A Sala Llena

Claudia

CEREMONIA SECRETA

Entre las tantas variaciones posibles del relato policial, existe una que busca primero crear todo el clima necesario y hasta previsible del complot ineludible que da base a su organización como ficción, luego redistribuir las partes para arribarse a una conclusión no imprevista, sino que parece eliminar la meta de toda ficción criminal. El descubrimiento de algo, un crimen, por lo general.

Así tenemos por ejemplo, “Pierrot, mi amigo” de Raymond Queneau; autor ducho en este tipo de variaciones sobre convenciones narrativas ya canónicas. También algunas de las novelas de Alain Robbe-Grillet (“Las gomas”, “En el laberinto”) Y una de las más perfectas según ese modo, que es “La calle de las bodegas oscuras” de Patrick Modiano.

Se despliegan pistas, se describen personajes, se traman situaciones, y donde todo ello debería conducir a una meta: digamos a un crimen. Pero no existe tal. O tal vez no hemos sabido reemplazar a ese detective que todo lector de ese tipo de tramas, reclama como posible investigador.

En el cine, esto se ha tratado o se lo ha intentado tratar de diversa manera, aunque no fuera por cierto algo muy frecuentado, y menos logrado. El ejemplo canónico es ese film todavía secreto, París nos pertenece (1959) de Jacques Rivette.

Un grupo de amigos en un París bohemio y una obra de teatro en marcha con sus actores, director y demás que la ensayan. Pero donde súbitamente comienzan a aparecer, a ser invadidos por hechos extraños. Un complot parece rodearlos e incluso hacerlos desaparecer.

Como en Lang, esto se vuelve paulatinamente una situación padecida -o delirada- por un grupo reducido de personas, pero se puede entender también que se trata de una trama que abarca muchas más capas de la realidad cotidiana.

Este film de Rivette, fue la, digamos, inspiración, y más que eso de Invasión, film del que ahora se cumple el medio siglo y cuyo aire de familia con París nos pertenece puede ponerse ahora sobre el tapete. Puesto que en nuestros varios escritos y seminarios al respecto, lo hemos obviado por razones que no vienen al caso.

Una situación aparentemente previsible, una obra, o una busca en marcha, y que se complica o se desarma por razones oscuras.

Claudia, el último film de Sebastián De Caro, se inscribe en esta tradición. No por el estilo de la puesta en escena, sino por el motivo de la trama -el orden buscado o anhelado- y que se frustra por alguna intromisión arcana.

Aquí la obra en marcha se trata de una fiesta de bodas a cargo de una mujer obsesiva por el orden y la eficiencia, la que da título al film, que es convocada como “wedding planner”, poco después de la muerte de su padre, y donde además debe reemplazar súbitamente a una colega enferma.

¿El lugar? Una casona entre paqueta y ominosa. ¿Las personas y personajes? Los diversos familiares que rodean a la pareja de novios. Una novia por cierto que busca consagrarse como fugitiva o en vías de escape. Un novio en Babia y un padre de la novia que parece ocultar bajo su pétrea máscara inclinaciones perversas así como relaciones con grupos desconocidos, pero que huelen a algo marginal. Unos pocos invitados que oscilan entre la indiferencia lunar y llevar algún cuchillo bajo el poncho. Finalmente un mago de salón, vestido como salido de una ilustración para “Fantômas” o para “El fantasma de la Ópera”.

Pero todo comienza a ser otra cosa. Una pesadilla fría. Una brizna casi invisible entre los pliegues de la ceremonia.

Claudia y su ayudante, que clásicamente es el reverso del carácter de aquella, buscan organizar el caos que se precipita. Una ley de Murphy rigurosamente puesta en escena. Relaciones secretas entre los presentes. Signos ominosos y hasta macabros surtidos en las zonas más imprevistas de la añosa casona.

El desarrollo de la trama puede parecer azaroso. Pero es posible que un orden particular y secreto organice esa desorganización. Esta puesta en espiral, en sus diferentes torsiones y círculos que parecen encontrarse, o tropezarse con reminiscencias de films anteriores; no sólo situaciones, sino diálogos aparentemente banales, así como los propios interiores y exteriores de la casona.

Pero ¿y qué pude pensarse de este lugar? ¿Es una colección heterogénea de señales materiales? ¿Es un cambalache chic? ¿Es tal vez un Aleph de Clase b?

Es allí que los espectadores, deben oficiar de detectives. Deben ser ellos los auténticos y solo posibles planners de esta wedding. Que, debe subrayarse, no tendrá lugar, porque se impone, en un reverso evidente, celebrar antes que oficiar.

El humor de Sebastián De Caro, ya más que identificable en su obra anterior, no solo fílmica, sino escrita y de monologuista, se hace en Claudia más sutil. Más sotto voce. Es un humorismo gentil que puede derivar a lo negro y hasta a lo macabro.

Claudia es un film insólito en el cine argentino de las últimas décadas. Pero decimos insólito, no en el sentido ya mohoso y banalizado de “vanguardia”, “ruptura” o ripios semejantes.

Insólito por mantener un más que delicado equilibrio entre la pasión bulímica por el cine, y la firme postura de no adormecerse en ella, sino sostener esa pasión como base o practicable de una puesta en escena por demás personal.

calificacion_4

 

 

 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Argentina, 2019)

Guion, dirección: Sebastián De Caro. Elenco: Dolores Fonzi, Laura Paredes, Julieta Cayetina, Julián Kartun, Gastón Cocchiarale, Jorge Prado. Producción: Sebastián Perillo, Rosana Ojeda, Juan Pablo Colombo, Fernando Abadi, Blas Rimmaudo. Duración: 90 minutos.

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