A Sala Llena

Crítica: Bright (Netflix), por Daniel Nuñez

(Estados unidos, 2017)

Dirección: David Ayer. Guión: Max Landis. Elenco: Will Smith, Joel Edgerton, Noomi Rapace, Lucy Fry. Producción: David Ayer, Eric Newman, Ted Sarandos, Bryan Unkeless. Duración: 117 minutos.

Netflix es una máquina de hacer productos. Series, documentales, cine; el universo de este monstruo se asemeja al que, por ejemplo, reinó HBO en los 90. La idea del “producto” se basa, globalmente, en la posiblidad de redondear un modelo abarcativo para el consumo colectivo. Si uno googlea la palabra aparece la siguiente descripción:

“Un producto es una cosa o un objeto producido o fabricado, algo material que es producido de manera natural o de manera artificial, elaborado mediante un trabajo para el consumo. Producto proviene del latín productus y posee diferentes significados en diferentes áreas”.

Vayamos por partes. En el cine hay una mirada sentenciosa por parte del espectador cuando se enfrenta al mainstream, cine comercial o simplemente producto (en estos tiempos la mejor definición). Esa mirada, mayormente cínica, nos aparta casi inconscientemente del pensamiento, de la reflexión, del análisis. No obstante, alguien dijo una vez que “todo fenómeno pop merece ser estudiado”. Lo popular, lo que se apega más a reglas del consumo, no es sinónimo de deficiencia, pero sí de ciertos elementos pautados bajo la logística genérica. Al espectador muchas veces lo genérico le causa repulsión. Desde hace tiempo Netflix elabora un producto tras otro, sin si quiera dar respiro porque, sabemos, de eso se trata. Fabrica en serie, y deja depositada en el espectador una autoconsiencia sobre lo que verá: un producto. Ni más ni menos. Bright (2017), film lanzado bajo esta plataforma, deja claro que el diablo del consumo en streaming insiste con ideas superficiales, redondas en esa cáscara, pero tan vacías que cuesta apegarse a ellas de manera visceral.

Bright cuenta la historia de dos policías en un cosmos, digamos, paralelo al que vivimos. Entre nosotros habitan Orcos, Elfos, Hadas y un sinfín de seres míticos que evolucionaron (o involucionaron) a la par nuestra. Es como si trasladáramos El señor de los anillos a la actualidad. O más bien, como si mezcláramos El señor de los anillos con Arma mortal. Suena descabellado, cool, bizarro, porque actualmente eso vende. El relato se centra en Daryl Ward, (Will Smith) un policía negro y simpático -regla de la Buddy Movie– pero reacio a seguir trabajando con su compañero Nick Jakoby (Joel Edgerton). Jacoby es el único orco que trabaja para la ley ya que los humanos detestan (detestamos) a los de su especie.

Los orcos son a la vista una decadencia potenciada, por lo que al ver a Jakoby enfundado en su uniforme, los suyos lo acusan de traidor, basándose en un código moral y ético de creencias. Una noche, tras un tiroteo en un suburbio, los agentes encuentran una varita mágica, mcguffin simbólico de un cine que, en definitiva, implica una ilusión en tanto sinónimo de algo intangible, incorpóreo, que se disuelve. Esa varita solo puede ser utilizada por los Bright, los que en el cine de género suelen llamar “elegidos”. Esos elegidos (el último de tal especie sería el querido Neo de Matrix), son perseguidos por los malos de la película, que andan tras ese atrezzo desde hace tiempo.

El film de David Ayer (Suicide Squad) es, como se aclaró en párrafos anteriores, un producto autoconsiente que intenta mixturar una mirada actual del mundo con una idea básica de la tradición clásica norteamericana que atrasa décadas. Pues, si bien hay gags que funcionan y muy bien (la música orca es de lo mejor y más hilarante del relato), así como algún momento políticamente incorrecto que luego recae en cierta paradoja moral (la escena donde Ward mata a escobazos a un hada puede parecer súper cruel pero no para los que estamos hartos de bichos digitales, y más si aquí estos seres se muestran como entidades desagradables en plan mosquito monstruoso), Bright no puede desprenderse de su esencia de producto. Todo parece estar ideado con una estrategia fría y reducido a tópicos que manchan la sustancia clásica y la transforman en cliché.

Si antes el comic relief era siempre el compañero negro de las Buddy movies (las Arma mortal, 48 horas, El último boy scout, Hombres de negro, etc.), ahora – y para no reducir ninguna raza, etnia o como queramos llamarla- se expone un elemento de fantasía, los orcos, amén de la corrección política. Bright por momentos intenta jugársela por la exposición de violencia, decadencia y alguna humorada, pero en su discurso final e involuntario parece ladrar y jamás morder: ¿Por qué el comic relief no es un blanco? ¿Porque el hada que mata Ward no es físicamente adorable y juguetona en vez de grotesca y agresiva? ¿Por qué el film no se queda en las formas de un policial duro aun cuando juega con fantasía, dejando de lado el barniz del sueño americano con esas bobadas de ser los (no uno, sino dos) elegidos?

En definitiva, esa visión del elegido no es más que el sueño de todo americano que desea ser o tener una vida extraordinaria, un reducto que nada tiene que envidiar a Las 50 sombras de grey. Un film que toma dicha idea y la lleva a buen puerto no deja entrever la tergiversación interna de su cometido, salvo que algunas (malas) decisiones narrativas lo dejen al

descubierto. El ogro (como en la hipócrita Shrek) no puede ser ogro a secas. No puede ser un simple policía que cumple con su deber, y así seguir el sueño que siempre tuvo Jakoby: ser un agente de la ley. Como en Shrek, el ogro tiene que dejar su naturaleza inherente porque esa fantasía (la del espectador) es un anhelo que calma la realidad cruda en que vivimos. Con Ward (Smith, ese negro que sueña ser blanco y casi siempre niega su etnia; el indicio más notorio es que sus personajes siempre encuentran parejas blancas) sucede lo mismo: aparentemente ni sus fumones vecinos lo respetan, y ese respeto, según la película de Ayer, se lo ganará siendo un elegido, no por decisiones afianzadas a lo cotidiano.

Bright coquetea (para nada mal) con el thriller al enfatizar el enfrentamiento entre policías, una formalidad narrativa más interesante que lo visto en la ampulosa segunda mitad del film. Extrañamente, el relato se divide en dos: la primera parte, la más interesante, acontece entre pandillas, bandas de metal extremo en clubes infectados de punks old school (y todo tipo de roqueros), otorgando una visión más orgánica, corpórea y material. Para el segundo tramo, aún con la presencia de Noomi Rapace (la mala, bien mala) todo se diluye. La fantasía toma las riendas, dejando en claro que los desbordes digitales son una necesidad en las formas de hacer cine hoy en día. Sin mencionar que la idea base es igual a la de aquel film de los ochenta llamado Alien Nation (1988).

 

 

© Daniel Nuñez, 2018

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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