Que estranha forma de vida
Tem este meu coração
Vive de vida perdida
Quem lhe daria o condão?
EL JARDINERO FIEL
Una quinta en Portugal no fue la última película que filmó el actor español Manolo Solo, fallecido prematuramente pocos días atrás (con respecto al momento en el que escribo esta crítica). Sin embargo, tiene la involuntaria virtud de convertirse en una despedida a la altura del intérprete, que a los 62 años empezaba a recibir protagónicos (el primero se lo dio Víctor Erice en Cerrar los ojos) tras una larguísima trayectoria como actor de reparto.
Una quinta en Portugal despide a Manolo Solo en un terreno que domina: el de la interpretación sutil, sin estridencias, tan compleja como aparentemente ligera. Lo despide, también, en una película sobre la interpretación como apertura al descubrimiento, a la aventura, incluso al peligro. Como un profesor de Geografía que termina por hacer cuerpo una de las preguntas chicaneras de sus alumnos: ¿por qué no baja al llano, en vez de mirar líneas en un mapa como si allí se pudiera descubrir algo sobre la vida y el mundo?
El cambio de identidad a través de un hecho fortuito es uno de los tópicis más transitados por el cine: desde el Tom Ripley de Patricia Highsmith en sus sucesivas adaptaciones hasta Jack Nicholson en El pasajero de Antonioni, desde Leonado DiCaprio en Atrápame si puedes hasta Joel Edgerton en El maestro jardinero. El cambio de vida -y, con él, la posibilidad de lavar nuestros pecados y abrirnos a experiencias que jamás hubiéramos experimentado- no es sólo una fantasía común: también permite narrar el armado de una puesta en escena dentro de una puesta en escena, un acto que le permite al cine reflexionar sobre sí mismo como máquina de mentir y, desde la mentira, configurar nuevas realidades.
Las referencias de Una quinta en Portugal son muchas, pero la más significativa resultó para mí Bajo la arena, película de François Ozon. En aquella película, el marido de Charlotte Rampling desaparecía durante un viaje a la costa de Landes y ella tenía que asumir un duelo trunco: ¿era el duelo por una muerte, o por un abandono?, ¿cómo se asimila algo cuya silueta resulta difusa, cuestionable y ambigua?
Una quinta en Portugal propone una suerte de espejo de aquella Bajo la arena: esta vez el duelo cae del lado del marido pero, en lugar de atarnos a su punto de vista, la directora Avelina Prat nos muestra cómo Milena (Kasia Kapcia) lo abandona por propia voluntad. Hay una valija, una carta con explicaciones se descarta, un escape furtivo. El vínculo que el espectador establece con el protagonista es totalmente distinto: su angustia se nos vuelve un tanto más patética y, a la vez, podemos identificarnos con él sabiendo que nada verdaderamente grave ha sucedido.
Si Charlotte Rampling volvía de viaje para hacer el duelo, Manolo Solo viaja. Se toma unos días en Portugal, donde traba amistad con un jardinero que está a punto de comenzar un trabajo nuevo en una quinta señorial. La mano del destino sacude nuevamente la vida del protagonista: el jardinero fallece repentinamente y queda abierta la posibilidad de tomar su lugar. De esa manera, el hombre de los mapas deviene hombre de las raíces, de la tierra y del riego. El académico baja al llano, aunque para eso tenga que trocar una vida por otra en una suerte de revancha simbólica contra esa mujer que lo abandonó.
Lo que sigue adopta las maneras a las que el cine de autor europeo nos tiene acostumbrados, algo bucólicas y estancas, para subvertirlas a través de una estructura de thriller que va develando capas y capas de mentiras, engaños y bifurcaciones de aquello que llamamos verdad. A Prat le alcanza con un puñado de personajes, un trabajo de cámara tan elegante como sugestivo y una gran vuelta de tuerca que, como todas las grandes vueltas de tuerca, responde a un entendimiento superior de aquello que se está contando.
Una quinta en Portugal resulta, finalmente, una celebración de las infinitas posibilidades que tiene el ser humano de reinventarse sin perder su esencia más allá del pecado, las miserias e incluso la muerte. Avelina Prat mira la trayectoria de sus personajes como líneas que se intersecan de manera cíclica, cada encuentro profundizando su comprensión de un mundo siempre misterioso.
Es allí donde se mueve Manolo Solo, un protagonista enigmático y a la vez capaz de una profunda ternura, un hombre que parte del resentimiento y la confusión encuentra una puerta a otra existencia en aquella quinta portuguesa. Una quinta con una historia en la que él es apenas una nota al pie, un punto en el mapa pero, no por eso, una presencia poco significativa. Un hombre que redescubre su potencia reconfigurando la manera en que lo miran los demás, que encuentra en la actuación la manera de reinventarse. ¿Qué testamento mejor para un actor que un rol así? Hasta siempre, Manolo Solo. Hasta tu próxima vida.
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(España, Portugal, 2025)
Guion, dirección: Avelina Prat. Elenco: Manolo Solo, Maria de Medeiros, Branka Katic. Producción: Adán Aliaga, Miguel Molina, Luis Urbano. Duración: 114 minutos.



