A Sala Llena

Aguas profundas (Deep Water)

Entre las muchas patrañas que le dejamos pasar al tango, una de las más reiteradas es aquella que dice que “veinte años no es nada”. Quizá no lo sean sub specie aeternitatis, pero en términos humanos son muchos, demasiados años, y si hablamos del tiempo que pasó inactivo el director Adrian Lyne es una eternidad en sí misma. Además, son 20 años si se cuenta desde su última película, Unfaithful (“Infidelidad”, 2002), basada en La mujer infiel, de Claude Chabrol (1968), pero si nos remontamos a sus años de gloria, los 80 y 90 de Atracción fatal o Propuesta indecente, son bastantes más.

Con febril la mirada y todo lo demás marchito (pulso narrativo, sentido del suspenso, elección del casting y, sobre todo, tempo cinematográfico), Lyne volvió como si nada en el mundo, y en el cine (que a veces también forma parte del mundo) hubiera cambiado. Como si hubiese vivido dentro de un sarcófago. Deep Water (“Aguas profundas”), su nuevo thriller-erótico —género que hoy se estudia en paleontocinematografía—, también se inspira, como Infidelidad, en un film francés, Eauxs profondes (1981), de Michel Deville, interpretado por Jean-Louis Trintignant e Isabelle Huppert, que a su vez estaba inspirado en la novela de Patricia Highsmith “Deep water”, cuya tardía traducción en español se llamó “Mar de fondo” (Anagrama, 1988).

La palabra “inspiración” está, en este caso, literalmente aplicada porque en ninguna de ambas películas puede hablarse de “adaptación”: Deville hizo su propia versión, cambiándole por completo el final a la novela, y Lyne, quien todavía ha de estar preguntándose qué es lo que quiso hacer, no sólo sigue el final de Deville sino que lo profundiza, intenta volverlo más inicuo y retorcido, pero como quizás el contrato le impuso superar las dos horas de metraje (la versión francesa son 90 minutos exactos), repone algunas escenas del libro que la película anterior dejó, con buen criterio, de lado; las combina con otras de su propia cosecha (eróticas, desde luego), y con eso el pastiche se torna indigerible.

Una aclaración importante antes de continuar: no es posible hablar de la genealogía y las mutaciones de esta novela en dos películas sin revelar detalles claves de la trama. No hacerlo llevaría a un berenjenal de sobreentendidos carente de sentido. ASL es un espacio serio que no “recomienda” películas sino que las analiza. Esto es: si el lector desea evitar “spoilers”, que abandone la lectura ahora mismo y regrese después de ver, al menos, el nuevo film. 

“Mar de fondo” corresponde a la temprana producción de Patricia Highsmith. Se publicó en 1957, siete años después de la novela que la hizo famosa gracias a la versión de Alfred Hitchcock, Strangers On A Train (“Pacto siniestro”), y sólo dos años después de la primera de la serie de Tom Ripley, “The Talented Mr. Ripley”, que se convertiría en A pleno sol, de René Clément, con Alain Delon.

Protagonizada por Vic Van Allen, el mejor vecino de la pequeña comunidad de Little Wesley, Massachusetts, un hombre joven, elegante, culto, dueño de una pequeña editorial de libros de lujo (en el presente de la acción está editando un Jenofonte bilingüe), Van Allen tiene sin embargo un problema: está casado con la bella Melinda, algo más joven que él, que vive flirteando con cuanto nuevo hombre llega al lugar, y si es posible delante de todo el mundo. Es decir, ese tipo de hombre que en Inglaterra llamarían “altamente civilizado y tolerante” y en Italia “el magnífico cornudo”. Sus vecinos, aunque con discreción, se inclinan en general por el criterio italiano, y no son pocos los que se lo hacen saber y le reprochan su “liberalidad”.

Ahora bien, como siempre en Highsmith este tipo de juegos esconde componentes no explícitos, ambiguos, perversos, que enriquecen la acción y explican no sólo el desarrollo de los acontecimientos sino, sobre todo, las sucesivas transformaciones de los personajes. En su literatura siempre hay, quizá por la época de ocultamiento personal que le tocó vivir, homosexualidad larvada, pactos “siniestros”, dichos o no dichos.

Todo indicaría que Van Allen, quien hace años cohabita con su esposa pero duermen en habitaciones distintas, goza viéndola con otros; sin embargo, su extraño placer lo complementa con amenazas a los amantes, expresadas con cortesía y clase. Primero le hace creer a uno que mató a un amante anterior, lo que se esparce como rumor a lo largo del pueblo, pero cuando la policía descubre al asesino real todo vuelve a su cauce: era, desde luego, una broma de Van Allen. Una broma que más tarde, cuando muere otro, y luego otro, puede haberse tornado en —diría Freud— un “pasaje al acto”. La bella Melinda desespera, lo acusa ante todos de criminal, pero, salvo un vecino fisgón, nadie le cree. Es más: están contra ella por la forma en que se comportó siempre con su marido. Pero ellos, como si nada pasara y el alcohol borrara todo, siguen viviendo en la misma casa, con la pequeña hija de ambos, cenando juntos, hablando vagamente de un eventual divorcio.

Como puede observarse, los franceses, y sobre todo Michel Deville (el director de la extraordinaria El cordero enardecido, donde un hombre amaba por interpósita persona, como un Cyrano avieso), no podían dejar pasar esta historia sin llevarla al cine, tal como había hecho Claude Miller con otra notable obra de Highsmith, La quiero con locura(“Dites-lui que je l’aime”, 1978, con Gerard Depardieu). La literatura de esta autora se adapta más al país del Marqués de Sade y “Las relaciones peligrosas” que a cualquier otro. La pregunta que deja en el aire Deville, en especial con los sugestivos, a veces impenetrables rostros de Huppert y Trintignant, es: ¿y si todo fuera un juego perverso entre ambos que incluye el asesinato? Y así la filmó.

Ahora viene el principal “spoiler”: en la literatura de Highsmith el orden termina imponiéndose sobre la perversión; hay un sentido moral que trasciende el juego, casi como en los films de gangsters. Van Allen asesina a Melinda, el vecino lo descubre, y la policía lo arresta. La ley triunfa. La versión Deville, partidaria en cambio de ese pacto de excitación recíproca, suprime no sólo esa escena, sino que hasta le da un happy end: los tres reunidos en el living, junto al fogón, disfrutando de la vida en familia hasta el próximo crimen.

Lyne ha de haber desesperado sobre qué hacer con esta historia y quizá sólo eso justifique, por primera vez, la cara de piedra de Ben Affleck, sometido —como su partenaire Ana de Armas— a más de dos horas de dislates. Por empezar, en la novela de Highsmith a Van Allen, homosexual larvado, no le atrae sexualmente su esposa; la presunta excitación proviene de verla con otros, a quienes luego amenaza; pero ¿cómo se iba a perder el director de 9  semanas y mediaun par de escenas hot entre ellos, de esas que ya no se filman más, y que él hacía en los tiempos pre-Internet donde para ver una porno era preciso pasar calor en el videoclub si no había un vendedor conocido?

El mayor contrasentido —en un film que abunda en ellos— es justamente ése, la relación entre los protagonistas. Indefinida, inexplicable. Además, como se señaló antes, la necesidad de estirar metraje llevó a Lyne a reponer escenas cortadas por Deville, que sólo cumplen tal función: la de prolongar el largometraje sin añadir ningún detalle narrativo relevante.

Evidentemente, su intención de regresar a estas alturas al “thriller erótico” lo llevó, inclusive, a pretender ser más perverso que Deville en el final (y aquí sí le ahorramos el spoiler al lector y el disgusto a los fans de Highsmith). Vaya uno a saber si hoy no le cambiaría el final, si tuviera que hacerla de nuevo, a Atracción fatal, y Michael Douglas terminara viviendo feliz con Glenn Close y el conejo.

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Estados Unido, 2022)

Dirección: Adrian Lyne. Guion: Zach Helm, Sam Levinson. Basado en la novela de Patricia Highsmith. Elenco: Ben Affleck, Ana de Armas, Rachel Blanchard, Tracy Letts. Producción: Benjamin Forkner, Guymon Casady, Arnon Milchan. Duración: 115 minutos.

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