A Sala Llena

Drive, según Martín Tricárico

Un verdadero ser humano

Me gustaría comenzar por un aspecto del final con la tranquilidad de no necesitar, sin embargo, mencionar ningún dato relevante en torno a lo argumental. Acompañando las últimas imágenes y los créditos finales, suena una canción, una tremenda canción, que me dejó estupefacto, sobre todo por el valor añadido que cobra al ser combinada con la secuencia de montaje final.

El tema en cuestión se titula “A Real Hero” y, de hecho, es parte del leit motiv de nuestro protagonista, ya que nos marca el núcleo conflictivo. Una voz femenina roncosa dice así: “Real  human being ( being bein being… )/And a real hero ( hero hero hero…)/Back against the wall and ours/ With the strength of a will and a cause/Your pursuits are called outstanding / You’re emotionally complex(…)”

Y aquí es cuando nuestro querido lector y comentarista Ned Riherson puede despedazarme si quiere (y de hecho espero ansioso su comentario), ya que luego de esto me fui de la sala con una sola idea atravesada en la cabeza, que lamentablemente no pude relacionar con aquellos films ochentosos a los que seguro el film se remite de una forma mucho más directa y palpable, sino que, honestamente, me llevó a un lugar que a mi mismo me sorprendió por ser, aparentemente, insólito: Cautivos del Amor, de Bernardo Bertolucci. En efecto: ¿Cuál es el punto en común que comparten un doble de riesgo, especialista en conducir para ladrones, mecánico (se busca puesto de taxista, preguntar por Jason Statham), con una evidente carga de oscuridad por dentro, pero encerrada en una bóveda interior; con un pianista bohemio, vulnerable, notablemente extrovertido y emocionalmente inestable? ¿Qué es lo que los hace a ambos verdaderamente humanos, verdaderos antihéroes que por ello terminan siendo héroes en sí mismos? Y todavía más, ¿Cuál era ese elemento en común que hacía que la presente película no pudiese ser catalogada como un simple film de acción y de hecho tomara contacto con esta otra?  En mi humilde opinión, ese eje se resume en el sacrifico de ambos personajes. El sacrificio como esa muerte simbólica, ese estado dónde el amor no es pensado como un estado egoísta de salvación personal, sino como una forma de ver al Otro y que este alcance la felicidad, sin importar si uno es parte o no de ella. De esta forma, paradójicamente, el sacrificio se vuelve la única forma posible de salvación, de trascendencia. Todo esto es mencionado en Cautivos del Amor, cuando el sacerdote reza ese pasaje bíblico:“La gente comía y bebía,…compraba y vendía… plantaba y construía,…pero el día en el que Lot abandonó Sodoma… llovió fuego y azufre desde el cielo… y los destruyó a todos. Cualquiera que intente conservar su vida… la perderá. Y cualquiera que la pierda… será mantenido a salvo.” Esta paradoja existencial es la misma que rodea al personaje de Drive y justamente, lo que lo hace en extremo interesante. Lo que lo hace verdaderamente humano.

Un hombre frío, a simple vista parece incapaz de sentir algo; pero sin embargo, basta una mirada, algunos gestos y unas poquísimas palabras para mostrar la conexión de este conductor anónimo y su vecina, y de lo que él está dispuesto a hacer en las circunstancias que se aproximan. Dispuesto a arriesgar su vida, sin pedir nada a cambio, pero no para conseguirla, sino para salvar a su marido. Es ese deseo de felicidad hacia un Otro, sin ningún interés, el sacrificio en sí mismo. En este punto, la narración no podría ser más precisa y atractiva, tirándonos de ese pequeño hilito que nos mantiene en vilo alrededor de ellos en la situación que se encuentran. Y a su vez, a mi entender, este es justamente el rasgo más patente que entra en consonancia con la estética de Cronenberg, más que en la sangre y todas las secuencias que toman cierto contacto con el gore, sino ese gesto y esa mirada que ya alcanzaban para entender que algo hacia ruido, que algo pasaba entre el mafioso y la enfermera de Promesas del Este, ese punto de atracción manejado con infinita sutileza es traído acá también, con majestuosidad, por Winding Refn, de la mano de Ryan Gosling, un actor que en cada plano, con cada silencio, mirada y gesto maneja los tiempos narrativos de su personaje y de la película misma. El único actor posible, el día de hoy, para cargar con semejante peso y hacerlo parecer tan ligero.

Las secuencias de acción, por otra parte, no son extremadamente numerosas, pero si son extremadamente justas y todas aparecen en el momento más certero del argumento, cuando las complicaciones llegan al punto de ebullición. Aún así el director, con notable maestría, se toma la libertad de dilatar todo al máximo con bellísimos ralentís en momentos clave. Todo esto me remitía a la fotografía de Stanley Kubrick, donde los travellings parecen citas casi exactas de a ratos; y a su muñeca para equilibrar un tono preciso, casi simétrico del plano, con la infinita paciencia narrativa, sin que por ello esta reste tensión al argumento. Definitivamente, nació un clásico de culto.

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