“Yo te amo,
vos pagas el alquiler”.
Pet Shop Boys – Rent
“Ella es mi esposa”.
Gertrude Stein, en uno de sus cuadernos de notas, en referencia a Alice B. Toklas
¿Alguno de ustedes, queridos lectores, se acuerda de Patrice Leconte? Quizás entre los más ancianos de los presentes el nombre les traiga algunas lejanas memorias y hasta recuerden alguna de sus películas. En Argentina, mi ahora lejano país de origen, el director francés supo tener sus extendidos 15 minutos de fama que, dicen, todos nos merecemos. Fue en la década del 90 o finales de los 80 para ser más precisos. Títulos como Monsieur Hire (1989); Tango (1993) -cuyo título de estreno local fue: “La maté porque era mía”, imaginensé-; y Ridicule (1996) no solo tuvieron estrenos comerciales, sino que fueron muy bien recibidas por la crítica y el público (miren como pasó el tiempo que esas dos entidades ya dejaron de existir). Tal fue la fama de Leconte que su actor fetiche, el finado Jean Rochefort, terminó siendo uno de los protagonistas de El viento se llevó lo qué (1998), de Alejandro Agresti, cuando el cine argentino se podía permitir ese tipo de cosas. Pero no son esas películas de las que quiero hablar, sino de la que le presta -en parte- el título a este (quizás demasiado) autobiográfico texto. El marido de la peluquera (1992) contaba la vida de un hombre quien desde la tierna edad de los 12 años sueña con eso que nos avisa el título: transformarse en el marido de una peluquera. Aún me quedan algunos recuerdos de la película, principalmente la belleza increíble de su protagonista femenina, la peluquera en cuestión, Anna Galiena.
Yo nunca soñé con ser el marido de una programadora, principalmente porque cuando yo tenía 12 años esa profesión no existía o existía pero muy lejos de mi órbita y de la de cualquier niño de esa edad.
A diferencia de la frase de Truffaut sobre que ningún niño sueña con ser crítico de cine (lo cual es extraño, ya que todos los críticos son medio niños -niños un poco tontos, pero niños al fin-), en mi juventud nadie soñaba con ese trabajo porque no existía. O existía, como decía antes, pero de una manera oculta y lejana. No era algo que uno estudiaba, ni siquiera lo era cuando comencé a trabajar en festivales (aquel mítico primer BAFICI). Ahora las cosas cambiaron y sí es algo que se puede estudiar, incluso en universidades. Varios colegas míos dan cursos y dicen enseñar sobre qué se trata el trabajo del programador. En mi caso terminé siendo un programador de festivales de cine por una serie de casualidades. Esas casualidades que nos pueden salvar o arruinar la vida. O llevarnos por otros, varios, diferentes caminos. No fue por un deseo ni por esfuerzo propio, o al menos no al principio, tampoco los voy a engañar. Que finalmente haya terminado siendo muy bueno en ese trabajo (quizás uno de los mejores -risas-, pero eso se los dejo a los otros…), también fue una casualidad. Pero todas esas casualidades, destinos, o como los queramos llamar, fueron lo que finalmente, hicieron que mi vida se cruce con la de quien hoy es mi señora esposa. Cuando nos conocimos ella había dejado atrás su país y sus diferentes trabajos en el medio y yo recién comenzaba mi fulgurante (¡ey!) carrera en el festival de Mar del Plata. (Esta historia es muy larga y está contada -por mí, obviamente- en el libro “Cine coreano en Argentina, una historia de película” que, creo, aún se consigue por ahí en formato digital y de manera gratuita).
Ahora las cosas cambiaron, mientras ella se convirtió en una estrella en ascenso en el mundillo de los festivales, mi relación con el oficio es como esto que escribo: una serie de memorias, recuerdos y fantasías autoimpuestas. Mi narrativa, como dicen los (no tan) chicos ahora. La imagen -las imágenes- en el espejo retrovisor de un auto que funciona a nafta. A diferencia de muchos de mis colegas, no supe sacar a tiempo el carnet de programador latinoamericano (que trabaja para Europa), ni aprendí a “incubar” proyectos de futuras películas. (“Incubar” es el nombre que usan principalmente los españoles al referirse al desarrollo de proyectos, así como a los programadores los suelen llamar “comisarios”, los famosos programadores policías, que los hay).
Mi lugar en el mundo, ya que hablamos de películas de los 90, quedó finalmente establecido cuando hace poco más de un año durante el festival de Singapur, al cual mi esposa asistía como jurado, durante la ceremonia de entrega de premios, en mi asiento designado había un cartelito que decía: “Sung Moon’s husband – Short Films Jury”, es decir, el marido de Sung Moon (su nombre, claro), jurado de cortometrajes. A partir de ese momento, y espero que para siempre, me transformé en el marido de la programadora. Al igual que al personaje en la película de Patrice Laconte, mi destino -sin yo saberlo, al menos hasta ese momento- se había cumplido.
Ahora hablemos, ¡por fin!, de cine y del Festival de Locarno, al cual mi esposa asiste como parte del jurado encargado en elegir la mejor primera película de las diferentes competencias -la Caméra d’Or de Locarno- y yo como su acompañante. (Hasta lo dice mi credencial: Accompanying person, es decir: “persona acompañante”.) Una tarea difícil ya que se trata de entregar un premio apostando al futuro y sin un pasado en el cual sostenerse. Basta revisar los ganadores previos de la antes mencionada Caméra d’Or cannina para darse cuenta de los muchos errores cometidos por esos olvidados jurados. Si hay algo más difícil que encontrar buenas óperas primas, es saber qué será de la carrera de esos directores en el futuro. Pero los jurados no deberían preocuparse por esto, los premios no arruinan la carrera de los directores, ellos se suelen encargar solitos.
Locarno es un festival Clase A, de acuerdo a la FIAPF (es decir: Fédération Internationale des Associations de Producteurs de Films o en castellano: Federación Internacional de Asociaciones de Productores Cinematográficos), que sean los productores cinematográficos quienes tomen decisiones sobre los festivales de cine, deja muchas cosas en claro. Es como dejar que un lobo cuide el corral de las ovejas. O alguna comparación tan facilista -aunque correcta- como esa. Basta ver a algunos de los nombres responsables de dicha asociación como para ver que tomarla como algo serio no es serio. Son temas que tienen que ver con el dinero, la política y el poder. Cosas que, ya sabemos, no nos interesan a los artistas. De todas maneras, y a pesar de la FIAPF, ya que se trata de un mundo que nos pertenece más a nosotros que a ellos (no me pidan definir ese nosotros, por favor) ser nombrado jurado de un festival Clase A es algo muy importante para un programador, una profesión que, entre otras cosas, suele transcurrir en las sombras. Por eso cuando le llegó la invitación a mi esposa lo sentí como algo propio y con una alegría infinita.
(Ya que mencionas a la FIAPF, una breve digresión: entre mis más extraños recuerdos como programador, un mundo con tantas rarezas y absurdos que haría palidecer al mismísimo David Lynch, recuerdo mi primera, y única, participación en una reunión de la FIAPF durante el festival de Cannes. Era por la mañana, había café y algunas cosas para comer. En una mesa redonda nos sentamos con muchos colegas que hablaron y dieron sus pareceres sobre diferentes temas. Pero no es esto lo que quedó grabado en mi memoria, sino que uno de los mayores responsables de la asociación, en la cabecera de la mesa, no podía evitar cabecear todo el tiempo, luchando -y perdiendo- contra el sueño. Y no me refiero a ese momento que se puede disimular, sino a un sueño profundo al que solo le faltaban los ronquidos. Bueno, eso es la FIAPF.)
El año pasado el festival de Locarno tuvo, quizás, su mejor edición, al menos, desde que el equipo dirigido por Giona A. Nazzaro (director artístico del festival) se encuentra a cargo de los destinos artísticos del festival. Aquí tuvieron su estreno mundial algunos de los mejores títulos cosecha 2025, es decir la temporada pasada, como Dry Leaf , de nuestro Alexandre “Sandro” Koberidze (quien solo se llevó una mención en la premiación final, digamos todo), Two Seasons, Two Strangers de Sho Miyake (ganador del premio máximo), la desbordada Drácula de Radu Jude, la -quizás demasiado- bella Hair, Paper, Water… (Tóc, Giấy Và Nước…,) de Nicolas Graux y Trương Minh Quý, Blue Heron de Sophy Romvari (el mejor debut del año), White Snail de Elsa Kremser and Levin Peter (el debut en la ficción de los realizadores del díptico perruno Space Dogs y Dreaming Dogs), y -la también nuestra- Cecilia Kang con Hijo mayor, ganadora del premio a mejor directora emergente en la competencia denominada Concorso Cineasti del Presente. Y muchos otros títulos de los cuales ahora me olvido, quizás, por alguna razón. La programación de este año no tiene tantos nombres de los sospechosos de siempre, aunque alguno que otro aparece, pero esto tiene que ser leído como algo bueno y no lo contrario. (Escribo esto mientras se anuncian las respectivas programaciones de Venecia y Toronto y leer esos títulos y esos nombres, más que la programación de un festival se parece al menú de películas que ofrecen las aerolíneas en sus servicios de entretenimiento). Es decir, la programación de Locarno de este año es una programación a descubrir, algo bueno a priori pero que también puede transformarse rápidamente en frustración si las películas buenas no aparecen, o lo hacen de manera no tan abundante. De todas formas, en la competencia principal aparece Hong Sang soo con nueva película, Nowhere to Lay My Eyes (2026), esta vez nuevamente protagonizada por Kim Min hee. Hong se transformó en los últimos años en un santo de los verdaderos cinéfilos y alguien en quien podemos confiar a ciegas. Mientras el mundo del cine navega entre la frustración (casi siempre relacionada con el dinero y, por lo tanto, en la imposibilidad de seguir haciendo cine), el maestro coreano continúa realizando películas tan baratas en sus formas de producción como inspiradas. Su presencia nos asegura que en este Locarno tendremos -al menos- un momento de belleza. Y seguramente habrá otros. Hay que confiar.
Una aclaración final para mis fieles lectores y los otros también. Como quedó en claro en el texto precedente, mis funciones en el festival no serán de programador, ni de prensa (estos textos son apenas una excusa para poder seguir engañando a otros festivales y reclamarles mi acreditación de prensa), sino como acompañante de mi esposa, así que no veré tantas películas como otros tiempos, pero desde ya que le pedí permiso para ver las 4 horas de la versión restaurada de Danza con lobos (1990), los hombres viejos somos así con nuestros recuerdos, obviamente la nueva de Hong, alguna de las más desconocidas de la retro dedicada a los camaradas comunistas y sus sufrimientos a manos del macartismo y hasta quizás me pueda escapar y ver una de Ruggero Deodato, también restaurada, que no entiendo bien qué hace en la programación, más allá de darnos alegría a los (canceladísimos pero aún existentes) amantes del caníbal exploitation.
Termino este texto luego de volver de la peluquería y guardar en la valija varios lindos modelitos de ropa para lucir en la alfombra roja, que si mal no recuerdo en Locarno es amarilla, mientras espero la salida del avión.
Espero estar a la altura de las circunstancias y contarles todo lo que ocurra por esos lugares tan beneficiados por Dios o por quién sea.
Y si no llego a lograrlo, pido disculpas, ya saben los motivos.
A veces hay cosas más importantes que las películas. No muchas, pero las hay.
Nos vemos en la próxima cuando, ya sí, empezaremos a hablar del festival.
O quizás no, nunca se sabe.










