A Sala Llena

Bajo el Sol (Zvizdan)

(Croacia/ Serbia/ Eslovenia, 2015)

Dirección y Guión: Dalibor Matanic. Elenco: Tihana Lazovic, Goran Markovic, Nives Ivankovic, Dado Cosic, Stipe Radoja, Trpimir Jurkic, Mira Banjac, Slavko Sobin, Lukrecija Tudor. Producción: Ankica Juric Tilic. Distribuidora: CDI Films. Duración: 123 minutos.

Una araña en el ventanal. Una mosca en el mantel de la cocina. Estamos entre insectos atrapados por la rutina de dos naciones en guerra; seres que no pueden huir de su entorno y sobreviven con los restos.

Jelena e Ivan, 1991. Al borde de una guerra que los merodea, ellos retozan en la playa. Él toca trompeta y ella lo incita a que siga. Son felices y poco más importa. Es su música lo valioso y con lo que lucha para huir.

Natasa y Ante, 2001. Mismos actores, otros personajes. Son los ecos generacionales conjugando el mito del eterno retorno. La guerra quedó como una huella, como un amor violentado que tienta pero que no mata. Las víctimas de la guerra duelen.

Marija y Luka, 2011. Mismos rostros, otros personajes. Ecos sordos que recorren el país en busca de una identidad posible. La música y el agua siguen compensando las ausencias y las preguntas de la guerra. La playa vuelve a ser el lugar de reunión aun para las respuestas que no se consiguen. Aparece la droga, aunque ya se habían asomado los fármacos como dependencia para las carencias psíquicas.

Así, la película no responde a las preguntas de entre quiénes es esta guerra. Disuelve causas y luchas en una búsqueda más íntima y, por lo tanto, más difusa. Los mismos actores representan a los personajes enamorados a lo largo de tres décadas, asomando la posibilidad de generaciones que se vuelven a encontrar. De todas maneras, tal reiteración disminuye el efecto final del reencuentro. El silencio pierde fuerza y lo que queda es desear que termine así.

La banda sonora conduce entre sorpresas las acciones principales del film. A ratos va hilando la trama con casualidades, otras veces la va acompañando. Bajo el Sol (Zvizdan, 2015) puede catalogarse como una película de guerra porque se enmarca en una, pero lo conflictivo se reduce a eventos cotidianos, discusiones y desacuerdos de partes. Lo inquietante viene con la incertidumbre de qué ocurrirá con ellos, estos seres atrapados por las consecuencias del conflicto bélico, seres enmarcados entre sombras.

Finalmente, es este amor que brota al margen el que persiste. Es un amor ignorante, al menos por el momento, del pasado reciente. Es un amor inocente porque no pide respuestas al entorno.

calificacion_3

Por Eduardo Elechiguerra Rodríguez

 

“Un amor que atravesó tres décadas bajo el cielo de dos naciones”, anuncia el afiche de esta coproducción croata, eslovena y serbia. Un tagline engañoso, porque las tres partes que integran esta película no comparten ni personajes ni trama. No hay un único amor que supere los obstáculos del tiempo. Por el contrario, los proyectos de los protagonistas se frustran una y otra vez.

El primer relato arranca en 1991, antes de las guerras yugoslavas. Ivan y Jelena son jóvenes y están enamorados. Pero ella es serbia y él es croata, y sus familias se opondrán al romance. Diez años después, ya finalizado el conflicto, el mismo paisaje rural exhibe las huellas de bombas y disparos. Natasa y su madre, ambas serbias, vuelven a su antigua casa, ahora llena de polvo y puertas desgajadas. Contratan a un joven croata, Ante, para que ayude con los arreglos, y frente a su cuerpo sudoroso Natasa sentirá una mezcla de atracción, resentimiento y asco. Una década más tarde, las ruinas fueron reconstruidas o reemplazadas por torres de departamentos y, tras una noche de fiestas electrónicas y caminatas solitarias, Luka, un estudiante croata, se reencontrará con su ex novia serbia, con la que todavía tiene algunos asuntos pendientes.

En todos los casos, aunque cambien los nombres, las circunstancias y los años, los actores siguen siendo los mismos. Esto le da una continuidad poética a la película: cada episodio resuena en los otros, como un eco del pasado o una premonición del futuro. Resulta evidente, además, que cada relato funciona como un reflejo microcósmico de una situación nacional: empezamos con una ruptura, continuamos con sus secuelas psíquicas y materiales, y terminamos con una posible reconciliación. Es una estructura narrativa quizás demasiado obvia, y a veces los protagonistas terminan atrapados en la lógica de este paralelismo, sin poder explorar sus propios sentidos.

De todos modos, y aunque sus destinos evoquen procesos históricos, los amantes parecen existir -o querer existir- fuera de la Historia. Nunca opinan sobre el nacionalismo serbio o la independencia croata. A lo sumo, se angustian por la muerte de algún familiar o se enfrentan a la xenofobia de una madre o un hermano. Pero no lo hacen por convicciones políticas sino para descargar su bronca o consumar su amor. Sus anhelos son universales y cualquier espectador puede identificarse con ambos personajes. Los violentos que provocan el caos son otros; ellos sólo sufren o reaccionan. De esta manera, la película toma distancia de la especificidad del conflicto yugoslavo y se acerca a una fórmula más bien hollywoodense: la Historia como telón de fondo para los dramas personales de dos o tres personas.

Por suerte, el director y guionista Dalibor Matanic trabaja mejor los pequeños detalles que los grandes trazos temáticos. Bajo el Sol prolonga los momentos de espera, de ansiedad y de incertidumbre, cuando los protagonistas se liberan del corsé de simetrías narrativas y se mueven bajo las luces de un concierto al aire libre o dejan pasar las horas en su dormitorio o corren desesperados detrás de un auto. Tihana Lazovic y Goran Markovic, que interpretan a los tres pares de amantes, ignoran sus funciones metafóricas y simplemente son: inocentes e ingenuos, primero; rencorosos y abatidos, después; finalmente más adultos y, quizás, hasta optimistas sobre un futuro posible. En la inmediatez de sus actuaciones está lo mejor de la película.

calificacion_3

Por Guido Pellegrini

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