hay en Kill Bill, su posmodernismo lúdico, su cambio repentino de formas que la convierten en una ficción muy consciente de sí mísma. Lo curioso es cómo choca esto con una historia que intuimos clásica hasta en su sentido más originario y griego. Cuando en el epílogo vemos a La Novia encerrada en el baño, en una expresión que parece encerrar angustia pero también alegría, cuando vemos la ironía de la frase final donde refiere a que “todo está bien en la jungla”, sabemos que esta historia podría continuar. Podría ser por el destino de una mujer que parece hacer todo para seguir peleando, pero también porque Tarantino tiene un amor gigante por este personaje y esta historia, al punto tal que fue capaz de extenderla de forma desmesurada.

Muchas veces se dijo incluso que habría una continuación, un Volumen 3 que especuló todo tipo de actrices para continuar con la historia de la Novia Quizás a QT le hubiera gustado. Decididamente Kill Bill no es tan perfecta como Tiempos violentos, ni tan osada como Bastardos sin gloria, ni tan profunda y sentida como Había una vez… en Hollywood, pero sí es la que más celebra de Tarantino la posibilidad de contar una historia de todas las formas posibles, la que celebró como ninguna otra su hedonismo caprichoso y la fe en el interés que podían despertar sus personajes. La experiencia de verla en salas tal y como fue concebida desde un principio es la oportunidad de que a uno le puedan transmitir toda esa euforia posiblemente infinita que tuvo Tarantino al crearla.   

(Estados Unidos, 2006)

Dirección: Quentin Tarantino. Guion: Quentin Tarantino, Uma Thurman. Elenco: Uma Thurman, Lucy Liu, Vivica A. Fox, Michael Madsen, Daryl Hannah, David Carradine, Julie Dreyfus, Chiaki Kuriyama, Sonny Chiba, Gordon Liu, Michael Parks, Larry Bishop, Samuel L. Jackson. Producción: Lawrence Bender. Duración: 248 minutos.

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