A Sala Llena

Blade Runner 2049, según Andrés Aguilar

Cells interlinked, within cells interlinked

Pasaron treinta años y, lo más probable, es que nunca dejó de llover. Entonces, la prueba de moda era el Voight-Kampff, test cuyo objetivo consistía en determinar si el entrevistado era o no era un replicante y lo aplicaba personalmente un detective. En el 2049, ser o no ser no es tanto la cuestión, por lo que la prueba tiene otro objetivo y las preguntas las hace una máquina. Son muchas las preguntas que puede hacer una máquina.

Rewind a 1962. Vladimir Nabokov publica Pálido Fuego (Pale Fire), novela que muchos consideran su magnum opus. Un ejemplo paradigmático de metaficción, la obra consta de un comentario por parte de un escritor ficcional de un poema compuesto por un poeta también ficcional, y tiene una doble aparición en Blade Runner 2049 (2017). La primera, camuflada por su singularidad casi dadaísta, es una estrofa del poema repetida como un mantra por K. —interpretado con el reconocible (y paradójico) estoicismo emotivo de Ryan Gosling—, en la prueba estandarizada que deben superar todos los blade runners al regresar al cuartel general del LAPD para corroborar un estado psicológico funcional. La otra, esta vez de la novela en cuestión, es tan poco ceremoniosa que podría pasar desapercibida. Sucede dentro del apartamento de K., mientras afuera no merma la neblina alguien sostiene una edición de Pálido Fuego y propone leerlo. Pero, ¿quién querría leer cuando se tiene a Roger Deakins de cinematógrafo, conjurando algunas de las imágenes más poderosas de una carrera ya de por sí excepcional? Nadie. Por eso leamos.

Grosso modo: en la sección más dramática del poema, Shade, el poeta que fabrica Nabokov para sus juegos posmodernos, regresa de un desmayo con una visión de apariencia trascendental. Una fuente blanca. La misma imagen que recuerda una mujer cuando le preguntan en un diario sobre su experiencia cercana a la muerte. Por supuesto, Shade, al toparse de casualidad con esta sincronía, siente haber dado con la clave que comprueba la vida después de la muerte, y de paso, justifica su existencia. Sólo para enterarse luego, por el periodista que entrevistó a la mujer, que el diario salió impreso con una errata: lo que vio la mujer fue una montaña, no una fuente. “A mountain”, no “a fountain”. No hay sincronía, ni trascendencia, sólo una equivocación. “A tall white fountain played”, repite K. (a su vez, alusión evidente al personaje de Kafka) en la prueba, y en Blade Runner 2049 la equivocación también impulsa la trama. En este caso y sin develar aspectos del argumento (más que en connivencia con Denis Villenueve, con los futuros espectadores de esta obra maestra), la equivocación de saberse especial.

¿Por qué encarar la crítica de Blade Runner 2049 a partir de una novela de Nabokov? Porque éste, como ningún otro, es un film que funciona en un plano dual, donde sus fortalezas resaltan cuando se ponen a dialogar con otras obras.

Y, ¿cómo no hacerlo? Rewind a 1982. Ridley Scott estrena Blade Runner, esa obra seminal del cyberpunk, con la mezcla tan extraña de los tropos del noir, los sintetizadores de Vangelis y las elucubraciones metafísico-paranoides de Phillip K. Dick, y cambia para siempre la forma de hacer cine de ciencia ficción. Son tantas las películas endeudadas con esta visión tecno desoladora, a su iconografía católica, a su versión limítrofe del capitalismo rapaz, a su espacio globalizado que apila lo peor de la cultura, que la lista sería interminable (Terminator, Ghost in the Shell, Cowboy Bebop, Matrix, incluso Wall-E). Blade Runner 2049, más que un caramelito que endulza la nostalgia, es la conclusión lógica de una idea: la original y esta secuela son replicantes una de la otra. ¿Cuál es la que tiene alma? Y si la tiene, ¿ésta dónde anida? No importan las respuestas, por supuesto. Las preguntas son las que verdaderamente movilizan al detective. Lo verdadero no es una condición que se puede cifrar en un código. Es un salto de fe. No es una orden que se acata. Es deseo y desplazamiento. No es un texto singular, es un entramado hecho con versiones parecidas del mismo hilo, un palimpsesto donde cada trazo se siente único sin saber que todos son, esencialmente idénticos, “average Joes”. Es una decisión de creer que las ovejas con las que se sueña, sean eléctricas o de origami o de celuloide, merecen la pena existir.

 

 

© Andrés Aguilar Q., 2017 | @andresaguilar1

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