Los conspiranoicos –ahora que son ubicuas las teorías conspirativas, como la que impregna el argumento de esta película– jamás obtendrán pruebas fehacientes ni videos concluyentes sobre por qué hay público y prensa que persiste en entronizar a directores como Yorgos Lanthimos, padre del nuevo autorismo europeo mainstream, abuelo de la nada cinematográfica (perdón, Marechal [perdón, Miguel Abuelo]) como si fuera el nuevo Truffaut o el nuevo Moretti, ya que la historia del cine –la oficial y la mental– solo salva y guarda lo que verdaderamente importa: la fuerza devoradora, anticipatoria, modificadora, estética, metafórica, vidente, revulsiva, provocadora, creativa, vulgar, popular, transgresora, onírica, espiritista, omnisciente del arte del cine; no la huella de sus apóstoles falsos, de los profetas de la linda fotografía y la imagen alegórica que trabajan para que los festivales de cine en los que sólo importa el negocio del cine impriman su Official Selection entre dos ramitas de laurel y así volver a casa, dormidos en eso mismo, los laureles. Lejanos los tiempos en los que solo soñábamos con conocer un solo Laurel: el que iba con Hardy.
Silencio, que empieza Bugonia: con caretas de Jennifer Aniston, dos pobres tipos medio desclasados secuestran a la CEO de una corporación y la encierran en un cuarto deprimente para torturarla con electricidad mientras suena “Basket Case” de Green Day. Este modus operandi sorpresivamente cruento con detalles de la cultura popular tiene un objetivo: pedirle a esta CEO que se contacte con su nave madre alienígena para evitar que su raza, que viene de Andrómeda, la galaxia más cercana a la Vía Láctea, aniquile la Tierra. Ninguno de los personajes captura un ápice de carisma al vuelo, y ahí donde empieza Bugonia, termina. Pero hay vueltas al final. El cine mediocre se salva con vueltas de tuerca porque la mediocridad es literatura filmada: lo que pasa es más importante que cómo pasa. Un clásico del fin de nuestros tiempos fílmicos.
El formalismo preciosista de Lanthimos, quien parece haber aprendido cine en un local de Zara, puede confundirse con un episodio fallido de Mr. Robot o de cualquier otra serie que se haya apropiado del manierismo visual en el que el encuadre coloca a un rostro en la base inferior de un plano inmenso en el que todo lo demás es una pared gris o blanca y con eso construimos la percepción de una soledad. Así de burda es la manera en que nos toman de estúpidos.
El cine no hay muerto ni morirá. Lo que volvió a morir, porque ya murió antes, y luego renace (no seamos apocalípticos), es la Verdad en el cine. Los vestigios de esta Verdad hay que buscarlos hoy entre los escombros del cine sinceramente independiente, que es poquísimo. En el cine de barrio. En el cine hecho a jirones, a los ponchazos, con presupuestos nulos. O en el cine popular, porque el cine nació popular, no entre dos laureles y un calcetín de Thierry Frémaux todo baboseado. O en la filmografía de alguno de los pocos grandes cineastas que quedan en este plano, ya sabemos quiénes son, no hace falta mencionarlos. O en los festivales de cine genuinos, que también los hay.
El saldo más relevante al ver Bugonia es apreciar la posibilidad de que a Lanthimos le fascine hasta la excitación sexual musicalizar las escenas de violencia gore con emanaciones wagnerianas. Si estuviera vivo Jacques Rivette le pegaría un tincazo amonestador en la oreja. Como trabaja Lanthimos, es precisamente lo que hacen los fraudes del cine fantástico. El reverso de la mugre pura de George A. Romero. Lo contrario al silencio de los asesinatos de Henry, retrato de un asesino (1986). Estamos dando ejemplos que podrían ser cientos. Pero no queremos ensayar una Biblia en estas páginas abocadas al entretenimiento. Acotemos simplemente que el trabajo de valorización del plano en este cineasta es una ausencia evidente hasta la catástrofe visual: reina el primer plano casi permanente, como si alguien compusiera una canción estructurada solo con estribillos. Este engendro de la elegancia (el cine no es elegante ni pretencioso, es barroso y crudo) parece un remake a cargo de Netflix grabado (sí, grabado) solo con drones prolijitos y ningún travelling rústico filmado (sí, filmado). Digamos más: como la diferencia evocatoria que existe entre el zumbido de un dron y el sonido de un proyector de 35mm.
Si fuera legal les dejaría acá mismo el link para ver Save the Green Planet, la original, inexistente en plataformas de Argentina. Pero no puedo. Sí puedo anticipar el horror: más pronto que tarde podrán ver la nueva de Yorgos Lanthimos en el streaming más cercano a sus domicilios. Probablemente en el de Ted Sarandos, ese extraterrestre colonialista empeñado en conquistar nuestro planeta con filtros ocres, altibajos sonoros dentro de la misma toma y ratios de aspecto para estrabismos mórbidamente divergentes.
Para más inri, Lanthimos detesta a la humanidad. El final lo declara.
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(Irlanda, Reino Unido, Canadá, Corea del Sur, Estados Unidos, 2025)
Dirección. Yorgos Lanthimos. Guion: Will Tracy. Elenco: Emma Stone, Jesse Plemons, Aidan Delbis, Mark T. Lewis, Alicia Silverstone. Producción: Ari Aster, Ed Guiney, Lars Knudsen, Jerry Kyoungboum Ko, Yorgos Lanthimos, Miky Lee, Andrew Lowe, Emma Stone. Duración: 118 minutos.







