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Festivales - SITGES

SITGES2026 | Crítica de “Sanguine”, film dirigido por Marion Le Corroller

Las salas de urgencias del cine contemporáneo se han transformado en los nuevos templos de la alienación humana. Es en esa coordenada exacta donde Sanguine, la notable ópera prima de Marion Le Corroller, despliega una mirada que rasga e interroga directamente la herida abierta por David Cronenberg en Pacto de amor (1988). En este universo, la deshumanización institucional opera como una maquinaria omnipresente y devoradora. El hospital público funciona aquí como un dispositivo panóptico y opresivo, donde los protocolos estandarizados anulan cualquier rastro de subjetividad. Los azulejos gélidos, el instrumental metálico y la rigidez de una estructura obsesionada con el rendimiento reducen la carne humana a una simple anomalía estadística. La institución fagocita la individualidad de sus cuerpos. Los uniformiza, los serializa y los condena a ser engranajes intercambiables de una cadena de montaje donde el dolor se tramita, pero jamás se comprende.

El relato sumerge al espectador en el calvario de Margot (Mara Taquin), una interna de medicina devorada por el colapso de un ecosistema hospitalario hiperbólico. Le Corroller conecta de forma brillante esta presión sistémica con el terror ginecológico y obstétrico más puro. Los fluidos, las mutaciones celulares y la pérdida absoluta del control biológico se revelan como la manifestación física de un burnout corporativo. Margot experimenta en su propio cuerpo la violencia clínica que ella misma se ve obligada a imponer a sus pacientes. La frialdad con la que Cronenberg filmaba aquellos instrumentos quirúrgicos resuena con fuerza en cada encuadre de Guillaume Schiffman. Los estetoscopios, las agujas y las jeringas adquieren una cualidad amenazante, operando como extensiones de una estructura que monitoriza la carne hasta asfixiarla.

Esta atmósfera opresiva es deudora de, al menos, dos influencias bastante directas del cine contemporáneo: Ari Aster y Yorgos Lanthimos. De Aster, Le Corroller adopta la exposición despiadada del trauma psicológico. El horror abandona las sombras habituales del género; se exhibe con total impunidad bajo la luz fluorescente, blanca y cegadora de los quirófanos, transformando el entorno hospitalario en un culto institucional de captura absoluta. De Lanthimos, en cambio, hereda el tono seco y el absurdo clínico. Los diálogos automatizados y la indiferencia burocrática del personal deshumanizan el sufrimiento. La cámara registra la degradación física de la protagonista con la misma distancia mecánica con la que se audita un balance financiero, clausurando cualquier atisbo de empatía.

A nivel espacial, la arquitectura del hospital deja de operar como un entorno geográfico real para erigirse como un simulacro puro en el sentido más radical de Jean Baudrillard. Las salas de urgencias y los pasillos infinitos se configuran como un “no lugar” despojado de toda raíz histórica o afectiva, un laberinto aséptico que remite a la inquietante estética de los backrooms. No hay ventanas, no hay exterior, no hay transcurrir del tiempo orgánico; solo existe una réplica hiperreal del cuidado médico donde los pasillos clonados se reproducen de manera matemática. Los personajes transitan esta geografía espectral atrapados en la ilusión de estar sanando, cuando en realidad solo deambulan por las arterias de un bucle corporativo que ha sustituido la vida por el protocolo, y el cuerpo humano por su representación clínica.

Frente a la inminente descomposición de la protagonista, la respuesta de este aparato hospitalario es de una frialdad burocrática absoluta. No hay alarma médica ni atisbo de compasión; la institución procesa el burnout de Margot bajo una estricta lógica de negación y asimilación. Sus superiores ignoran la infección de su carne exigiéndole un apego más rígido a las planillas horarias, penalizando el colapso como una falla individual de rendimiento. Cuando la anomalía biológica se vuelve innegable, el entorno simplemente la normaliza con indiferencia clínica, integrando sus heridas en la rutina diaria. La maquinaria hospitalaria, diseñada para devorar y desechar, no se detiene a descifrar el origen del mal: agota el cuerpo de Margot hasta el límite y se prepara de inmediato para sustituirla por el siguiente eslabón de la lista, perpetuando un ciclo aséptico de consumo humano.

El impacto formal de la obra descansa en una dualidad rítmica asfixiante, donde la vertiginosidad de la edición emula el pulso caótico de las urgencias médicas. La cámara no acompaña el colapso; lo ejecuta, sumergiendo al espectador en un torbellino de decisiones apresuradas y alarmas constantes. En medio de este descontrol controlado, la interpretación de Mara Taquin resulta consagratoria. Su actuación trasciende lo psicológico para encarnar una mutación puramente física. Taquin ofrece su cuerpo como un lienzo de la degradación, transitando con una naturalidad pavorosa desde el cansancio crónico del inicio hacia la entrega total de sus tejidos. Es en este punto donde el tratamiento de la carne adquiere su dimensión más perturbadora. Le Corroller evita el gore caricaturesco, filmando los fluidos, las heridas y las alteraciones biológicas con una textura hiperrealista y húmeda. La piel se vuelve porosa, los tejidos se desbordan y el cuerpo humano se expone en su faceta más vulnerable y orgánica, consolidando la pantalla como un quirófano de la descomposición.

El peligro más evidente de esta arquitectura conceptual radica en su propia frontalidad. Le Corroller esquiva los caminos de la sutileza o el misterio para articular un discurso directo, donde la mutación biológica de los residentes se presenta como la evolución definitiva hacia el Homo productivus. Esta nueva especie humana, despojada de afectos e hipertrofiada por las demandas del rendimiento, funciona como un dictamen social impecable, aunque por momentos sobreexpuesto. La puesta en escena bordea constantemente esa delgada línea que separa la pieza de género pura de la parábola política de denuncia. Es un ejercicio estilístico arriesgado: la película prefiere la obviedad de su tesis antes que el extravío en la ambigüedad, restándole quizás un punto de locura y misterio a su tramo medio, pero ganando una contundencia ideológica innegable frente a la explotación de una generación atrapada por el sistema productivo.

Este tratamiento tan explícito de la materia orgánica inserta de lleno a Sanguine en la tradición más radical del Nuevo Extremismo Francés. La ópera prima de Le Corroller asimila los códigos de una corriente cinematográfica caracterizada por dinamitar las fronteras de lo tolerable a través de la corporalidad, el dolor y la transgresión de los fluidos. La película establece un puente directo con la brutalidad visceral de Julia Ducournau en Raw (2016). Al igual que en aquel despertar caníbal, Le Corroller utiliza la mutación de la carne como el único lenguaje posible para manifestar una crisis de identidad profunda e insoportable. En el nuevo extremismo francés, el cuerpo herido o deformado funciona como una respuesta violenta frente a las estructuras de control social. En Sanguine, esa violencia se dirige contra la alienación laboral del sistema sanitario. La película busca deliberadamente la incomodidad del espectador mediante la putrefacción y el desborde biológico, demostrando que la verdadera transgresión contemporánea ya no reside en los márgenes de la sociedad, sino en la destrucción física de los cuerpos que la sostienen. La transformación de Margot es dolorosa y eminentemente orgánica, un recordatorio de que bajo el uniforme blanco del saber médico late una biología frágil, propensa a rebelarse con salvajismo cuando la mente claudica. Es un thriller ginecológico y laboral impecable que entiende que el peor monstruo es aquel que se gesta en el agotamiento y la descomposición de nuestras propias células.

(Francia, 2026) 

Guión y dirección: Marion Le Corroller. Elenco: Mara Taquin, Karin Viard, Kim Higelin, Sami Outalbali, Stefan Crepon. Producción: Carole Lambert. Duración: 98 min.

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