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Cine

Nuestra tierra

DOS DISPAROS

Lo que desata la tragedia son dos disparos. El primero es el de la cámara de rollo, el segundo de un arma. En español decimos “sacar una foto” o el más inocente “tomar una foto”, pero en inglés el verbo es el de to shoot, disparar. Ya Susan Sontag en los setenta supo identificar las similitudes que podían haber entre una cámara fotográfica y un arma de fuego. La fotografía posee ciertos paralelismos con la figura del cazador. El fotógrafo apunta, dispara y se apropia del objeto, del instante. El lenguaje es el mismo que el de la caza. Es por eso que la fotografía, o en este caso el cine, puede llegar a tener la misma potencia que un revólver.

Nuestra tierra (2025) de Lucrecia Martel, para seguir con las metáforas balísticas, es un tiro certero y al blanco. El primer documental de la directora de La ciénaga (2001) se aleja de la ficción para adentrarse en el terreno algo pedregoso de la realidad, de la historia de los pueblos originarios. Estrenada en el Festival Internacional de Cine de Venecia tras catorce años de trabajo e investigación, lo que aparece en pantalla es el retrato crudo y sofisticado de un asesinato. La muerte de Javier Chocobar, comunero indigena de Chuschagasta en la provincia de Tucumán, a manos de un empleado público y dos policías retirados.

El segundo de los dos tiros del comienzo es de ellos, más precisamente del arma de Luis Humberto “El niño” Gomez. El primero es el de una cámara fotográfica que sostiene un miembro de la comunidad. Como se explica en la película, la fotografía analógica es uno de los pocos medios que tienen las comunidades indígenas para defenderse del atropello de los ventajeros. Con las fotos, pueden tener pruebas materiales. La secuencia que da origen a la tragedia está toda filmada por Darío Amín, el empleado público. El video se puede encontrar fácilmente en internet. En él se ve como tras una discusión entre “El niño” Gómez y los comuneros, el policía retirado empieza a los tiros. Una vez empezada la trifulca, la cámara cae al piso y no se ve más lo que está sucediendo. Solo se escuchan los sonidos de gritos y movimientos en la tierra. Un poco antes, en la parte superior del encuadre que permite el video, lejos y entre píxeles, se puede observar cómo Javier Chocobar se acerca lentamente al punto en el que va a morir.

Este video que se ve mal, casero y de baja calidad es, sin embargo, el que contiene toda la verdad de la trama. Después Martel utiliza otros recursos audiovisuales para construir la narrativa de Nuestra tierra. En principio está el drone, su presencia es insoslayable, casi salida de la ciencia ficción. Lo que le sigue a ese comienzo a lo 2001: Odisea del espacio es el sobrevuelo de las tierras tucumanas como un pájaro. El avistamiento del territorio como el de un ser omnipresente. Es el comienzo de La dolce vita donde un helicóptero pasea la escultura de un Jesucristo sobre Roma y queda clara la división entre lo divino y lo terrenal. En este caso tenemos a un drone que, como un ángel, nos muestra la belleza de aquellos paisajes. Porque quizá el pecado original de las tribus originarias es haber nacido en ese paraíso.

Después, y por supuesto, está el sonido. La riqueza de movimientos sonoros que posee el documental se asemeja a la de una exquisita sinfonía coral. En línea con sus ideas desarrolladas en los textos de Un destino común, Martel le pone especial atención al tratamiento del ambiente sonoro del filme. Nos sumerge en la pileta de la que ella habla y nos atraviesa con olas compuestas de distintas notas. Su oído siempre está atento al detalle: el movimiento de una silla, la voz de un interlocutor, la interferencia del celular, la pausa y diligencia con la que hablan los pueblos originarios.

Se pueden establecer ciertas continuidades y rupturas con Zama (2017), su anterior película. Se mantienen las distintas lecturas sobre el colonialismo, pero en este caso aparece en primer plano la figura del colonizado, del que perdió. También continúa el trabajo sonoro como ente regulador de las emociones: los tiempos los marca el sonido y no la imagen. Pero fundamentalmente lo que continúa entre las dos obras es la espera. Tanto Zama como Nuestra Tierra son el retrato de los que esperan, de aquellos que se encuentran en un limbo terrenal.

Este documental tiene una enorme variedad de méritos pero uno de los más potentes es el de saber mantener la distancia. No siempre es lo mismo lo que se ve que lo que se muestra y ahí, justo en el medio de estos dos momentos, es donde Lucrecia Martel planta la cámara. Midiendo distancias para obtener la mayor cantidad de ángulos posibles del conflicto. Llevando a la hipérbole este recurso con el uso del drone y su vastedad monumental para sacarle poesía a las sierras tucumanas. Nuestra tierra hacia el final se asemeja a Manifestación de Antonio Berni. Ambos son un conjunto de retratos que se alejan y se acercan formando un cuadro de nuestra sociedad. O por lo menos lo que quedó de ella.   

(Argentina, Estados Unidos, México, Francia, Países Bajos, Dinamarca, 2025)

Dirección: Lucrecia Martel. Guion: Lucrecia Martel, María Alché. Producción: Joslyn Barnes, Julio Chavezmontes, Benjamín Domenech, Santiago Gallelli, Javier Leoz, Matias Roveda. Duración: 119 minutos.

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