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CRÍTICAS - CINE

Blue Jean

Desde la primera hasta la última escena está claro que Jean (Rosy McEwen) no será quien consiga respuestas sobre cuáles son las consecuencias políticas de ser gay. En realidad, ¿quién podría hacerlo a solas en la Inglaterra de 1988, época donde se ambienta su vida? 

En ese sentido, Georgia Oakley parte de una base: en una creación, como en toda sociedad, es impreciso entender un personaje aislado sin el soporte o las relaciones que se tejen con otros. El mismo título permite lecturas al respecto. 

El Blue Jean, lo sabemos, es una vestimenta con la cual la mujer decide codificarse con lo que solía vestir un obrero. Por ende, de una u otra manera todos los personajes femeninos ofrecerán aquí un matiz de resistencia. Blue Jean también connota el sentir de la protagonista por sus decisiones y cuestionamientos a lo largo de la trama, más cuando no sepa defender el descubrir sexual de una de sus alumnas de fútbol (Lucy Halliday). 

Por su parte, el caleidoscopio de tonalidades azules en la propuesta visual de Víctor Seguin enriquecen cada escena hasta que pierda valor analizar los tantos sentidos que un idioma le puede dar a un color. La directora y también guionista aprovecha estos y la ubicación de la cámara para simbolizar los conflictos de Jean por hacer más pública su sexualidad. En casi todos los planos la vemos por partes, a la expectativa de ver completos su rostro o toda su figura humana. 

En contraste a la sutil expresividad en el rostro de McEwen, su entorno sí refleja, a través de cuerpos enteros y edades diferentes, un contexto de decisiones firmes, algunas activistas y otras discriminatorias, frente a lo homoerótico. Habrá que mantener presente que lo público y lo privado es una dicotomía de matices tan variables como la cantidad de azules en esta obra. 

Jean entonces no podrá ejercer el activismo de la comunidad que hoy podemos llamar LGBTIQA+, tampoco podría ser la Carol arrebatadora de la obra homónima. Sí, “en privado” es una mujer que se entrega a su novia una y otra vez con intimidad que, para nosotros como espectadores de cine, pone en juicio aquello de distinguir lo público de lo privado sin entender su valor intrínseco en la sociedad. 

Porque, con el permiso de la digresión, una de las varias ventajas que el cine tiene, junto al teatro, es volver grupal aun la experiencia más íntima. Ellas colocan, al menos ilusoriamente y en imágenes en movimiento algo que otras artes hacen aprovechando más la sugerencia (la literatura y más relativamente, la música) o lo pictórico. 

De tal manera las escenas eróticas aquí permiten que descubramos cómo se desenvuelven los matices políticos de cada intimidad. En la propuesta audiovisual de estas, los azules

están palidecidos; en varios planos, ausentes. Las lámparas del apartamento de Jean sugieren formas fálicas, otras con luces de vigilancia. 

Así, cada una de las locaciones donde se ambienta la vida de estos personajes contrasta en la “gran dicotomía” antes mencionada. Duchas, baños, salones de juego, bares, habitaciones y patios –todos estos con espejos, ventanales u oportunidades para mirar(se)– serán donde Jean consiga replantearse su vida de discreciones, lo haya querido o no. 

En tal vigilancia de otros y de sí misma, la ópera prima de Oakley ofrece ricos ejemplos para reflexionar sobre todos los criterios que Nora Rabotnikof desmenuza en su texto “lo público, lo privado”. Eso sí, los espejos que reflejan a nuestra protagonista, todas las ventanas que permiten entrever la gestualidad del elenco, nos recuerdan que el cine puede ser un continuo escurriéndose hasta de las teorizaciones más agudas. 

(Reino Unido, 2022)

Guion, dirección: Georgia Oakley. Elenco: Rosy McEwen, Kerrie Hayes, Lucy Halliday. Producción: Hélène Sifre. Duración: 97 minutos.

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