El cine sustituye un mundo amoldado a nuestros deseos, dice André Bazin en voz de Godard, luego de recitar los créditos iniciales. El desprecio (1963) crea una herramienta irreal para acercar tales deseos. El rol de cada espectador implica la búsqueda imaginaria de tal objeto para convertirlo, a través del despertar intuitivo, en cosa ¹.
Quien suscribe halla en esta película un metrónomo pendulante hacia mínimo cuatro direcciones. Estos puntos cardinales corresponden a lo femenino, lo masculino, los inicios del cine y los de Occidente. Tales referencias mueven la historia de Paul (Michel Piccoli), dramaturgo contratado para la reescritura de la Odisea, dirigida por Fritz Lang y producida por Jeremy Prokosch (Jack Palance). Mientras, la relación marital de Paul con Camille (Brigitte Bardot) se desmorona y Francesca (Giorgia Moll) traduce entre francés, italiano, inglés y alemán para la producción.
El casting de Lang como director fascina junto a los personajes femeninos. Es una cita cinematográfica viviente. Se ha hablado mucho de Bardot y lo anecdótico de sus desnudos. Moll y Linda Veras, quien interpreta a la sirena, aportan fluidez junto a ella. En contrapeso, ellos hacen berrinches por no tener la película esperada, como es el caso de Prokosch; o renuncian tontamente a sus amantes, como Paul.
Cuando oigo la palabra cultura, saco mi chequera. Fue cuestionado el estilo de Palance en su época. Lo acartonado calza tan bien hoy en día que, apartando su presencia, la alusión a esa forma de pago ya obsoleta ironiza sobre los cambios tecnológicos en el arte.
Los pasajes cuando conversan sobre las dificultades sentimentales se enriquecen por la puesta en escena. Las esculturas divinas se sitúan en el plano para poner en perspectiva la incomprensión; su mundanidad aun en una industria tan moderna como lo era en esa época. La textura y las tonalidades en la fotografía de Raoul Coutard dan cuenta de lo perdurable. La recurrencia de verdes, azules, rojos, blancos y amarillos ofrecen la calma o la entereza de la cual carecen casi todos los personajes acá, excepto quizá Fritz. Aun la música de Georges Delerue, memorable compás al escuchar cómo dominan el violonchelo y el violín las primeras veces, subraya melancolía en escenas donde priman diferentes sensaciones.
Al final, como esta es la historia de un fracaso matrimonial y de una adaptación en proceso de reescritura, se dificulta la distancia para reconocer la grandeza en sus detalles. Acá importan las variaciones de Penélopes cansadas por encima de los Odiseos. Aparte, ya otras de Godard satisfacen mejor los fetiches autorales. Más radical que todo eso es la certeza del realizador: ni el cine ni la teoría son las herramientas expresivas únicas para acercarse a lo deseado. Estemos de acuerdo o no, urge oportuna la contemplación en salas de este reestreno como hito previo a la relectura venidera de Nolan sobre el clásico homérico. A semioscuras las imágenes dialogan con lo intuido.
![]()
¹ Durarán más allá de nuestro olvido. La vida de las cosas en el cine. Juan Navarro de San Pío.
(Francia, Italia, 1963)
Guion, dirección: Jean-Luc Godard. Elenco: Brigitte Bardot, Jack Palance, Michel Piccoli. Producción: Georges de Beauregard, Carlo Ponti. Duración: 103 minutos.



