A Sala Llena

Merlí

(España, 2015)

Creada por: Héctor Lozano, Eduard Cortés. Elenco: Carlos Cuevas, David Solans, Francesc Orella, Julia Creus García, Candela Antón.

El mundo al revés

Merlí es una comedia catalana muy de moda seguida por jóvenes y no tanto. Merlí es un profesor de filosofía, recién separado que entra a trabajar a una escuela secundaria pública de Barcelona. Tiene un hijo gay – Bruno – que vive con él y va a la misma escuela. La serie recorre los caminos personales, familiares y sociales de los alumnos del grupo de adolescentes cayendo en las caricaturas más ridículas que este formato haya expresado.

Cada capítulo lleva el nombre de un filósofo o escuela de filosofía, donde el profesor en su clase da un parecer bastante simplificado y torpe del mismo y luego la trama recorre burdamente esa línea. Es la parodia destructiva y moderna de aquella brillante serie llamada Joan of Arcadia (2003 – 2005), donde el encargo divino a la protagonista se relacionaba con un deber que tenía como fin arreglar o acomodar alguna situación de algún personaje de la diégesis, y tenía su correlato en el caso policial que el padre de Joan puntualmente resolvía. Cada capítulo se relacionaba con algún aspecto teológico que se desplegaba de manera transparente en la ficción. En Merlí, cada vez que nos enfrentamos a una cuestión metafísica, la trama y los personajes la eluden de manera escapista, y en lugar de ponerla en juego, se licúa rápidamente en urgencias bajas y destructivas.

Sin detenernos en los malos enfoques, en lo exagerado y maniqueo que es todo en Merlí, en la inmoralidad que puebla el relato, debemos decir que la serie procede al revés del concepto del cine. Nos enseñó el maestro Faretta que todo lo bajo puede simbolizar lo alto, pero jamás al revés. Bien, acá es al revés. Se utiliza a la filosofía – banalizada, simplificada y vaciada de sentido trascendente – para casos particulares y menores que, además, son forzados a decir lo que se quiere decir de antemano. En Joan of Arcadia se parte de la adolescencia para llegar a lo metafísico y en Merlí se parte de la filosofía para llegar a la adolescencia.

Otra comparación interesante es La sociedad de los poetas muertos (Peter Weir, 1989). Aquí, el profesor Keating se equivoca en más de un caso, pero no se cree Whitman. Además de tener claramente mejores intenciones que Merlí. Pero lo que realmente diferencia un caso de otro es que Weir pone su mirada en ciertos errores o excesos de Keating, mientras que la serie en cuestión se regodea en cada equivocación. Hablando de jóvenes y libertad, no es los mismo el carpe diem de Keating que la exaltación a romper todo y a dudar de todo que plantea la serie. Esto se vuelve claro, en la comparación con los demás profesores. En La sociedad… tenemos al profesor de latin, que sutilmente corrige las acciones de Keating. Sirve a Weir de referencia para moldear el exceso romántico de Keating. En Merlí, el profesor simétrico que debería cumplir dicha función – Santi, el profesor de lengua – es juzgado por el autor rápidamente como un tonto y lo mata en el anteúltimo capítulo. Bruno, el hijo de Merlí, se burla repetidamente de Santi provocado por la exaltación que incita su padre. Así, no solamente Merlí se cree el mejor, sino que además es legitimado por los autores como el mejor.

La serie cae a cada rato en la alegoría más torpe y explica constantemente su punto de vista, a saber: el mundo, la religión, el orden, el deber, los valores, deben ser destruidos urgentemente, aún con las formas más tramposas que se tengan a la mano. A cambio, primará el deseo más primario, esto que hoy modernamente se llama “la felicidad”, lo bajo, el desorden y la rebeldía sin sentido, la destrucción de los valores tradicionales, todo en un vago y peligroso canto a la juventud temprana, como si allí estuvieran todas las soluciones. El protagonista – un profesor progre, egoista, soberbio y desleal – lleva adelante un discurso permanente que pone en duda todo y se contradice permanentemente, llevando a los alumnos al desastre a cada paso. Alumnos que por otro lado tienen todos los problemas posibles – familiares sobre todo – y son carne de cañón del desaforado profesor. Como oposición, está el profesor malo – Eugenic – que es puesto en escena a partir de todos los clisés posibles de lo anti progresista, los alumnos lo odian y lo comparan con Hitler. Qué fácil y burdo.

El tratamiento del mundo adolescente y juvenil es paupérrimo. No porque no haya situaciones parecidas en el mundo real, sino porque la trama se esmera en contarnos que todo es así y nada más que así. Nos lo dice, nos lo repite y nos intenta seducir con un movimiento de escamoteo constante de situaciones forzadas, de relaciones engañosas, de mentiras permanentes y de soluciones mágicas. Todos se engañan, todos se mienten, todos se traicionan, pero todo sigue – casi sin sentido – porque la vida es así. Parece ser que el mundo no tiene sentido, más allá de algunas posturas obvias de un progresismo escapista. Y todo esto parece ser bueno.

Los jóvenes de la serie son adolescentes disfrazados de adultos. Entienden, experimentan y deciden prácticamente todo. Ponen en jaque permanente a toda autoridad – padres, profesores, director, etc. –, y el mundo adulto actúa como reflejo de ese círculo juvenil. No hay un juicio valedero a una determinada autoridad, sino que se cuestiona – incentivado por el bueno de Merlí – a la autoridad en sí, a cualquier tipo de autoridad o jerarquía.

El golpe bajo no podía faltar en este contexto y se da cerca del final de la primera temporada cuando muere repentinamente – ¿necesidad del guionista? ¿Necesidad del discurso alegórico? ¿Necesidad del creador de la serie Héctor Lozano? – Santi, el profesor bueno – mostrado casi como un zonzo –, que podría ser un santo si se lo hubiera construido mejor. De hecho es el que verdaderamente entiende y se preocupa a fondo por el mundo adolescente. Claro, los autores no lo ven así.

Como se pude ver, la serie cae en todos los errores imaginables y posibles. Sin embargo hay coherencia. Coherencia con cierto clima de época, con cierta mirada destructiva que hoy es moda en el mundo liberal reinante. Para aquellos que creían que el liberalismo era sólo una teoría económica, Merlí nos recuerda que lo liberal puede ser mucho peor todavía. Lo liberal es un error teológico, un error metafísico. Lo liberal se expresa – todavía más y peor que en lo económico y social – en lo cultural, lo educativo, en lo estético, en lo civilizatorio. La propuesta anti sistema de la serie, como casi todo el mundo progre, termina siendo tan parte del sistema como cada cosa que supuestamente critica o se opone.

El desprejuicio, la liberalidad, la supuesta libertad en estado aniñado gana voluntad en el relato a través de los capítulos y todo sale bien, todo se arregla, todo se compone, como si se tratase de una máquina. Así, toda cuestión trágica, metafísica, espiritual es dejada de lado, barrida bajo la alfombra, escondida. La filosofía – justamente la filosofía –, que es el punto de partida, intenta ser la torpe justificación de todo el dislate.

© Alberto Tricárico, 2018 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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