A Sala Llena

Debe ser Bueno ser Adrián Suar

 

Y si, llegó otra película argentina programada para recaudar fangote.  Adrián Suar hace de un tipo de mediana edad que sale con pendejas y se tiñe el pelo,  de esos que por Las  Cañitas se ven a patadas. De sopetón le cae una hija del Bolsón y, como hasta el más ingenuo de  los guionistas sabe que esa trama ya la vimos hasta en el Chavo, le dan una vuelta de tuerca y lo convierten en abuelo.

Con una mano en el corazón debo decir que, a la función que entramos mi marido y yo, la poblaba algo así como el elenco completo de Cocoon, un promedio de 4 a 1, entre peinados hongo y calvicies. Apagaron las luces, pasaron la cola de una película de Darin y se largó.

De movida la copia era mala o estaba mal proyectada, estaba oscura, lo que no es raro teniendo en cuenta  la sala que nos metimos.  Para no herir susceptibilidades digamos solamente que hay shoppings que no debieran tener salas de cine.

Me acomodé en la butaca y me comí una barra de cereal haciendo tanto ruido con el papelito, que mi marido me lo arrancó de la mano y lo tiró al otro extremo de la sala bufando y llamándome a silencio.

Al principio pensé que me iba a morir del aburrimiento, pero la verdad es que no, no me aburrí.  Me enganché en un nivel “novela de la tarde con tortas fritas” y la vi hasta el final tranquila. Lo que me llamó poderosamente la atención es que mientras yo me cruzaba y descruzaba de piernas en la butaca, mi marido se destornillaba de risa con los gags deja-vú de la película.

Si vemos Igualita a mi podemos adivinar una sucesión casi  interminable de películas previas como Un Buen Chico, Amor a Segunda Vista, Un papá genial, Jerry Maguire, etc., etc., etc.

La composición de Fredy, el personaje de Adrián, se parece de manera notoria a otras performances de   Hugh Grant,  Tom Cruise o el propio Steve Carell.  Su personaje es el mas corpulento de la trama a nivel desarrollo, los demás, incluso el de Bertotti, son demasiado planos,  sin matices ni complejidades, existiendo unidireccionalmente y hasta estereotipadamente. Incluso la “Helena” que compone Claudia Fontan, se parece demasiado a su personaje del Hijo de la Novia.

Mientras las cosas se sucedían en la pantalla, yo medio relojeaba a la gente. No había grandes risotadas, ni exabruptos, ni onomatopeyas de entusiasmo, eso si, la mayorìa estaba con un rictus plácido o sacudían los hombros en esa carcajada silenciosa que contagia al resto del cuerpo pero que, al oído ajeno, es casi imperceptible. Mi marido, mi propio hombre, se reía de oreja a oreja, metiendo la boca en su bufanda concheta y negando una y otra vez con la cabeza tipo diciendo: “¡Qué hijo de puta el chueco!”.  Le pregunté si de verdad lo divertía y me dijo que lo hacía cagar de risa. Yo no sabía bien qué me pasaba, estaba entre levantarme e irme, cosa que casi hago si el gato que Fredy tira por la ventana en una de las escenas no volvía y se quedaba a vivir con él (qué puedo decir, soy una boluda cuando se trata de gatito chiquitos, chiquitititititos) o hacer las paces con mi hemisferio argentinazo y reconocer que la estaba pasando bien.

La vi hasta el final, aún cuando por momentos los vericuetos argumentales van deshaciéndose en un desfile de simplificaciones y recursos visuales ultra trillados y, cuando me iba, le pregunté a una vieja qué le había parecido la película. “Mas o menos”, me dijo pero su marido todavía se venía riendo y le dio la mano al mío mientras le decía “¡Me cagué de risa, pibe, me cagué de risa!”

 

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