A Sala Llena

Algunas Consideraciones con Flequillo Nuevo

Esta mañana tenía una lista gigante de cosas para hacer. Tenía que limpiar la casa completa (el baño es zona de desastre), ir a la farmacia a comprar una cantidad de porquerías,  hacer llamados de trabajo, terminar de teñir una camiseta para mi nuevo emprendimiento y después pintarla, desarmar la valija de mi último viaje (que está cerrada desde el domingo), mandar mails a mi editor, lavar los platos, ir a la tintorería, en fin… En vez de hacer todo eso,  me fui directo a la peluquería a hacerme un cambio de look: reflejos y flequillo recto hasta los ojos. Quería parecerme a una de esas modelos border del Vogue, con el pelo ultra lacio y cara de ida.

La mañana estaba soleada, radiante. Caminé tranquila por Lacroze hasta Migueletes y doblé como con una misión para la derecha. Mi destino estaba sellado. Estaba a muy pocas cuadras de la peluquería y no iba a desperdiciar la caminata por lo que, quisiera o no, hoy me cortaba el pelo si o si.

La colorista que me tocó era nueva, así que tardó como una hora en sacarme los pelos de la gorra de goma. La aguja me amenazaba la sien como un dardo haciendo que me contrajera con cara de pánico cada vez que se me acercaba. Finalmente, cuando ya estaban todos los pelos afuera y yo parecía el tipo de la propaganda de Geniol, me puso la tintura y me largó sola como por media hora a que la pelambre se me pusiera amarilla. Yo, mientras tanto, consumía esas pésimas revistas del corazón que, tengo la teoría registrada, aceleran el proceso de decoloración y que, si lees una de más, tienen el mismo efecto que una pipa de crack.

Al lado mío había una chica haciéndose manicura y pedicura. Tenía una enorme panza de embarazada que envidié con todo mi corazón aún cuando yo soy un palillito precioso. Nos pusimos a charlar. Ella con las manos embadurnadas, las raíces llenas de tintura y los pies con esos cosos de goma que te ponen para separarte los dedos, y yo con el  copete envuelto en un celofán transparente que le confería a mi cabeza un estatus de espermatozoide.  Le chusmeé que en la revista que estaba leyendo había una nota sobre la última presentación de Barishnikov en la Argentina y le dije que había ido a verlo y que había salido maravillada. Le conté que me quedé como dos horas haciendo una cola para que me firmara el programa y que pude hablarle y tomarlo de la mano. Que no me la había lavado como por dos días y qué se yo… Ella me terminó preguntando si el hecho de que el tipo ya tuviera 62 años no se notaba. Le dije que si, que se notaba y mucho, que era ahora más exquisito que antes. Eso me dejó pensando un rato. La chica me dijo que lamentaba habérselo perdido. Yo, mientras tanto, pensaba en cómo pasan los años, lo que el tiempo, tan temido, tan resistido, tan combatido y jamás vencido, les hace a las personas, a las películas, a los actores…

Con mi cabeza metida en la pileta y un muchacho masajeándome el cuero cabelludo, poniéndome una ampolla que, según aseguró, me nutriría el  pelo dejándolo poco menos que blindado, decidí que la columna de hoy versaría sobre eso.

En la peluquería vez todo tipo de minas. Las que son clientas de la casa y ya les hacen todo lo que quieran sin tener que pedirlo (suelen estar muuuyyy estiradas y amatambradas en sus jeans, con liftings espantosos y uñas ultra largas) las que vienen a pedir tímidamente un cambio y salen hechas unas princesas y las que, como yo, vamos a sacarnos las ganas con un corte que tenemos entre ceja y ceja. Todas estamos allí como en un gran frigorífico, viéndonos horribles con nuestros casquitos o nuestros cortes a medio hacer y nuestras uñas llenas de pintura. Lo digo categóricamente: ¡Ninguna de nosotras se ve ni remotamente atractiva con todos esos ungüentos, pociones y lociones!

Pensando en Barishnikov y en lo espléndido que está, hice una larga asociación de ideas y llegué hasta una película que, en particular, me hace bien cada vez que la veo y siempre estoy pensando en lo mucho que me hubiera gustado escribir ese guión.  Se trata de Alguien Tiene que Ceder, la película de  Nancy Meyers, estrenada en el 2003 y protagonizada por Jack Nicholson y Diane Keaton. Sabemos que Jack y Diane han ganado Oscars, mientras que el personaje que viene a completar este maravilloso triángulo es nada menos que Keanu Reeves, ese muchachito harrmooooso que es medio de madera pero que nos encanta y que, en este film, se luce en una de sus mejores performances.

Lo primero que me vino a la mente es como Jack y Diane brillan en medio de todos los demás personajes, con una sensualidad  salvaje y nueva. Como sus actuaciones son tan perfectas, tan sintéticas, tan ajustadas, medidas y precisas, y como todo el resto del elenco, incluida la increíble Frances McDormand, parece satelital, parece flotar alrededor de estos dos monstruos, describiendo orbitas presas de la gravedad que generan. Ni una arruga corregida, ni una teta siliconada, ni un solo pelo implantado y, sin embargo, la belleza está ahí mas poderosa que nunca.

Ahora bien, son raras excepciones porque, las caras del cine de hoy suelen lucir un rictus engomado de replicante que, ¡mamma mía!, ni en Blade Runner nos encontrábamos semejantes sintéticos. He aquí algunos ejemplos veloces como para cazar de qué hablo: Meg Ryan (su carita preciosa parece ahora una colcha Palette de los setenta con los flecos incluidos), Nicole Kidman (sus sienes están a punto de tocarse entre si, un envión mas y van a estar encima de su nuca) Jeniffer Aniston y Reneé Zellweger (un pinchazo mas de botox y vamos a poder saltar y rebotar sobre sus caras)  ¿Porqué chicas, por quééééé? Eran todas tan bellas, tan sensibles, tan maravillosas. Yo se que a nadie le gusta verse viejo, pero ustedes todavía no estaban ni cerca de ser viejas. Sus actuaciones más recientes se diluyen en la falta profunda de expresividad en sus rostros. ¡¿Qué nos hicieron?! Las queríamos tanto…

Me hicieron bajar una escalera, me llevaron a la sección de cortes y me dieron a elegir. El dueño de la peluquería, cuyos nombres y apellidos brillan en la vidriera, estaba al pedo mirando por la ventana, así que lo elegí a él (por supuesto, después me di cuenta de que estaba libre porque un corte con él te deja comiendo polenta hasta fin de mes, pero en el momento no la cacé). El tipo está por los sesenta y es muy buen mozo y me cortó el pelo exactamente como se lo pedí, cosa muy rara en los peluqueros que siempre se las ingenian para hacerte lo que se les canta. Vos terminas llorando en tu casa, queriéndote matar porque pareces tu abuela y usando gorra por un mes rezando para que te crezca rápido.

El personaje de Jack en la película es bastante machista, solo sale con chicas jóvenes y se cree el regalo de Dios para las mujeres. Termina enamoradísimo de una mujer de mas de cincuenta, loco por ella y rogándole que lo quiera. El personaje de Diane, una mujer divorciada que hace mucho que no está con un hombre, acaba por tener que decidir entre un doctor treintañero y bello y su amor de sesenta y tres años. Todo esto entre Paris y Los Hamptons, con el mar arrullandolos divinamente.

Como el lector asiduo de esta columna ya sabe, a mi me encantan las comedias románticas, pero debo decir, que esta película excede al género redondamente, llevándose tantos laureles como se les ocurra. Es divertida, inteligente, nada pretenciosa, dulce, picante, llena de matices… Todo esto y sus protagonistas están en la tercera edad, entonces, ¿por qué es tan difícil envejecer con gracia en el cine? Sobre todo para las mujeres. Ojo chicas que no estoy pontificando, la primera vez que me vi en el espejo y noté una de las marcas del tiempo (no les voy a decir cual porque no me dejan por contrato) casi me encierro por dos años. ¿Es porque la muerte está cada vez mas cerca o porque la menopausia está cada vez mas cerca?

¿Por qué el medio les exige a estas minas que sigan pareciendo de veinte a los cuarenta? ¿Acaso no es obvio que esa especie de momia en la que se convierten las actrices termina por perjudicar espantosamente cualquiera de las películas que protagonizan? ¿Alguien se acuerda de Australia, la terrible épica que mandó al bombo la frente súper estirada e interminable de Nicole? No chicas, la cosa se les está desmadrando.

Por supuesto que no es la primera vez que alguien señala esto, pero eso es terrible porque está arruinándonos, nos está cagando y cagando la vida.

No es fácil aceptar que uno está creciendo y envejeciendo, pero esta especie de furor por lo estanco, por el mármol, por lo que no cambia se está volviendo peligrosa. Estamos literalmente creando monstruos. Supongo que la obsesión por los vampiros y toda esa cosa tiene un poco que ver con esto.  Nada es casual después de todo, o si, qué se yo.

Lo que si sé es que me gusta ver seres humanos en la pantalla, seres de carne, seres de saliva y de arrugas que hacen que se te caigan las medias o los calzones o las ideas.

Lo que más miedo me da, es como vamos perdiendo de a poco nuestra humanidad y como nos cuesta cada vez más no odiar a quien la conserva. Es común escuchar cosas como “ya está re baqueta” o “ya está hecho mierda”, “ta medio vaca” e,  incluso, “era re linda, pero ya tiene más de cuarenta”. Ya tiene mas de cuarenta ¡mató! Ahora puede actuar, ahora puede darme algo, ahora puedo verla interpretar algo más que Tranformers.

Recuerdo lo amenazados que se sintieron los actores cuando empezaron las animaciones grosas. Amigos, si siguen jodiendo van a quedar mas parecidos a ellas que a nosotros.

La maravillosa humanidad que traen los años, esa síntesis perfecta que logran los artistas cuando han envejecido, esa economía de recursos que ponen en práctica volviéndose tan impresionantes, tan contundentes, tan puros y cercanos a perfección. No podemos, no tenemos derecho a prescindir de ese proceso.

Ustedes me dirán “todo muy lindo pero esta pata de gallo que se la banque Magoya” y, tal vez, tengan razón. Por ahí estoy tan chocha con mi corte nuevo (por momentos me hace sentir Jane Birkin y por momentos Ringo Starr) que me puse boludita.  Pero, viendo a Barishnikov, viendo a Nicholson, viendo a Diane Keaton, me siento más feliz, menos agotada, mas humana, mas contenta de cumplir años y de transformarme por eso.

Es verdad, todavía soy joven y, por ahí, no me atacó el viejazo. Nunca se sabe. Ojala el tiempo nos trate bien a todos y el bisturí descanse por un rato. Yo, por las dudad, voy ahorrando unos mangos. No vaya a ser que se me caiga lo que tengo redondo y se me afloje lo que tengo pegado.

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