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Cine

Crítica de “Clayface”, film dirigido por James Watkins

DEL MITO AL COMIN Y DEL COMIC AL CINE

En Clayface, Matt Hagen, un joven y apuesto actor en ascenso comete un terrible error al acostarse con una desconocida con quien coquetea en un reconocido club pese a las advertencias de su mejor amigo, pues la mujer, es la pareja de Markos Szabo, un poderoso y corrupto mafioso que tiene agarrado a todos en Gotham de las bolas. Es así que Szabo, al otro día, arremete contra el Hagen desfigurando completamente su rostro con una navaja y dejándolo en grave estado.  

Hagen recurre a reiterados intentos por reconstruir su cara, pero nada da resultado. El daño parece irreversible. Es por eso que acude a la Dra. Caitlyn Corr, especialista en regenerar tejido; una joven cuyos métodos aun experimentales están a un paso de revolucionar la medicina moderna tal como la conocemos. El joven, sin más alternativas, se presta como conejillo de indias y el proceso, con el tiempo, da resultados. El problema es que las células que la doctora le inyecta a Matt comienzan a mutar y a absorber de alguna manera, gradualmente, las emociones que el protagonista proyecta y las mismas actúan de manera independiente e inteligente, sin que el pueda controlarlas. De esta forma, su rostro se altera de forma grotesca cada vez que se deje llevar por todo tipo de sentimientos profundos, al menos hasta que logra paulatinamente, controlarlos. Es así que junto a la Dra. Corr descubren que asombrosamente puede imitar otras formas de vida.  

Matt, de esta manera, aprenderá a utilizar esta especie de don colateral que el experimento dejó en el para asimilar a todo aquel que se le plazca y así poder vengarse de quienes le quitaron la identidad y de quienes lo traicionaron. Claro que deberá pagar un precio muy caro ya que con el transcurso del tiempo su psiquis hará un descenso a los límites de la ética y la moral y en consecuencia, de la locura.  

Desde Proteo, el Dios del mar que cambiaba de forma a voluntad para escapar de sus enemigos transformándose en todo tipo de criaturas, bestias, monstruos y hasta en elementos como el fuego o el agua, pasando por Prometeus que moldeó a los seres humanos en arcilla, hasta llegar a las tragedias modernas del cine como en el caso de Darkman (1990) de Sam Raimi o La mosca (1986) de David Cronenberg, en donde se enfatiza la desintegración gradual del control del individuo tras perder su identidad, la fantasía de mudar formas parece mantener el interés en la sociedad desde tiempos inmemoriales. Y es que, de alguna manera, la pérdida de la identidad (muchas veces simbolizada con la deformación del rostro o el cuerpo) es uno de los miedo más profundos y atávicos a la condición humana.  

Para ello, esta adaptación cinematográfica de un personaje de DC comics está más cercana al horror corporal cinematográfico del que se viene tomando partido desde los años 70 y 80 en adelante, en donde la reflexión existencial e identitaria del sujeto se encuentra atada a la pérdida de la espiritualidad, consecuencias de un mundo que dio un giro drástico en aras del triunfo del antropocentrismo del siglo pasado.  El terror corporal, justamente, toma al sujeto urbanita, asimilado completarme dentro de la estructura moderna e incorporándolo como un engranaje más a la mentalidad racionalista y positivista que fue ganando terreno desde la llamada revolución industrial de principio de siglo XX. La muerte espiritual de la sociedad pone de manifiesto un horror inconmensurable: la desintegración total del cuerpo material.  

Clayface (película) entiende a la perfección esta oscura visión del mundo y desde este prisma elabora una cosmovisión sobre una sociedad (espejada en la ficticia Gotham y espejados entre sí, prestar atención a este detalle) que parece vivir al borde del purgatorio: en ella todos pecan, todos parecen ocultar algo, la mayoría actúa en base a intereses económicos y cuándo no, lo hacen para salvarse a como dé lugar.  

Basta con enumerar los siete pecados capitales para entender la venenosa y serpenteante trama que se arrastra peligrosamente a partir de ello: Matt cae gracias a la lujuria y la vanidad al acostarse con la pareja de Szabo, para luego sentir afecto por la Dra. Corr, pronta a comprometerse y llenándolo de envidia e ira. Su versión monstruosa, su Mr. Hyde, lo devora lentamente, hasta absorber toda su persona (gula).La avaricia, a la vuelta de cada esquina, es utilizada como reflexión del mundo capitalista liberal real, cercano a lo que se está viviendo en estos tiempos con el llamado “nuevo orden mundial”.  Gotham por su parte, duerme en los laureles y deja que la corrupción y el crimen la carcoman desde sus cimientos, sin alguien que realmente se movilice ante desesperante situación, como si una pereza mantuviese a la sociedad totalmente aletargada.  

Matt y la Dra. Corr, por su parte, sostienen entre ambos, el último ápice de humanidad y espiritualidad, simbolizado en el amor y cariño que comienzan a sentir el uno por el otro. Su relación entonces se convierte en un vínculo perfecto: ella, mujer de color y él, hombre blanco, son la configuración del orden ante tanto caos, como la representación ideal del Ying y el Yang. Esta relación, que abre paso a la simbólica perfectamente plasmada, une mente (Dra. Corr) y cuerpo-materia (Hagen), logrando el equilibrio necesario que lleve a ambos a dicha conexión (en amor y espiritu), luego truncada por la pérdida de control del protagonista. Esa pérdida de control, la fe y los límites de la ética y la moral, convierten al relato en una tragedia sobre los descensos a los infiernos (prestar atención hacia dónde llega Hagen al final) que eran moneda corriente en, por ejemplo, el cine de los 70. Es así que el film se vuelve un Rara avis dentro del  universo de las recientes adaptaciones del comic a la gran pantalla.  

Que el terror sea parte medular del relato no es de extrañar: hoy el género está pasando por un momento bisagra tal como sucedió allá por los 80, alcanzando niveles de popularidad y de expansión que llevaron a identificar toda una década bajo su ala. Recordemos sino la influencia que ejerció en su momento en todo tipo de terrenos, pasando por videoclips (como el popular Thriller de Michael Jackson), series de TV hasta dibujos animados. Esta explotación del género, alcanzando una hiperinflación a finales de 1989, condujeron a su declive en la década siguiente, teniendo que resurgir paulatinamente con algunas obras que resisten aun el paso del tiempo. Luego de tres décadas, el terror vuelve a resurgir exitosamente, aun cuando haya mucha demanda y poca calidad artística y cualquier película moderadamente exitosa sea objeto de exagerada admiración por parte de las nuevas audiencias. Tal es el caso de Obsession, Blackrooms o The substance, por nombrar un par de películas actuales sobrevaloradísimas pero que sirven para, al menos, abrir el camino a otros productos más interesantes. 

 Clayface, que se acerca y sin miedo al gore extremo, las deformidades grotescas (ojo con el homenaje a La cosa Carpenteriana al final) y todo lo que al género fantástico lo vuelven puro encanto y energía, es una película que, gracias a Dios, no cae en solemnidades ni alegorías baratas, por el contrario, se reafirma en el relato clásico sin intenciones pretenciosas, pero sí abordando todo desde una construcción inteligente y sumamente autoconsciente ( la mirada crítica hacia Hollywood, su poco acercamiento al cine “basado en comics” y más allegado al que suele auto referenciar a sus influencias).  

Es una obra cuidada, directa  y sin necesidad de querer sorprender con desesperadas vueltas de tuerca o efectos rimbombantes para comprarse al espectador.  Por el contrario, apela a ideas firmes, las cuales brillan bajo un guion que resignifica cada elemento (tal es el caso de la profesión del protagonista, donde juega constantemente a ser “otra persona” o la célebre frase amenazante popularizada en una de sus películas,  luego resignificada maravillosamente casi al final), sin despistar al espectador con caprichos absurdos, como suele pecar el cine en estos tiempos.  

Que Clayface sea una muy buena película, teniendo en cuenta el panorama del cine actual, es un hallazgo que no hay que dejar pasar. Quien sabe, tal vez, en unos años, sea un clásico de culto.  

(Reino Unido, Estados Unidos, 2026)

Dirección: James Watkins. Guion: Mike Flanagan, Hossein Amini. Elenco: Tom Rhys Harries, Ruby Sear, Naomie Ackie, Eddie Marsan. Producción: Lynn Harris, Matt Reeves, James Gunn, Peter Safran. Duración: 108 minutos.

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