¿De qué vale catalogar lo incompleto? Más allá de la precariedad, ¿cuál es su validez si se sabe que hallar respuestas o causas solventa momentáneamente?
Junto a su equipo, Federico Montero retrasa estas inquietudes, muchas otras también. Dilatan razones de lo visto y, para el asomo de sanas ternuras, recortan el entorno familiar e individual. Así lo evidente está latiendo entre cosas que no terminan de ocurrir ni saberse.
Pasan varias escenas para que sepamos el nombre de quien danza al inicio en plano medio. Luego, él revisa Grindr y se pajea cuando, sorpresa, mamá llega a casa. Después nos enteramos que está de visita en su lugar natal. Ignoran por cuánto tiempo estará, intuimos que no por mucho. Comparte con su hermano “macho”, como le dice mamá, y, sobre todo, con su sobrino y el hombre sordo que se encarga de la caballeriza legada por su viejo.
¿A dónde se mudó Felipe, cuándo? ¿En verdad vuelve por el aniversario de muerte de su papá? Entre chistes incómodos, caballos y hombres a la deriva, múltiples elementos reflejan, que no refractan, el entorno. Nada se muestra completo, para esto abundan los planos detalle. Las excepciones se encuentran en la naturaleza y en los caballos. En él también. En la escena más larga, Jorge le responde cómo aprendió a hablar.
En un plano medio lateral, sentado en la paja y entre sorbos de cerveza, la narración se siente retahíla. Podría ser la de cualquier hablante coetáneo: mamá enseñaba, papá trabajaba. “Siempre” y “difícil” son reiteradas muchas veces. En el abuso mostrado luego, hay un acuerdo implícito entre ambos. Felipe le agarra la mano a Jorge dormido mientras lo acaricia. Al final, ni uno ni otro se consuman del todo.
La casi cruel insistencia por ignorar respuestas precisas –variaciones de <<no sé>> es dicho por todos los personajes más de una vez–; labura rutinas de precariedad y erotismo sutilísimos. Aquí es donde la incertidumbre tolera lo que los personajes ni saben hablar.
Otra escena bien advierte lo no discutido. Un plano medio muestra a ambos hermanos en su carro. El parabrisas refleja el cielo también. Otro conductor los adelanta. Hasta se estacionan a gritar. <<¡Maricón! >>, exclama Felipe, quien amenaza de golpes al que está fuera de campo. En su exacerbación inferimos a qué le tiene rabia en realidad.
Las sutilezas técnicas casi rayan el preciosismo, en especial el diseño sonoro. Esto a lo mejor extiende la obra ociosa por unos minutos. Detalles, por ejemplo cómo suenan las herraduras en una celebración o el crujido articulatorio de Felipe, matizan también carencias familiares, históricas y sociales.
Si tantas razones quisiéramos llamarla una historia ladina, es indiscutible que en las evasiones se crea una armonía mayor acá. Los tonos cálidos en la fotografía apuntan a que el paseo de Felipe sea por el país de sus sueños, como dice la canción de su infancia. Aun tolerando las pesadillas, esta obra recuerda que la mayor inquietud, la más incontestable, es el significado de ser hombre hoy.
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(Costa Rica, Uruguay, 2026)
Guion, dirección: Federico Montero. Elenco: Jose Antonio Ventura Jiménez, Teo Yuja Mora, Tatiana Sobrado Lorenzo, Pablo Morales Rodríguez, Luis Diego Chan Leiva, Daniel Yafalián. Producción: Alexandra Latishev Salazar. Duración: 78 minutos.




