A Sala Llena

De Amor y Otras Adicciones, Según Rodolfo Weisskirch

Volver a los 90s

Y un día tenía que pasar… Los 90s han regresado. No, la estética ochentosa ya no es novedosa, ahora tienen que regresar la década de los jeans sueltos, los equipos de audio novedosos, los televisores gigantes (que no eran plasma ni HD) y los medicamentos de venta libre.

¡Ah! Y las comedias románticas con tintes dramáticos, pero agradables a fin de cuentas…

Por estos rumbos transita un “debutante” en el género, Edward Zwick. Sí, el mismo Zwick que desde Tiempos de Gloria hasta Desafío se calzó los zapatos épicos, y no se los volvió a sacar. El mismo que transformó a la delicada Meg Ryan en una soldado de la guerra del Golfo, a Tom Cruise en samurai y a Leonardo Di Caprio en un mercader de diamantes en Africa, regresa a un género que le dio las primeras herramientas cinematográficas, pero por el cuál no es demasiado recordado.

Con elementos del más optimista Garry Marshall, la menos golpebajista Nancy Meyers y el más inteligente Lawrence Kasdan, Zwick convierte un melodrama televisivo en una obra pasatista, entretenida, amena, clásica, pero sobretodo con buenos personajes y soberbias interpretaciones.

Pero quizás lo más elogioso es el ojo del director y los productores para elegir a la pareja protagónica.

A ver, no estamos hablando de una pareja más… de un par de actores jóvenes que tienen química eventual, de forma aislada, sino que estamos frente a una de esas nuevas parejas que se van a inmortalizar en la pantalla… como Cary Grant y Katherine Hepburn, Katherine Hepburn y Spencer Tracy, Tom Hanks y Meg Ryan o  Tony Lau y Gong Li (no voy a mencionar a Julia Roberts y Richard Gere porque no me gustan).

Anne Hathaway y Jake Gyllenhall tienen chispa. Es su segundo trabajo juntos como pareja (en la primera el amor no era recíproco, ya que a él estaba enamorado de su compañero arriero), pero esta vez ambos pueden desquitarse… y quitarse toda la ropa de encima, y disfrutar a pleno de una relación entrañable, creíble y querible.

Dejemos de lado las subtramas dedicadas a las ventas y los speech, a la competencia entre compañías farmacéuticas, al lavado de cerebro, al negocio de la medicina y los remedios en Estados Unidos. Todo eso ya lo sabemos de antemano, y realmente la película, levanta un poco, cuando Randall empieza a vender viagra.

Centrémonos en como Zwick logra escaparle al bulto pesado… a esa sombra que suena tan tentadora para lograr manipular al espectador, pero que sin embargo nunca termina de tomar protagonismo (aunque es centrar para que se desenvuelva el conflicto principal: si la relación debe o no seguir su curso): esa pesadilla se llama “la enfermedad de ella”. No es cáncer, no es SIDA, no es siquiera Alzheimer (como en Lejos de Ella), sino parkinson. Enfermedad conocida si las hay, degenerativa, pero que el cine hollywoodense prefiere no tocar. Quizá sea porque no es mortal, pero nunca se ha hecho una película que trate a la enfermedad con realismo y actitud “positiva”, sin por eso dejar de lado los aspectos negativos, pero a la vez reales. Acá se trata de saber aceptar la enfermedad (uno mismo, en el caso de Maggie) y la pareja saber asimilar que si quiere tener un futuro a su lado, va a tener que enfrentar algo duro.

Zwick no apela al golpe bajo. Ni bien aparece Maggie en pantalla reconoce su enfermedad. Por lo tanto el resto son escenas, donde se intercalan momentos de genuino humor con otros un poco más dramáticos. Especialmente, cuando empieza la segunda hora de película, el melodrama le gana un poco a la comedia, y esta empieza a caer. Pero no demasiado. Gracias a un insospechado instinto para mechar gags, escenas simpáticas, el relato logra revivir a fuerza de humor. Aunque el epílogo es un poco abrupto, la sensación final es satisfactoria.

Gyllenhall es carismático y convincente. Se pone la película sobre los hombros y no apela a demasiados tics. Hathaway, en cambio, un poco (apenas) desplazada por el protagonista es ecléctica, pero siempre creíble. No importan los diferentes estados de ánimos que atraviesa, nunca se despega del personaje y tampoco exagera la enfermedad. Pero sobre todo es sensual… muy sensual. ¿Se acuerdan cuando esta chica era el nuevo descubrimiento Disney? Bueno, se podría decir que creció.

Sí, no todo es colchón de rosas: hay clisés típicos, estereotipos (el hermano regordete de Randall interpretado simpáticamente por el desconocido Josh Gad, que en otros tiempos habría sido Jack Black), lugares comunes y diálogos de terror… pero aún así se disfruta. Por obra y gracias de actores talentosos, divertidos, que provocan que la audiencia se enamore de ellos y de sus inteligentes personajes.

Dentro del elenco secundario se destacan dos grandes: Hank Azaria y Oliver Platt. También hacen breves apariciones Judy Greer, George Segal y la fallecida Jill Claybourgh.

Zwick no tiene miedo en mezclar el parkinson, con la adicción al sexo, los negociados de fármacos, la corrupción de los médicos y el romance happyendingafter en un licuadora con bastante humor. Sin agregarle efectos especiales, sino suficientes afectos especiales. Es sutil cuando las explicaciones están de más, directo y escatológico, cuando es necesario, pero nunca abusa de ninguna de estas actitudes. Mantiene detrás de cámara una personalidad invisible, apela al montaje dinámico y transparente. Pero sin embargo, no tiene la frialdad de otras películas hechas por encargo. Hay meticulosidad en cada puesta de cámara.  

Aunque no se trata de un film adictivo, De Amor y Otras Adicciones provoca nostalgia, es menos pretenciosa de lo que parece y sobretodo es la excusa ideal para llevar al cine a la chica que te gusta… escuchar sus risas… sus llantos, y después…

Como se hacía en los 90s…

 

 

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