Para empezar, tengo que admitir que hasta la semana pasada no había visto ninguna de las películas que componen la saga de Torrente, dirigida y protagonizada por el español Santiago Segura. Aunque conocía el tono ácido y de humor negro de las películas por diversos clips, nunca me había interesado adentrarme en el universo de este corrupto policía profundamente grotesco y franquista. La semana anterior a ver esta última entrega, de nombre Torrente presidente, me pude meter de lleno en las películas de la franquicia y debo decir que, si bien los resultados son irregulares dependiendo cada entrega, es entendible el culto que se formó alrededor de ella. Los chistes, como en un especial de stand-up, son constantes e hilarantes, llenos de referencias culturales tanto españolas como internacionales, y los personajes tienen características que nos invitan a reírnos a costa de ellos pero también a encariñarnos. Además, el personaje de José Luis Torrente tiene todos los condimentos para ser el burdo antihéroe que necesita un film español cómico que intenta satirizar la política y la cultura de aquel país.
En esta nueva entrega se repite la fórmula de las anteriores, logrando involucrar al público en un torrente de comedia oscura y satírica, pero lo hace a costa de chistes obvios, siendo carente de los recursos artísticos y cinematográficos que podrían darle a la película un respiro frente a tanta burla, como hicieron correctamente otras sátiras políticas como Borat o El dictador de Sacha Baron Cohen. Podemos encontrarnos con cosas interesantes que exponen una realidad política, como la escena del final con el cameo del reaparecido Kevin Spacey, pero no podemos sostenerlas a través de ningún análisis crítico, porque está todo planteado de un modo tan burdo y poco sostenible que no permite al espectador pensar por sí mismo. ¿Dónde queda en Torrente presidente la noción de argumento? ¿La noción de tramas y subtramas? ¿Los recursos de cámara y montaje? Todo lo que tiene parece estar puesto a disposición del chiste fácil y la parodia, pero en ningún momento se nos invita a reflexionar, sino más bien se nos obliga a encontrar la referencia y a reírnos del supuesto ingenio de Segura. Me permito citar a un autor de primera línea como J. R. R. Tolkien en su nota sobre El señor de los anillos, para ejemplificar por qué esto es problemático: “Pienso que muchos confunden «aplicabilidad» con «alegoría»; pero la primera reside en la libertad del lector, y la otra en un pretendido dominio del autor”.
Está claro que ‘Torrente’ no busca nunca eso, y no creo que el director se lo haya planteado mucho. Pero ese es justamente el problema: cuando una comedia decide entrar al terreno de la sátira política, acepta implícitamente ciertas responsabilidades que van más allá del chiste. La saga se construyó sobre la tosquedad y el exceso, y eso puede funcionar cuando el objetivo es parodiar la cultura popular o los géneros cinematográficos. El problema es que Torrente presidente tiene lecturas políticas genuinamente agudas, pero las entierra bajo un procedimiento que no les da ningún espacio para respirar. No se trata de pedirle profundidad filosófica a una comedia berreta, sino de señalar que la película misma desperdicia sus propios aciertos constantemente.
Esto se hace evidente en el tramo final, cuando José Luis Torrente llega efectivamente a la presidencia solo porque el personaje de Kevin Spacey maneja el sistema y es capaz de ponerlo en ese lugar —un recurso tan obvio como el del diabolus ex machina—. No significa que no estemos de acuerdo con ciertas cosas, especialmente su mirada sobre las figuras mesiánicas de la ultraderecha que están apareciendo en los últimos años, reivindicando dictaduras con propuestas cada vez más delirantes. Pero al no sostener nada cinematográficamente, el resultado es el comentario que podría hacer un panelista en su columna de televisión.
Lo más interesante de la película reside más en la experiencia de verla en cines que en la película en sí. Me encontré con una suerte de ritual, en el que pude experimentar de primera mano el culto a este personaje y a sus compañeros de aventura. Aquellos que estaban en la sala comentaban qué iba a suceder en voz alta, anticipando los chistes antes de que ocurrieran. Es decir, un tipo de experiencia de sala que se sentiría incómoda en cualquier otra película, pero que en este caso resultaba completamente adecuada.
El único momento en el que casi no hubo burla, y apenas comentarios, fue la aparición de Javier Milei, o mejor dicho del actor argentino Carlos Latre, que personifica al presidente argentino. Me pareció interesante esto como fenómeno social, porque no faltaron las risas en la burla a Donald Trump (interpretado por Alec Baldwin) o a Pablo Iglesias, caracterizado acá como si fuese un paralítico, aunque le hayan cambiado el nombre. Esto, que puede significar tanto un temor a reírnos de aquello que sí nos acusa directamente (para aquellos que no son oficialistas) como un temor a entender que Milei cae en la misma categoría de los políticos de los que se burla la película (para aquellos que sí son oficialistas), me hizo dar cuenta de cómo el ritual de la sala de cine exponía algo más que lo que la cinta se propone: nos enfrenta con nuestras propias convalecencias en un período político mundial particular, en el que personajes como Torrente realmente pueden ser posibles candidatos a cargos del Estado.
Torrente presidente prefiere hacer alarde de su sátira antes que intentar organizar una posibilidad distinta. La franquicia de Torrente se basa puramente en este procedimiento: el chiste como un modo de “exponer” una verdad, pero la falta total de recursos cinematográficos y artísticos para permitirnos cambiar esa realidad. A algunos les puede resultar suficiente, pero a otros nos parece demasiado poco.
(España, 2026)
Guion, producción, dirección: Santiago Segura. Elenco: Santiago Segura, Fernando Esteso, Jerónimo Nieto, Alec Baldwin, Kevin Spacey. Duración: 102 minutos.


