A Sala Llena

Waves

No podemos darnos el lujo de ser normales

(Trey Edward Shults, Waves)

El hallazgo más contradictorio y no por esto menos valioso de Waves (2019) ahonda en dos formas de amor sin desmedrar una u otra. La película propulsa ambas posturas con el movimiento circular de la cámara, los matices no solo musicales de la banda sonora, la composición de los planos y un ritmo minucioso en el montaje de Trey Edward Shults e Isaac Hagy.

Los primeros siete minutos nos presentan a Tyler (Kelvin Harris Jr.), un muchacho en constante movimiento. La fotografía luminosa de Drew Daniels acompaña a este deportista cuando maneja con su novia Alexis (Alexa Demie) y cuando practica con su padre para la única lucha deportiva que podremos ver en escena.

El guion devela puntillosamente el lujo en la normalidad de Tyler. Su narcisismo no solo está por encima de su salud cuando, por ejemplo, omite tercamente la advertencia del médico. Tampoco le es relevante el retraso de la menstruación de Alexis. La advertencia real del excesivo amor por sí mismo es un levísimo zoom in en una escena hogareña donde sus padres se manifiestan amor. El contraplano de este movimiento, otro zoom in muy sutil hacia Tyler, nos advierte de su soledad, enmarcada además ante persianas entreabiertas. El inicio del diálogo en off del doctor nos habla de sus ligamentos gravemente atrofiados. Shults nos sugiere así que la exacerbación de habilidades físicas empobrece los vínculos emocionales.

Aunque sea cierto que no necesitamos más personajes dubitativos frente al aborto como Alexis – ya el nombre nos plantea una ambigüedad -, este juicio es una postura moral que imposibilita el reconocimiento de lo que hace el realizador con su personaje. Además el ego del protagonista se ve golpeado en una escena donde el plano se confunde a nivel de imagen entre lo que ve Tyler en su pantalla de celular y su percepción. Shults nos está hablando del narcisismo actual a mano de pantallas y deseos rápidamente desechables. Y a su vez, él no busca aleccionarnos sobre alienación. La armonía audiovisual alerta sobre personajes aturdidos por la violencia cotidiana sin que esto implique aturdirnos como espectadores. Las tonalidades recurrentes (azules, verdes y amarillas) y los movimientos sigilosos nos entumecen cada tanto como si nuestra mirada danzara en torno a la desolación del personaje. La película se las arregla para camuflar la impronta indeleble y compleja de los padres en la vida de todo individuo.

Para quien se sienta apabullado por la propuesta audiovisual, valga detallar entonces la escena breve del juicio de Tyler. Con una cantidad acotada de planos, Shults recurre a tres elementos para emocionarnos. El sonido del llanto de la madre del protagonista suena leve sobre un plano medio que la incluye a ella, a su esposo y a la hermana, Emily (Tayor Russell). El plano-contraplano de los tres actores de perfil contrasta por las tonalidades castañas de sus pieles con respecto a las de los padres de la novia asesinada. Estos se abrazan y parecen un solo cuerpo desde el punto de vista de la hermana del condenado de por vida. El tercer elemento inicia la reconciliación: un primerísimo primer plano de perfil de ella donde el llanto de la madre no termina de fluir. Nunca vemos la reacción de Tyler en toda esta escena que no dura ni cinco minutos y que, a su vez, plantea un quiebre anímico sin estridencias.

La delicadeza en el contraste con la segunda parte de la película está marcada por el amor de Emily y Luke (Lucas Hedges). Las luminiscencias rojas tan frecuentes en la primera hora se transforman en el rostro de la actriz, y dan paso a contados encuentros familiares donde los padres están enmarcados con decoraciones estáticas. Por ejemplo, una discusión entre ellos tiene como apoyo visual la cortina marrón claro de la habitación matrimonial para ella y la base de madera de la cama para él. Los vínculos filiales se han aquietado para reconocer los amorosos.

Finalmente, la película no recurre a la explotación de los elementos que suelen enmarcar ciertos contextos raciales en la cinematografía gringa. No ignora por ello dinámicas como la drogadicción o la violencia, sino que son los fantasmas que el realizador aprovecha a través de personajes que acceden a desahogarse con sencillez como lo hace Luke. Shults, también guionista y productor de la obra, le permite a su protagonista femenina comprometerse en una reconciliación entre su novio y el padre moribundo de este, a escondidas de ambas familias. Se consolida así la química entre ambos actores y además concierta la posibilidad de que los hijos no siempre carguen indefinidamente con los karmas familiares.

 

 

 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Estados Unidos, Canada, 2019)

Guion, dirección: Trey Edward Shults. Elenco: Taylor Russell, Kelvin Harrison Jr., Alexa Demie, Bill Wise. Producción: Trey Edward Shults, Kevin Turen, James Wilson. Duración: 135 minutos.

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