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Cine

Avatar: Fuego y ceniza (Avatar: Fire and Ash)

La franquicia de Avatar parece agotarse cada vez más a medida que salen nuevas entregas. Con solo tres películas (lo que es poco para una saga que se plantea como extensa, véase las nueve entregas de Star Wars o las ocho de Harry Potter), es extraño pensar que un autor como James Cameron no haya podido mantener lo que efectivamente hizo a la primera parte un film novedoso y muy acertado. Un film que, aunque algo elemental en su trama, traía consigo por un lado una muy promisoria técnica de motion capture y de filmación, y por otro, la creación de un mundo y una mitología muy atractivas, todos matices que la catapultaron a ser la producción más taquillera de la historia del cine. Y no se quedaba solamente en eso, sino que lo mostraba a través de una narración muy bien lograda, con una mirada autoral clarísima, propia del director de sucesos como Terminator II: El juicio final o El abismo.

La primera Avatar se presentaba como la obra magna de un autor que ya había alcanzado la cima con Titanic más de diez años antes, y si bien a mi entender no cumplió su objetivo, demostró ser suficiente para lo que se esperaba de él.

Más de diez años después, Cameron nos trajo la segunda entrega titulada Avatar: El camino del agua. Un film bastante más mediocre, con algunas fallas, pero muy agradable. En él vimos todos los clichés de guion habidos y por haber, one-liners obvios, golpes de efecto bastante pobres, etc. Pero a la vez, accedimos a un material que se prestaba a eso, que no buscaba en ningún momento ser otra cosa más que una secuela bien filmada y un espectáculo visual en todo sentido (y de paso, da algunas lecciones ambientalistas new age). Frente a ciertos momentos de vergüenza ajena, como el canto de los tulkun, nos encontrábamos también con que la técnica había llegado a lugares inimaginables cuando salió la primera entrega, con batallas que hacían que cualquier otro exponente de acción quedase anulado frente a semejante epopeya. Acompañado esto de algunos arcos de personajes bien construidos, especialmente el del héroe Jake Sully y el del villano Miles Quaritch. Eso hacía que Avatar: El camino del agua fuese una película considerable. A pesar de los problemas, había un Cameron juguetón al máximo, donde primaba un poco la necesidad de hacer un largometraje propio, sin complacer la idea que tiene el espectador sobre cómo debería hacer un film James Cameron, algo que ya había logrado con mayor filo en Mentiras verdaderas. Digamos que lo positivo de Avatar se perfeccionó, y lo que era negativo (por ejemplo, el guion) se acrecentó. Sin embargo, nuestras fichas seguían puestas en Pandora y sus habitantes, porque Cameron es un director fundamental… a pesar de que algo ya nos decía que la cosa no iba a mejorar.

Lamentablemente, nuestras sospechas fueron confirmadas: en Avatar: Fuego y ceniza, la tercera parte, se repite la misma lógica que en el film anterior, pero sin la gracia que caracterizaba a su predecesora. A lado de escenas excepcionales, donde se vuelve a la espectacularidad, a la técnica precisa de este nuevo cine de efectos visuales y a los planos siempre funcionales de Cameron (quizás el narrador más preciso que tiene la pantalla grande), se encuentran decisiones inentendibles y vagas, dignas de un primer borrador y nunca revisadas. Y termina siendo muy difícil entender el noventa por ciento de las decisiones narrativas. Ya no es Cameron en una posición novedosa y ligera, sino que parece un director que no puede acceder a las fuentes del mundo cinematográfico que él mismo creó. Repite la fórmula de Avatar: El camino del agua anterior para no traer absolutamente nada nuevo. Peor aún, crea cada vez más reglas, personajes y culturas para no tener que redondear las que ya había creado con anterioridad.

Como se dijo mucho en otras reseñas, Avatar: Fuego y ceniza funciona como apéndice a la segunda entrega: más que una continuación, es un refrito de los mismos clichés, los mismos recursos narrativos, las mismas escenas de acción, el mismo momento emotivo y muchas otras repeticiones vacías. Ejemplos sobran: los constantes one-liners; decisiones rarísimas, como cuando dejan a Tuk, la más chica de los hijos de Sully, sola en medio de una batalla; o momentos de resolución obvia como el momento en el que Sully apuñala a Spider, su hijo humano adoptivo, fuera de cámara con el típico sonido raspante del cuchillo clavándose en la piel para que finalmente un paneo nos muestre cómo obviamente no fue capaz de cometer el asesinato.

Esto no quita que el film tenga muy buenos momentos y ligeras muestras de lo que es capaz. Voy a un caso muy concreto, que expone bien cómo opera la película. Una de las mejores escenas se da cuando Lo’ak, uno de los hijos de Sully, acusado constantemente de ser el culpable de la muerte de su hermano mayor y de ser problemático, se escapa del clan para recuperar a su compañero tulkun Payakan, exiliado de la comunidad por haber matado, parte de una ley ancestral que prohíbe que los tulkun se defiendan de ataques diversos. La escena funciona como rito de iniciación: Lo’ak se separa del clan, enfrenta peligros que funcionan como prueba de su voluntad y vuelve transformado, tras haber enfrentado solo (por primera vez alejado de la figura de Sully) y luego con ayuda de sus amigos, los peligros del afuera. Esta escena, narrada magistralmente y con un claro propósito, se desvirtúa con una conclusión pésimamente resuelta. Quizás la peor escena de toda la filmografía de Cameron se da cuando Lo’ak regresa y se acerca al consejo tulkun (por las dudas: esos personajes sospechosamente parecidos a las ballenas) y amenaza con exiliarse él también si no se le permite volver a Payakan. Consecutivamente, los amigos de Lo’ak empiezan a reclamar, uno tras otro, que también van a abandonar la comunidad si esta ley ancestral que prohíbe que los tulkun maten no cambia.

Lo que debería funcionar como un final sutil del recorrido iniciático de Lo’ak termina convertido en una escena subrayada, que confunde la identificación con los personajes con la acumulación de recursos simplistas. En lugar de confiar en el peso simbólico del vínculo entre Lo’ak y Payakan, Cameron y los guionistas optaron por realizar una escena propia de algo como High School Musical. El problema no es la intención de la escena, sino la vaguedad con la que se encuentra escrita.

Otro ejemplo es el arco de Quaritch, que en principio es mucho más interesante que en el film anterior. Es un villano que muestra una debilidad para con su hijo biológico Spider (de hecho, Miles es el único de los personajes principales que sigue siendo un Avatar, puesto que el resto ya son propiamente Na’vi), y cuyo arco demuestra una intención de desmaquineizar las relaciones entre los personajes. Sin embargo, todo esto se resuelve en un final pobre, en el que el propio Miles, tras salvar a su hijo y tener una posibilidad de redención, prefiere caer por un precipicio y morir antes que aceptar que tiene emociones contradictorias. ¿No es un poco vago construir un arco a lo largo de tres películas para que todo termine en un salto al vacío por parte del personaje?

Un punto fuerte para destacar es la co-protagonista y heroína Neytiri, pareja de Sully, interpretada por Zoe Saldaña. Un personaje femenino prototípico de los films del director. Sus escenas son, sin duda, el bloque y la línea narrativa más interesante de todo el film, especialmente cuando es puesta en contraposición a Varang, la nueva villana de la franquicia, con quien se establece un conflicto claro y directo. Neytiri es una poderosa guerrera Na’vi, dispuesta a cualquier cosa con tal de proteger a los suyos, y esa lógica de acción extrema es coherente con el personaje que Cameron viene construyendo desde Avatar. Aun así, no está tan dispuesta como para asesinar a Varang, a quien deja con vida más de una vez porque el guion lo pide, mientras que al propio Spider, parte de la familia, la mataría sin dudarlo. Esta contradicción, más que complejizar al personaje, termina exponiendo una vez más las inconsistencias narrativas del film, que prioriza la necesidad de sostener villanos y conflictos futuros a través de recursos dudosos por sobre la coherencia interna de sus tramas.

Si partimos desde la base de que Cameron es un autor excepcional, el mismo director de Aliens y Titanic, entonces es esperable que la película tenga muchísimos aciertos. Más que nada, cómo le permite al espectador acceder a un nivel de conocimiento de la historia progresivo y ordenado, y cómo nos introduce en una narración clarísima, donde siempre vas de la mano de la cámara para comprender el film, entendiendo el espacio, las relaciones y los conflictos en juego (todo lo contrario a “películas” como las de Avengers). Todo esto, teniendo en cuenta que además es una superproducción que nos hace como espectadores entender un espacio que en realidad no se encuentra físicamente ahí. Es un film muy didáctico, pero en el mejor sentido del término: Cameron nunca pierde de vista al espectador y construye cada escena para que la información se asimile de forma orgánica, sin depender del caos típico del cine actual ni del montaje fragmentado o la cámara vertiginosa.

Tiene muchos momentos en los que uno se siente verdaderamente comprometido con la historia, no solo por el despliegue técnico o visual, sino por la claridad emocional de lo que está en juego en cada secuencia. La relación familiar en todas sus aristas: la figura del padre y de la madre, la tensión entre los hermanos, el peso de la herencia y la culpa, la relación con lo adoptivo. Son elementos que están muy bien tratados, tanto en su función narrativa como simbólica, funcionando como eje ordenador del relato. Además, ciertos arcos de personaje, como el de Quaritch, tienen una lógica muy clara y bien lograda, incluso cuando el film falla en sus resoluciones más grandes. Yendo a la analogía: la película construye el Titanic en cada momento necesario, para terminar chocando siempre con el iceberg. Cameron no parece ser capaz de esquivarlo, como si estuviera condenado a seguir destrozando su barco mientras se ve cada vez más involucrado en un mundo que no termina de amalgamar. Y, a pesar de su evidente choque, parece haber una necesidad suya de probar que es el mejor. Eso se sabe viendo Terminator, El abismo, Mentiras verdaderas, Terminator II: El juicio final, Aliens y, cómo no, Titanic. No hace falta que el hombre nos convenza otra vez con sus trucos de magia espectaculares ni con lugares comunes, ni con diálogos expositivos o miles de explosiones en 3D. Y si la intención fuera simplemente levantar plata (aunque dudo que sea esa su motivación principal), da la sensación de que podría hacerlo con cualquier cosa, sin necesidad de caer en espirales de CGI y personajes azules repitiendo frases ya dichas.

Avatar: Fuego y ceniza no es mala, pero tiene sabor a algo ya conocido. Es una película que podría haber sido dirigida por un buen alumno del director, que entendió cómo encuadrar y cómo realizar motion capture y copió el film anterior de su maestro.

Por último, y como nota al pie: el esperable exceso de CGI ya no es novedad como lo era en 2009, sino que es casi la norma, por más que acá esté mucho mejor utilizado que en cualquier film que haya aparecido desde aquel año. Un autor tan defensor del cine como concepto como Cameron debería tener un poco de cuidado con lo que está trayendo a día de hoy al arte que, según dice, tanto ama. En 2009, por más extraño que suene, Avatar fue una apuesta muy experimental y muy riesgosa, que significaba traer nuevamente al cine como formato en medio del auge de la piratería, de la caída de la asistencia a las salas y de un clima general de crisis de la experiencia cinematográfica. No sólo proponía una historia pensada para ser vista en pantalla grande, sino que también apostaba a una tecnología que obligaba al espectador a volver al cine para poder experimentarla en su totalidad. Hoy en día, en cambio, la nueva entrega termina siendo un film cuyo riesgo recae más en cumplir las expectativas que sentaron sus predecesoras que en realmente estar proponiendo algo nuevo. No sé si uno como espectador quiere que la mayoría de las películas futuras estén hechas en su totalidad con CGI solo porque James Cameron sentó el precedente y ha demostrado que eso es posible. 

(Estados Unidos, Canadá, 2025)

Dirección: James Cameron. Guion: James Cameron, Rick Jaffa, Amanda Silver. Elenco: Sam Worthington, Zoe Saldaña, Sigourney Weaver, Oona Chaplin, Stephen Lang, Kate Winslet, Cliff Curtis, CCH Pounder, Giovanni Ribisi, David Thewlis, Wes Studi. Producción: James Cameron, Jon Landau. Duración: 197 minutos.

1 comentario en “Avatar: Fuego y ceniza (Avatar: Fire and Ash)”

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