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Festivales - SITGES

SITGES2026 | Crítica de “The Incomer”, film dirigido por Louis Paxton

El absoluto borgeano y las leyes del aislamiento

Frente a la uniformidad de la comedia contemporánea, que a menudo confunde la ironía con el cinismo digital, el debut cinematográfico de Louis Paxton surge como una anomalía tan gozosa como formalmente rigurosa. En The Incomer, galardonada recientemente con el premio NEXT Innovator en el Festival de Sundance, el realizador escocés edifica una fábula moderna de aislamiento y choque cultural que esquiva las trampas de la condescendencia para abrazar un humor seco, profundamente británico y de una inestimable calidez humana.

La premisa se localiza en la geografía mítica y hostil de Awk Isle, una remota isla escocesa donde los hermanos Isla (Gayle Rankin) y Sandy (Grant O’Rourke) arrastran una existencia anacrónica gobernada por las estrictas leyes ancestrales de su difunto padre: cazar aves marinas, hablar con entidades mitológicas y repeler con fiereza a cualquier intruso o “incomer” que ose alterar su edén hermético. El sismo dramático irrumpe bajo la figura de Daniel (Domhnall Gleeson), un pusilánime y burocrático funcionario estatal enviado por el consejo para reubicarlos en el continente. El encuentro entre el misticismo analógico de los hermanos y la invasión de la modernidad administrativa -papeles, leyes y dilemas sobre el vegetarianismo- detona una guerra de voluntades tan ridícula como existencial.

Es precisamente en la integración de lo maravilloso donde la película encuentra su mayor audacia formal y su poética más perdurable. Paxton rehúsa los efectismos del realismo mágico bienpensante o la fantasía de consumo masivo. En cambio, decide filmar los elementos milagrosos y las deidades insulares con el mismo laconismo y rigor documental con el que registra los acantilados grises o los trámites burocráticos de Daniel. Aquí, lo sobrenatural no irrumpe para quebrar la realidad; forma parte del tejido cotidiano de los hermanos. La elección del espacio no es azarosa y dialoga de forma subterránea con la literatura del absoluto: resulta imposible no evocar las islas Orcadas que Jorge Luis Borges invocó en El libro de arena como el origen de aquel misterioso vendedor que cargaba con el peso de un libro monstruoso e infinito. Aquel vendedor borgeano poseía una matriz mítica ineludible -un viajero salido de las brumas del Atlántico Norte que encarnaba la maldición de lo eterno-, y es esa misma matriz la que Paxton recupera para estructurar su geografía humana.

Al igual que en el cuento borgeano, donde la irrupción de lo inconcebible altera la aburrida normalidad de un departamento en Buenos Aires, en The Incomer la revelación de que el ecosistema responde a un orden mítico -subrayado de manera magistral por la aparición de John Hannah como un Finman, esa bizarra deidad marina de la mitología nórdica y escocesa- no se presenta como un delirio místico, sino como una verdad física indiscutible frente a la que el funcionario continental no tiene más remedio que capitular. Este pacto implícito con la criatura evoca el imaginario popular del monstruo lacustre, pero despojado de espectacularidad turística: más que la domesticación de la bestia, se busca la aceptación de su misterio como eje ordenador de la vida.

Es en esta interacción donde el filme escenifica un fascinante duelo filosófico entre la ley natural y el contrato social. Daniel llega armado con el positivismo legal del Estado moderno: expropiaciones justificadas, ordenanzas, papeles firmados y la promesa civilizatoria del progreso continental. Para él, la tierra es un recurso gestionable. En la vereda opuesta, los hermanos oponen una ley natural totémica, donde el derecho a habitar el suelo emana de la sangre vertida, las costumbres heredadas y el diálogo directo con las fuerzas no humanas. El choque no es solo humorístico; expone la violencia inherente a la burocracia estatal cuando intenta homogeneizar los últimos reductos de lo sagrado bajo la fría lógica del bienestar social.

Estas leyes totémicas que rigen la vida en Awk Isle se manifiestan a través de una serie de prohibiciones y rituales estrictamente tabúes que estructuran la resistencia psicológica de los hermanos. El tótem familiar -vinculado de manera casi visceral a la figura de las aves marinas y la memoria del padre- exige una fidelidad absoluta y el cumplimiento de una justicia retributiva: la profanación de su territorio por parte del burócrata Daniel no constituye un delito civil, sino una transgresión de un orden sagrado cósmico. Así, los rituales que para el ojo continental parecen meros desvaríos o excentricidades absurdas (como el confinamiento del propio Daniel o las ofrendas rituales de los hermanos al mar), operan bajo la lógica implacable de un sistema legal precristiano. La película se vuelve brillante cuando revela que estas prohibiciones totémicas no son arbitrarias, sino que actúan como un cordón umbilical que une a los huérfanos con el origen de su dolor, convirtiendo el espacio habitado en un gran santuario de duelo.

Para articular este choque sin caer en el drama lúgubre, Paxton recurre a un inigualable humor inglés de matriz deadpan que funciona por pura acumulación de contrastes. La comicidad de The Incomer no depende del remate explícito ni del chiste rítmico, sino de la inexpresividad absoluta con la que sus personajes asumen las situaciones más desquiciadas. La efectividad de este mecanismo radica en tratar lo absurdo con una gravedad litúrgica: cuando los hermanos discuten con Daniel las minucias teológicas del aislamiento o las complejidades de la burocracia estatal mientras sostienen un ave marina muerta, la puesta en escena no busca la complicidad de la risa fácil. Es un humor seco, de réplicas cortantes y silencios incómodamente prolongados, donde el ridículo de las instituciones humanas choca de frente con la irracionalidad de la fe. Este distanciamiento cómico desarma al espectador, permitiendo que la risa funcione como una válvula de escape y, simultáneamente, como el único lenguaje posible para procesar la extrañeza del mundo.

Para que este contraste ético e ideológico adquiera verdadera dimensión dramática, resulta fundamental la prodigiosa labor del director de fotografía Pat Golan. Su cámara huye de la postal turística idílica de las Tierras Altas; por el contrario, la puesta en escena captura la aspereza geográfica mediante una paleta de cielos plomizos, brumas bajas y texturas rugosas que dialoga directamente con los códigos visuales del folk horror, pero invirtiendo su pesadez hacia la comedia del absurdo. Golan filma los espacios con una rigidez geométrica que sectoriza los mundos en pugna: los interiores rústicos de la cabaña, iluminados por la luz mortecina y amarillenta del fuego, se sienten como un útero atemporal, mientras que la irrupción de Daniel y sus archivadores introduce líneas rectas, encuadres simétricos pero estériles, y una frialdad lumínica que parece querer disecar el misterio de la isla. El ritmo de la película se toma su tiempo para asentarse, permitiendo que el suspenso costumbrista y el lirismo fantástico florezcan a través de silencios prolongados, donde el paisaje estático se convierte en un personaje más que observa con calculada indiferencia el patetismo de las disputas humanas.

El andamiaje interpretativo resulta superlativo. Gayle Rankin entrega una labor consagratoria, dotando a Isla de una ferocidad herida y una vulnerabilidad lúgubre que se convierte en el corazón emocional del filme. A su lado, Domhnall Gleeson refina su faceta de hombre corriente abrumado, construyendo una química orgánica con sus captores mientras su propia timidez continental se resquebraja ante el encanto de lo irracional. Los personajes secundarios, en especial una afiladísima Michelle Gomez como la implacable jefa de Daniel, ensanchan los márgenes de este microcosmos sin que la trama pierda jamás su brújula dramática.

The Incomer es una obra de una belleza singular. Detrás de su calculada excentricidad y sus brotes de “tontería saludable”, late una reflexión agudísima sobre el trauma de la pérdida, el peso asfixiante de la herencia cultural y la dolorosa necesidad de abrirse hacia lo desconocido. Una película que entiende que, en ocasiones, para salvar el propio paraíso es indispensable dejar que los extraños profanen nuestras certezas.

(Reino Unido, Estados Unidos, Irlanda, 2026)

Guión y dirección: Louis Paxton. Elenco: Domhnall Gleeson, Gayle Rankin, Grant O’Rourke, Michelle Gomez, John Hannah, Emun Elliott. Fotografía: Pat Golan. Música: Tom Kingston. Producción: Shirley O’Connor, Emily Gotto. Duración: 102 minutos.

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