A Sala Llena

Avatar: El camino del agua (Avatar: The Way of Water)

        AVATARES DE CAMERON

                                         “Amigo de Platón, pero más amigo de la verdad”.

                                                                                                      Aristóteles

1

Cuando se alcanza el punto omega de la autoconciencia, esto puede asemejarse a escalar el Himalaya y llegar a la cima del Everest. La pregunta que viene a continuación es qué hacer allá arriba. Se está muy solo: el tiempo es gélido, encima en cualquier momento puede aparecer el abominable hombre de las nieves.

Es cuestión de emprender el descenso: pero un descenso dialéctico si se nos permite la expresión. Se baja, se desciende sin perder en el trayecto el punto de condensación -también conocido como sabiduría- que se logró obtener en la cumbre. Esto se resuelve haciendo de la obra, “vida”: concreta, carnal y espiritual; o se busca reducir a escala la sabiduría allí obtenida y se distribuye en pequeños fragmentos o en notas al pie. Se decide ser un maestro, y no un pez banana atosigado de citas y fragmentos.

Confesamos que lo primero que se nos cruzó por la mente es un apunte crítico de Henry James sobre el recorrido cronológico de los relatos de Kipling “(…) de lo menos simple, a lo más simple; de los angloindios a los nativos, de los nativos a los soldados, de los soldados a los cuadrúpedos, de los cuadrúpedos a los peces, de los peces a las máquinas y a las tuercas”.

Algo así circula en el cine de James Cameron. Ciertamente -y lo hemos expresado en nuestros seminarios-, su cine siempre arrastró una relación doble, ambigua con respecto a lo técnico. Se daba tanto una fascinación algo infantil por toda serie de invenciones y dis-positivos -que también son dis-posiciones, al decir de Heidegger-, como de consuno una crítica; es decir una toma de distancia con respecto a la tentación titánica de su empleo para fines siniestros y perversos. 

En rigor nada nuevo desde que el discurso tardo humanista hizo una monserga repetida -y éticamente más que falluta- al día siguiente de Hiroshima y Nagasaki. 

La diferencia reside en que desde Griffith el propio concepto de cine resolvió de movida esta contradicción: empleando, aceptando re-signándose al útil técnico pero desviándolo del uso para el que había sido concebido por una mentalidad opuesta polémicamente a la suya. Este es el “etymon espiritual” y el bajo continuo de todo el concepto del cine, hasta llegar a la autoconciencia, fundada hacia comienzos de los años setenta del siglo pasado con dos films, El padrino y El exorcista.

Cameron pertenece a la segunda generación autoconciente. Por lo tanto halló al cine y su concepto en un grado de saber y de saber qué se sabía casi imposible de ser superado. O el cine -como todas las artes que lo precedieron-, se hacía, se volvía Mundo, Historia, o, por el contario, entraba en la inevitable y cíclica decadencia.

Su obra comenzó con una re-flexión sobre los géneros o “estados de transparencia”, con primacía lúcidamente puesta en lo fantástico (Terminator, Aliens); pero también con obras que ya mostraban o desprendían cierto tufillo de política “una de cal y otra de arena”. Donde a lo expresado operativamente en ambos films se le sumaba de matute una coda especulativa, didáctica e innecesaria sobre lo que había expresado con anterioridad. ¿Para no ser confundido? ¿Con qué, o con quién?

Así el sermón final de romanticismo político que le pegoteó a El abismo, como la corrección -en todo sentido el uso actual del término- a la primera Terminator, mediante una segunda parte que funcionó como una vulgata pacifista. 

Al decisionismo de su primera etapa, pareció injertarle el estado deliberativo de la segunda. Allí comenzaron algunas de nuestras dudas.

Pero entonces Cameron tuvo una intuición genial. Comprendió que la autoconciencia se hallaba en un paradójico callejón, puesto que era uno con salida. O con varias salidas. Una situación que a ciertos fines anímico-espirituales, como vitales, les es mucho peor que estar en un cul-de-sac. 

Así dio o fue empujado a esa repetida pregunta o dilema que aparece luego de que una construcción orgánica llega una operatividad tan plena, que por el mismo motivo se da de bruces con lo especulativo que la rodea. Una vez allí ¿Sólo quedan como opciones, la repetición o la inflación?

Como Verdi luego de su “Otelo” -donde se opinó que la ópera había llegado a su punto Omega-, Cameron se dijo –cambiando lo que haya que cambiar- “torniamo all’ antico: sará un progresso”. “Ahora volvamos a lo primero: será un progreso”.

Así postuló “el regreso a Griffith”.  La autoconciencia corría el riego de volverse auto indulgencia. Las primeras historias, esas que deben ser transparentes para dar lugar a unas segundas simbólicas, estaban perdiendo esa imprescindible transparencia. Reduzcamos entonces la complejidad de la primera; volvamos por ejemplo, al “chico-conoce-chica”, pero sobre esa base primigenia puede -por esa misma sencillez aparente-, operarse en paralelo una más compleja simbólica mito-poética. De allí, Titanic. 

Claro que también esa primera historia debía exhibir -la época de/manda- una novedad que sirva de cobertura a su deriva hermética. Así apareció la necesidad, el imperativo del empleo extremo de lo técnico. 

La extraordinario y, al parecer, irrepetible de Titanic, es haber logrado un equilibrio perfecto; unas bodas alquímicas entre lo máximo-técnico y una fábula simple y que, a la vez, resulte en un operatividad simbólica totalizadora. 

No sólo eso, logró infiltrarse en el medio televisivo, y llevar a cabo las dos temporadas de su serial Dark Angel, su obra maestra absoluta junto con Aliens y Titanic. Hasta el día de hoy la única creación literalmente genial transmitida por ese medio.

 

2

Un juego peligroso pero necesario es el siguiente: imaginar con qué cosa, medio o fantasía sabría tentarnos el demonio, o uno de sus amanuenses.  A Cameron lo tentó con una máquina que no haría más que crecer en potencia y capacidad mimética. A cambio le pidió el alma de Titanic, y el espíritu de Dark Angel.

Esta máquina, como un Gólem ingobernable, o como un alien que devoraba y se reproducía sin cesar, creció en virtualidad mientras paralelamente fue aniquilando la realidad.

Provisto de tal mecanismo, Cameron cayó en la tentación de subir la escalera que baja. Posiblemente se dijo: si la autoconciencia al llegar a su punto Omega busca volverse, hacerse Historia, Mundo, pero eso no sucede,  entonces inventemos todo un mundo. Con su propia historia, sus habitantes, y sus condiciones, tanto lingüísticas como biológicas. 

Parece “lógico”. Pero el problema es que desde hace décadas se fabrican a destajo todo tipo de ucronías, utopías, distopías, y otras topías cada vez más ponzoñosas. Y, desde luego, no abundan los Jonathan Swift, ni los C. S. Lewis, ni tan siquiera es fácil concebir un breve y sintético “Tlön”.

Puesto a la tarea, Cameron intentó engendrar un universo fantástico, pero tan sólo parió uno mágico. Y ambos son irreconciliables hijos de la mente. Son los Caín y Abel del imaginario. Si en Titanic consiguió regresar a Griffith, aquí -en Avatar: El camino del agua, recayó en Georges Méliès.

Siendo mágico pobló a su mundo ficticio de simplezas ecologistas ya más que repetidas. Buscó ser un Julio Verne, pero quedó más cerca de Greta Thunberg;  la de trencitas, que ama el medio ambiente y los pajaritos.

Ya en Avatar, los detentadores del Bien eran algo elementales, puesto que no eran más que copias manufacturadas en las usinas de la bondad verde; fatalmente el Mal necesario que debe oponerse, resultó tan trivial como sus bondadosos pandorianos. Militarotes gritones, llenos de cuero y con cabelleras rasadas; siempre con cara de padecer hemorroides. Lo que mi tía Carlota llama todavía “fachos”.

Sin duda la primera parte de esta saga -si bien ya estaba algo salpicada de lugares comunes-, nos “conformó”. Porque había -o posiblemente creímos que había-, algo, un poco de esa vieja música anterior con sus ritos de iniciación y sus axis mundi todavía operativos, aunque un tanto sazonada de floripondios botánicos e ictícolas; variaciones de las hadas y los elfos de las  nurseries victorianas.

Como sea. Aquí ya es demasiado. Nos inunda de todos los ripios ambientalistas  y progresistas que circulan por Occidente desde hace más de medio siglo. 

Más que diálogos tiene consignas. Sería de interés contar las veces que dicen la palabra “brother” (a veces apocopada en “bro”), con lo que intenta convencernos del valor de la fraternidad. También la ingente proliferación de “Go! Go!” El inolvidable Gogó Andreu hubiera celebrado tal homenaje…  

Otrosí. A pesar del uso diestro y operativo de la simbólica religiosa en sus obras anteriores, Cameron se declara ateo; como se ha encargado de señalarlo de manera puntual y con suficiencia. Perfecto. Es cosa suya. La libertad es libre y etc. etc. 

Ahora bien, si se es ateo, uno debe conformarse y prepararse a vivir según tal deriva. “Arreglárselas solo”, como dijo Bioy. Pero no inventarse una seudo religión tachonada de chafalonías “místicas”, fabricada a escala de sus necesidades. 

Una espiritualidad que en este caso no es forjada por ningún trance existencial sino por una computadora.

Avatar: El camino del agua contiene casi todos los flatus vocis que desbordan los manuales de autoayuda, ejercicios respiratorios, yoga improvisado, y terapias alternativas. Es de lamentar que se haya olvidado de las flores de Bach. 

En resumen, la obra de James Cameron pintaba para ser un compañera de ruta de Mircea Eliade; pero ahora parece más cerca de Paolo Coelho.

(Estados Unidos, 2022)

Dirección: James Cameron. Guion: James Cameron, Rick Jaffa, Amanda Silver. Elenco: Sam Worthington, Zoe Saldana, Sigourney Weaver, Stephen Lang, Kate Winslet, CC Pounder, Eddie Falco, Giovanni Ribisi. Producción: James Cameron, Jon Landau. Duración: 192 minutos.

 

Podes inscribirte en el seminario “Avatares de Cameron. El cine de James Cameron” a cargo de Ángel Faretta en el siguiente link.

1 comentario en “Avatar: El camino del agua (Avatar: The Way of Water)”

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